El final te sorprenderá

La vida: algo inútil para el clickbait por parte de los malos medios de comunicación.

Ejemplo: Tu vida llegó a su fin y el final te sorprenderá.

Mientras escribía un guion para la radio le di una vuelta de más a La Llegada, la película de Denis Villeneueve. Es un film sobre extraterrestres que llegan a la Tierra y, lejos de ser un producto de fácil consumo, se convierte en una profunda reflexión sobre la comunicación. El argumento de esta historia gira en torno a una lingüista: La protagonista de la película busca un método para comunicarse con seres que vienen de fuera.

Este es el lado evidente de la historia y por el que yo acudía a ella para una sección que realmente iba de otra cosa. Pero, a mitad de ese camino, me topé con una frase que me perturbó y que resignificó para mí el sentido de la película. La dice la protagonista al final: “A pesar de conocer el camino y a dónde conduce, lo acepto gustosa y agradezco cada instante de él.”

De pronto, una historia sobre la comunicación se transformaba en un cuento sobre la pérdida. Es decir, sobre la vida. Porque vivir es saber que hay pérdida: tuya y alrededor, tarde o temprano. No puedo entrar en detalles de por qué esta mujer pronuncia esas palabras porque me cargaría la película para aquel que no la haya visto. Además, tampoco es trascedente en este momento. Pero, precisamente, me sirve para hablar de lo que yo quería: el camino. Lo explica mucho mejor que yo David Trueba en el inicio de Tierra de Campos:

“Todos conocemos el final. Y el final no es feliz. Es curioso este cuento, porque sabemos el desenlace pero ignoramos el argumento. Somos visionarios y ciegos al mismo tiempo. Sabios y estúpidos. De ahí nace ese malestar que todos compartimos, esa sospecha que nos hace llorar en un día gris, desvelarnos a medianoche o inquietarnos si la espera de un ser querido se alarga. De ahí nace la crueldad desmedida y la bondad inesperada de los humanos. De ahí nace todo, de conocer el final pero no el cuento. Extrañas reglas de juego que ningún niño aceptaría. Ellos piden que no les cuentes el final. Ignoran que conocer el final es lo único que te permite disfrutar del cuento.”

Es curioso: aceptamos (¡ja!) nuestro final pero nos enfadamos si nos cuentan el de una serie. Venga ya. En el fondo lo entiendo: necesitamos pequeñas distracciones, caramelitos por el camino que nos distraigan de la verdad. Recuerdo que busqué como si fuera agua en un desierto este párrafo en los días más terribles que yo he tenido que afrontar hasta el momento. Tuve que acudir a la literatura para encontrar algo de consuelo, que alguien pudiera ponerle palabras a lo que yo sentía. Era eso o ponerse a rezar y yo lo que buscaba eran argumentos.

Recuerdo agarrarme a esas palabras. Me sirven también las de La llegada. En ellas está la verdad de nuestra especie a la que por supuesto no podemos llegar: no hay consuelo para el adiós, pero si existiera uno, ese sería que lo vivido puede merecer la pena. Es importante no confundirlo con el dolor, con el sufrimiento. Eso nunca merecerá la pena. Sí, son inevitables si existe vida, pero no son exigibles ni aplaudibles. Son, tan solo, una putada.

Creo que vivimos en una sociedad angustiada y aterrada por su condición de mortal. Una mortalidad que es ignorada, apartada y olvidada para poder vivir. Sin embargo, no somos conscientes de lo equivocados que estamos. Lo que quiere decir David Trueba es que solo podemos disfrutar de verdad cuando sabemos que nuestro final es inevitable. De hecho, más de una vez Iñaki Gabilondo se ha mostrado a favor de esta opción. Dice que conoce dos tipos de personas: las que son conscientes de que van a morir y las que no.

Yo no creo en la sociedad del “lo quiero todo ya”. ¿Me apetece una pizza? Me la trae un repartidor precarizado y la tengo en media hora. No creo en la sociedad de la instantaneidad: en la que tenemos que contar todo lo que nos pase por redes sociales. En la que no disfrutamos de un concierto porque lo estás grabando. En la que no ves un penalti a favor de tu equipo, porque lo miras a través de la cámara de un móvil. No me gusta una sociedad en la que los éxitos tienen que ser para ayer, en la que si un año tu equipo no gana la Champions es un drama. ¿Pero cómo vamos a digerir la muerte si no nos tragamos una eliminación en Champions? 

A este mundo, si le añadimos a los vende humos de “tú puedes con todo”, “si luchas contra la enfermedad la puedes vencer”, o “si lo sueñas muy fuerte lo consigues”, se nos queda en precisamente un mundo de espaldas a la muerte. Porque si todo se puede… ¿cómo no se va a poder vivir siempre? Seguramente sea cuestión de tiempo para algunos o de desearlo bien fuerte con los puños apretaditos.

Lo que no saben es que sí, a pesar de que le enfermedad existe, se puede disfrutar. Y en algunos momentitos, tocar la felicidad. Y para ello no hay que inventar términos ni fingir que las discapacidades no existen: no, precisamente eso legitima al que quiere recortar derechos. Porque, si ya no hay personas con discapacidad y en su lugar hay otras con capacidades diferentes, ¿para qué ayudarles? ¿Para qué generar una sociedad colaborativa que acepte al diferente y le eche una mano? ¿De verdad no nos damos cuenta de le hacemos el trabajo fácil a los que quieren pegar un tijeretazo y crear una sociedad en la que sobreviva el más fuerte? Claro, con la premisa falsa: si quieres, puedes.

No, no todo se puede. Y el final es una mierda. Pero eso no quita para que el camino pueda ser la leche. Aunque tengas un equipo en Segunda B: les digo yo que el mes de junio que yo he disfrutado no me lo quita nadie. Me encantaría que el Hércules fuera campeón de Liga pero, ¿saben qué? Ser de un equipo como este es un maravilloso entrenamiento para la vida. Lo habitual es perder, pero si por el camino nos echamos unas risas, pues genial.

Por eso me gusta la radio: porque no creo que sea ya una forma de enterarse de nada en directo. La última hora es nuestra obligación, pero a mí me gusta la radio como una forma de resistencia frente al consumo rápido de todo. Me gusta porque permite escucharla. Pararse y disfrutar. Pocas veces me he sentido tan vivo como cuando en antena el piloto rojo enciende y ves al reloj correr, segundo a segundo: Es tan parecido al latir de un corazón. Es vida pura.

Y, sin embargo, yo tampoco me quiero morir. Qué le vamos a hacer. En este caso, ustedes también conocían el final de este artículo igual que todos conocemos cuál va a ser el final de nuestras vidas. Es evidente que yo no me quiero ir y que por mucho que lo piense y lo entienda cuando llegue va a ser algo terrible. Sin quererlo me ha salido un texto muy parecido a lo que quería contar: con curvas, con sucesos inesperados y con un final evidente. Yo no sabía que iba a hablar del Hércules, de la radio o de los repartidores de comida. Eso lo comparten la vida y escribir: merecen la pena porque no sabes qué te vas a encontrar por el camino.

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