Nietzsche era del Hércules

Nietzsche hablaba de la verdad como una suma de relaciones humanas que han sido realzadas, extrapoladas y adornadas poética y retóricamente y que después de un prolongado uso, un pueblo considera firmes, canónicas y vinculantes. Las verdades son ilusiones de las que se ha olvidado que lo son.” lo que me ha llevado a la conclusión de que eso es ser del Hércules. Por ello, lógicamente, Nietzsche era del Hércules. Pero llegó antes de tiempo.

Cuando empecé a tomar decisiones por mi cuenta no podía parar. Me agujereé las orejas, me corte el pelo a lo quinqui -con su respectiva gomina-, me dejé barba -de impúber- y me hice del Hércules. Esto último deja a la altura de Tom Cruise el decidir venirme a vivir a Madrid con dos amigos y dos pseudocomidas diarias.

Pero la vida es la mentira que cada uno decida vivir. Y una de las mentiras que más disfruto y sufro yo es la de mi equipo de fútbol. Un despropósito hecho himno, escudo, bandera, camiseta, directiva y plantilla. Y aun así sigo estando enamorado de él, como Karen y Hank. Como el padre del Madrid que tiene un hijo del Barça y viceversa.

Me gusta esa mentira porque a partir de ella he creado unas cuantas más que son preciosas. Una de ellas es la de soy del Hércules porque es la primera película que fui a ver al cine de niño y mi inconsciente implantó ese nombre en la cabeza hasta que acabé yendo cada 15 días al Rico Pérez. Otra, que acabé en él porque era el equipo de mi abuelo.

Con ellas me veo más cerca de mi yo de niño. Más cerca de mi abuelo, con el que no pude compartir tardes viendo partidos en el sofá, en el bar o en el estadio. Aunque me enteré de su afición mucho más tarde de lo que me hubiese gustado. Me hace sentir más cerca de una época en la que mi familia iba al estadio y mi equipo era un equipo.

El Hércules es como Alicante. En él se suda a rabiar en verano y te hielas los huesos en invierno. La humedad se instala en ti al puro estilo okupa y lo único que te queda es encerrarte en el bar y negarte a ver todo lo que hay ahí fuera. Porque salir es abrir los ojos. Es ver algo grande en manos de personas movidas por el dinero que, aunque ya no pueden sacar más de ahí, siguen queriendo asfixiarlo con sus propias manos. Gente sin sentimiento ni capacidad de hacer las cosas bien por una vez. Hundiendo en el agua sucia del puerto algo que podría ser más grande que ellos mismos.

Otra mentira es la de sentirme cerca de gente con la que solamente compartes 90 minutos -más el descuento-. Abrazarte a alguien que no sabes cómo se llama. Compartir tragos durante 20 horas de ida y vuelta a Cádiz con gente a la que dudas que vayas a ver fuera de esa burbuja.

Sentirme cerca de mis amigos, a los que veo contadas veces al año pero con los que puedo hablar durante horas del partido de la semana pasada. Del de la semana que viene. Despotricar contra el lateral izquierdo, el medio centro y el exdelantero que ahora se cree director deportivo. Y reírnos, abrazarnos o solamente mirarnos pidiendo auxilio cuando ni un gol en el el tiempo añadido que te da la victoria te saca del pozo.

Incluso me hace pensar en una realidad paralela en la que quiero tener hijos, imponerles el castigo de ser del mismo equipo que su padre y vestirles de blanquiazul desde el segundo cero de sus vidas. Abonados durante toda su existencia. O la mía por lo menos.

Ahora que no sé lo que va a pasar con el Hércules quiero escribir esto. Porque si acaba muriendo como lleva haciendo durante años renunciaré a ver fútbol. Porque me niego a ser de los que celebra goles de un equipo al que no han visto en el estadio más de dos veces a precio de tinta de impresora. Porque vivir siendo de un equipo que solamente es feliz ganándolo todo es vivir pensando que en la vida lo normal es ganar. Pero en la vida lo normal es perder y llevarlo con orgullo. Pero cada uno vive su propia mentira, así que no voy a reprocharles nada. Eso sí, mi mentira es mejor.

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