Intraturismo

“Si tuviera una cuerda en la tripa, al menos podría tirar de ella para escapar a algún lugar lejano, o quizá para deslizarse hacia dentro de sí misma y quedarse ahí escondida, a oscuras entre las vísceras, calentita y tranquila”

El funeral de Lolita, Luna Miguel

Últimamente me gusta sentarme en cualquier sitio del centro y ver pasar gente casi tanto como ir al cine. Si estoy con alguien, todo gira en torno a dónde van, qué llevan en la bolsa o a quién se parecen. Si estoy solo, suelo intentar averiguar en lo que les lleva a hacer lo que hacen. Entender su vida a partir de sus movimientos, sus expresiones. Nunca llego a encontrar una respuesta. Me gusta completar las cosas a mi antojo, como los que subtitulan las películas en páginas de cine online. Inventarme la continuación de los cuadros, de las esculturas. De su cara cuando me centro en enfocar un Primerísimo Primer Plano de sus ojos.

Los primeros meses que vivía en Madrid -antes de darme cuenta de mi pertenencia a la generación escarabajo– fueron una regresión a mi niñez. Todo volvía a ser más grande. Enorme. La vista no me alcanzaba a ver todo lo que tenía delante de mis ojos, volvía a leer los letreros de los negocios en alto y me acordaba de esas personas que me paseaban por la calle cuando realmente era un niño. Les sentía agarrándome la mano como un miembro fantasma. Sé que Madrid no es Nueva York, pero para un provinciano era un avance curioso. Como Reguilón jugando en el Madrid aunque fuese solo los partidos que Solari durase en el banquillo.

Acabé acostumbrándome y ya no miro tanto hacia arriba. Ahora miro a los lados y veo como la gente hace autoturismo. Se hacen fotos en Cibeles, en la Puerta del Sol, en Gran Vía y en el Primark. Se miran a sí mismos en la pantalla y retocan la instantánea para los likes. Podrían tener delante al mismísimo Todopoderoso -sea quién sea- y acabarían pidiéndole que les hiciese una foto debajo del cartel del musical de El Rey León.

Noséquédía, estaba enfrente del Primark de Gran Vía esperando a noséquién para ir a nosédónde. Seguramente a beber cerveza. Me quedé mirando a la masa que tenía delante, en la puerta de una tienda de ropa haciéndose fotos. El Primark es el nuevo Museo del Prado.

Después de observar a es gente, decidí entrar como excusa para cruzarme delante de alguna que otra cámara de esos guiris españoles. Como fardando de que yo no necesito hacerme fotos y menos en esos sitios. Haciendo chocar un ego contra otro. Y entre la gente me sentí Henry Miller, el que describe Orwell: el que sale a pasear para huir de su misión. De sí mismo. Estaba dentro de la ballena. Sigo dentro. Tiene llagas en las encías, pulmones de fumadora, hígado de alcohólica, ardor de estómago y almorranas en la parte final del intestino. Y aún así estoy dentro. Porque he entrado, no porque me ha engullido. Me recuerda a los hinchables del Polarpark en los que jugaba de pequeño. Entrando por la boca del monstruo y saliendo por el recto. Madrid es la ballena que te engulle en la M-30 y te acabará cagando cuando menos te lo esperes. O peor, vomitándote porque no llega ni a tolerarte como alimento, es alérgica a pseudoescritores. A los adictos al casi.

Y así he aprendido a hacer intraturismo. Viajo hacia dentro de la ballena y de mí. Dándome cuenta de que no soy tan diferente a ella: tengo mi propia M-30, mi Cibeles, mi Puerta del Sol, mi Gran Vía, mi Primark. Trago y expulso. Escucho y hablo. Como y cago. Viviendo en lo mudable, como ese hombre que recoge colillas debajo de mi casa. Al que le ofreces un cigarro y lo acaba cogiendo muy a la fuerza. Porque las colillas las ha recogido él, nadie se las ha dado. La caridad le ofende y le castiga. Igual acabo como él, siguiendo con la lucha de egos. Entre jóvenes y homeless no hay tantas letras de diferencia.

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