Piel fina: Como una sola piel

Cuando pienso en piel fina pienso en mi hijo de menos de un mes. Pensar en mi hijo me hace pensar en que últimamente todo gira en torno a él y solo sé de la ternura de esta axila que se despelleja bajo la sombrilla de una playa en Rota, del bulbo de las mamas, del abultamiento de la piel, de los eccemas, de las manchas de los ojos color violeta color azul color marrón color gris insuperables, del conocimiento que irriga esa cabeza enamorada. Últimamente todo gira en torno a mi hijo de menos de un mes de vida y solo sé de su cuerpo inmaculado aunque esté lleno de mierda o de meado, el olor como a colonia de la piel fina del bebé.

Cuando pienso en Piel fina pienso en mi hijo de menos de un mes. Antes me imaginaba una histeria inconcebible solo pensar en un hijo. Ahora lo sé.

Me gusta contar siempre que puedo las circunstancias que rodean mis lecturas y sobre todo ahora que pienso en la piel fina, ahora que mi hijo está mamando del pecho de su madre mientras yo estudio 35 pieles y pienso en lo necesario que es definir un panorama poético como la piel más desplegada (la poesía joven de España) como el que pone a secar los pergaminos de un libro nuevo, recién nacido. Esa es la labor de los antólogos de Piel fina (Ediciones Maremágnum, 2019). Rosa Berbel, Juan Domingo Aguilar y Mario Vega ponen a secar las pieles de un libro nuevo que tratan de coser, como una sola piel, para las generaciones pasadas, presentes y futuras.

El pergamino, que se abre en el continuo de una sola imagen balbucea, llora, grita.

Estos son los cortes en la piel: los que separan 1990 para abajo de 1990 para arriba (y no estoy hablando de fechas sino de consciencias, pieles o formas).

Aquí estas pieles.

***

Cristian es la primera piel y Victor es la piel más joven.

Diego, la piel que muda el cocodrilo en un videoclip de La Zowi.

Ana, la piel que une esta piel con la siguiente: la maternidad como un “dar a luz un nuevo vientre”.

María, la piel del toro que articula el habla de la ausencia y el placer venenoso de la tristeza solo porque los días se suceden.

Luna, la piel brillante, como un faro que apunta con intensidad a la muerte de una polilla a causa de la piel una tarde cualquiera de agosto en la que nacía una niña según ciertas culturas lunares o imaginarias.

Sara, la piel que se deja caer sobre la piel bajo los tilos y unas manos que cubren los objetos en una revisión corporal de la inteligencia.

Paula, la piel fría, el frío de una piel: un mar de nieve y tiempo congelados en una ciudad soñada.

Juan la piel de la memoria o la memoria táctil del mito, una memoria abrasada, como lo están las bibliotecas de Bagdad y Alejandría, y al borde de la voz recuerda un gorrión entre las ramas muertas: anuncia la primavera.

Gonzalo, la piel quemada: la cicatriz en la memoria de una playa de la Antilla, las tardes en la bici cuando aún éramos dioses.

Carlos, la piel mojada en el relámpago una tarde de verano, como una regresión que empieza en noviembre y acaba en una conversación que no se acaba, como las manchas que destellan “como heridas que se cierran lentamente” cuando “todavía sabíamos cómo hablar sin ponernos siempre tristes”.

Emily, la piel suave de las manos o las líneas de la mano arrancadas para darnos latigazos.

Sara, la piel herida, que pone en marcha el lenguaje afilado de las pinzas de una langosta para abrirse la carne y “desde ahí/ la puerta al mundo”.

Alba, la piel que toca dentro y fuera del poema.

Sergio, la piel derrumbada de sentido.

Dimas, la piel de madre y del olvido: un cassette de los Beatles guarda una mariposa disecada en una casa absurda: qué ironía, es el olvido lo que hace este recuerdo.

Narciso, la piel que estoba y se pliega sobre una idea de Santo Tomás.

Lorenzo, la piel que huele en los baños las caricias en la piel, que como Alba, quiere afectar al lector al incluirlo.

Laura, la piel que avanza, el objeto como extensión de la piel: su continuación en un mundo hostil donde el poema es extensión de la sociabilidad.

Carlos, la piel salada, como un niño, una niña ahogadas en el mar.

Estefanía, la piel posible, sonrosada y púrpura de niñas comunicándose con los fantasmas de Unica Zürn.

Xaime, la piel de arena del desierto de Tabernas Out On Highway 61.

Félix, la piel de los estómagos, que escribe únicamente sobre lo que este digiere aunque intente atravesarlo y sude bricks de zumo vacíos de la pérdida.

Alejandro, la piel del tiempo y la piedra en el incendio.

Juan Ángel, la piel que mana una extensión manantial en sucesiva progresión circular y tentativa, la afirmación del círculo en el agua y la pretensión de la ruptura, abriéndose y cerrándose, asemejando las formas volcánicas.

Inés, la piel deseante, que se deshace escoria tras escoria en el temblor de la noche.

María Elena, la piel que busca bajo la piel su piel como una muñeca rusa o una venus anatómica.

Ismael, la piel madera de los padres, construida como un órgano en el hijo, para arder.

Andrea, la piel de drago imaginada o la piel de la uva verde y aún prematura de la parra.

Javier, la piel impúdica en el centro de un teatro radical, inconsciente.

Carlos, la piel que hermana (todos somos hermanos sobre la piel de Carlos).

Jorge, la piel tan útil como una cama oponible de un hospital de lujo o una solicitud de trabajo en McDonald’s.

Rodrigo, la piel de yildiz, la luz de estrella, el fuego ya constelado en el lenguaje más oscuro, la piel oscura del lenguaje iluminando la piel.

Rocío, la piel bañada por el sol, expuesta como una promesa de la infancia que se ha incumplido para todos nosotros, los “hijos de la bonanza”.

Irati, la piel cambiada, mutando como un estado transitorio, la piel en casa, que nombra exactamente “qué ocurrirá a continuación”, como un augurio, “antes de seguir cayendo”.

Victor, la piel más joven, como un selfie versión GIF que recicla las imágenes que nos componen, la identidad difuminada por la consciencia de sí que siempre deniegan todos los telediarios que abren hablando de nosotros, los jóvenes, cultivando una piel distinta”, como quien dibuja el significado de las palabras detrás de las palabras”.

***

Estas pieles me recuerdan las tardes en las que mi madre me dictaba poemas de Machado, como el que aprende su lengua materna al sobrecogerse. Pero este muestrario de pieles es un primer intento de “análisis tipológico de los poemas —a todas luces inagotable y prescindible”: el cuerpo del libro como una antología de órganos.

Entre la presencia reafirmada del sexo público y la ausencia desesperada de internet: una presencia intermediada. Somos una generación que necesita la reafirmación de su propia presencia a través del exhibicionismo de una piel, porque este lenguaje generacional y epidérmico es también una superficie dorada en relación constante con el capitalismo y la tecnología: “primero fueron las pantallas y luego fue el poema” dicen los antólogos, y lo saben las pieles que aúnan en su propio lenguaje todas las contradicciones de la modernidad. Un lenguaje en donde Facebook o Google, Marco Aurelio o Lorca, una polilla muerta o una mariposa disecada, el turco y el castellano, un dedal de una abuela y Batman pueden conjugarse con naturalidad.

De vez en cuando lo acaricio o lo cojo en mis brazos para hacer que eructe y leo la piel ausente de Vicente Monroy, recuerdo la piel de encina de María Sánchez, la piel de hormiga sobre una tomatera de Berta García Faet, etc.

En una de las veces en las que me he levantado para lavar a mano la ropa del niño, al tenderla he pensado que el logotipo de Batman está basado en realidad en los bodies de los niños antes que en la forma de un murciélago o tal vez sea al revés, que la forma de un murciélago diera forma al body, lo que me hace pensar de una manera un tanto inquietante en que el creador de Batman fue un loco de los bodies de los niños o un loco de los niños o que el creador de los bodies era un loco de los murciélagos o incluso tal vez de Batman, lo cual sería extrañísimo pero a la vez reconfortante de pensar. Busco en Google. Resulta que fue el trapecista francés Jules Léotard quien a mediados del siglo XIX le dio por inventar el leotardo y en 1950 Claire McCardell le puso una entrepierna abotonada, creando así el body” (H&M) que recubre la delicada piel del niño y no parece tener ninguna relación causal con Batman, creado en 1939 en el auge de los cómics de superhéroes, por más que la mayoría de ellos llevaran leotardos de cuerpo completo, como una segunda piel, como una sola piel.

Pienso en los pañales sensitive, en la irritación de la piel sobre el pliegue interglúteo y perineal. Pienso en los hoyuelos de las rodillas y los codos y las arrugas de las corvas de las rodillas y los codos. Pienso en el eccema de la entrepierna sobre el pliegue púbico. Pienso en la nariz de mi hijo, en los pezones blancos, en la tripa, en los gases. Cuando pude relajarme después de la cesárea que le practicaron a su madre pude contar 10 dedos (5 en cada pie), conté 10 dedos (5 en cada mano), una nariz, dos ojos, una boca con un paladar íntegro (tuvimos miedo: en las pruebas genéticas se determinó que podía haber un alto riesgo de síndrome de Down y otros problemas cromosómicos, de modo que conté). Sus manos carecen de nudillos, tiene huecos en la piel. Mi hijo putativo está celoso aunque lo lleve a ver Toy Story 4; aunque lo lleve a ver Spiderman: Far from home, está celoso de su hermano y a la vez es tierno con él y quiere que se le parezca físicamente. La madre se despierta. La madre se descubre el pecho y duerme de lado. De ese descubrimiento del pecho ya hablaba mi abuela como un recuerdo de cómo su madre daba de mamar a sus hermanos. Entonces, mi otro hijo, mi hijo, tiene celos, y el primer día quiso dormir en la misma cama, quiso probar de la misma leche, quiso servirse de su hermano para estar más cerca de la piel que cuida y dice que llora como una sola piel. Aunque, bueno, no era de esto de lo que quería hablar.

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