Iván Repila y Aixa de la Cruz: Paternidad y biopolítica

“Ser padres es un trabajo y debería estar remunerado, entre otras cosas porque cuando mi hija sea adulta será fuerza de trabajo”

Cuando le pregunté a Iván Repila si se dejaría entrevistar para hablar sobre paternidad en relación con su obra me respondió que temía que las diferencias entre sus libros dificultaran una lectura órganica. En el momento de proponérselo yo solamente había leído El aliado (Seix Barral, 2019) pero ya sabía la perspectiva crítica desde la que abordaría el resto de sus novelas. El recorrido es importante: empecé con la última y regresé al comienzo para completar el círculo. Me di cuenta de que tal vez la importancia de El aliado en el conjunto de la producción de Iván era la resignificación a la que sometía al resto de su obra, o mejor: la resignificación a la que Aixa de la Cruz la sometía. La entrevista giró sobre esta operación crítica fundamental: cómo El aliado relee Una comedia canalla (Libros del Silencio, 2012), El niño que robó el caballo de Atila (Libros del Silencio, 2012; Seix Barral, 2017) y Prólogo para una guerra (Seix Barral, 2017) en clave de construcción de nuevas masculinidades, cómo la paternidad, la biografía personal y el cuidado reinterpretan restrospectivamente la ficción.

Cambiar de idea (Caballo de Troya, 2019) comienza con la pelvis pulverizada de Zuriñe, y sobre su pelvis me viene el recuerdo del cuerpo de mi abuela y el envejecimiento prematuro de las madres: “El cuerpo de Zuriñe es más cuerpo que el de Carla porque los cuerpos están para romperse” es lo que dice Aixa. Por eso el cuerpo de mi abuela es lo más cuerpo que hay: tiene rotas la cadera, la rótula, la pelvis, una tibia descalcificada y un fémur finísimo. Un hijo es lo más cuerpo que existe, un cuerpo tan sumamente sensible que hay que tocarlo con gasas y cremas, ungüentos y aceite de oliva, un cuerpo incontenible, incontinente e irreductible. Mi hijo y el de Eva, la hija de Iván y la de Aixa. El cuerpo de los que estamos sanos no es tan cuerpo, el cuerpo de los que somos adultos no es exactamente un cuerpo, porque no lo es solo. El humano está ya siempre habitado por la palabra. La humanidad empieza cuando sentimos, por fin, que ya hay alguien al otro lado. El cuerpo de mi abuela es el cuerpo del que se ha nutrido más de una generación, el cuerpo de mi hijo es ahora un cuerpo exento que parece comprender pero que no entiende aún el signifiado de la palabra.

“El primer mes y medio desde que nació mi hija me tomé los cuidados de esa criatura como una cuestión que había que gestionar, como los cuidados de un jardinero. Que a Aixa y a la niña nunca les faltara lo que necesitaran, porque en ese primer mes y medio nuestra hija, como supongo todos los bebés, no era un ser que respondiera a nada. No te veía, no te miraba, no te chocaba los cinco. Era un ser al que había que alimentar y al que había que mantener a una temperatura estable. Me lo tomé como una cuestión de gestión y ha sido a partir de los dos meses que la gestión terminó. Aixa lo definió el otro día cuando dijo que a partir de que la niña ya empezaba a sonreír y te empezaba a mirar, y ya como que te responde y te sigue con la mirada, dijo “por fin hay alguien al otro lado”. Dijo “Iván, ahora tengo la sensacíón de que hay alguien al otro lado”. Ha sido desde que le muevo la mano delante de la cara y la niña la persigue y me presta atención que empiezo a tener la sensación, o mejor la seguridad, de que hemos empezado a tener una relación de seres humanos, que no es la relación que tengo con una planta a la que tengo que regar todos los días. Ha sido en el último mes en donde ha crecido en mí la sensación de que hay un ser humano no solo que depende de mí, sino con el que yo interactúo y que interactúa conmigo”

Esta es tal vez, una de las definiciones más hermosas y desmitificadoras que he oído sobre la paternidad: tratar la paternidad temprana como una gestión, un padre como un jardinero. Como un jardinero, tal vez el reverso de un arquitecto como Emil, protagonista de Prólogo para una guerra, estéril, obsesionado con la herencia, el legado y la tradición: el jardinero que gestiona la materialidad de la vida mientras que Emil trata de transformar la realidad material. Como el hermano mayor de El niño que robó el caballo de Atila administrando con frialdad aséptica las provisiones para que su hermano menor lo sobreviva, enseñándole a vivir sin miedo como una forma de transmisión del conocimiento, como un padre a un hijo. Como Garbo y luego Vergo en El aliado, pero sobre todo como Aixa de la Cruz desde agosto de 2046, tratando de hacer ver, por medio del subterfugio de unas gafas, a toda una generación de mujeres y hombres, para que reaccione.

“El amor parternofilial es un concepto completamente ambiguo. Lo que vi es que tenía las manos muy grandes y que lloraba. Había estado 9 meses en un sitio seguro y por primera vez en su vida respiraba algo que era nuevo para ella; por primera vez iba a empezar a tener hambre, sed y sensaciones que nunca había sentido. Por eso actué como un jardinero”

La paternidad, en cambio, comienza con la maternidad, no con la crianza. Dice Lazarre que una madre es madre desde el momento en el que sabe que va a serlo mientras que el hombre pasa nueve meses en los que aún no es padre y solamente cuando nace y solo si se hace cargo de los cuidados del hijo, este construye su paternidad en torno ese cuidado. Una madre tiene nueve meses para hacerse madre físicamente, un padre lo es de repente. Lo hablé con Pablo García Casado e hizo una referencia a lo telúrico y totémico de la maternidad, precisamente a lo biológico “como terreno disputable de lo político” que decía Rodrigo García Marina. Sin embargo, la paternidad puede vivirse antes como una experiencia del cuerpo ajeno, como la otredad o extrañeza de mirarse al espejo y no saber reconocerse ya como un hijo.

Una madre, desde el momento en que sabe que es madre, no puede fumar, beber o tomar determinados alimentos, y esa parte de la maternidad podemos vivirla nosotros si acompañamos a nuestras parejas. La parte biológica, sin embargo, que es insoslayable e intransferible, nos está vedada: su cuerpo sufre modificaciones. Aixa, que es una mujer que corría maratones, según le fue creciendo la barriga, dejó de ser capaz de correr. Su cuerpo iba cambiando, y su cuerpo decidía la ropa que tenía que vestirse… Toda esta parte morfológica del embarazo solo la experimentamos por empatía. Es decir, solo si cuido de mi pareja y de mi hijo; porque si en el momento en el que Aixa va a ser madre, yo decido que no quiero tener nada que ver con ella ni con mi hija, y Aixa decide continuar, yo no hubiera experimentado ninguna paternidad. Un padre es padre solo si cuida y es la empatía la que permite que nos acerquemos a la maternidad: yo voy viendo cómo el cuerpo de Aixa cambia, cómo Aixa se va privando de determinadas cosas o si de repente tiene la ciática; y, al convivir con ella, vivo la paternidad como una cosa que me va sucediendo, como una experiencia del cuerpo. Es a partir de la experiencia de su maternidad que yo puedo empezar a vivir una parte de mi paternidad antes de que nazca mi hija, como una prepaternidad que está sesgada y completamente mediatizada por la experiencia de su maternidad”

Aquí entonces habría que reformular a Aixa diciendo que los límites de la paternidad son los límites del cuidado y que la experiencia de esta pasa irremediablemente por la empatía con el cuerpo de la gestante. Recuerdo que un mes antes del nacimiento de René, Eva me pidió que le lavara los pies porque ya no se llegaba y tampoco mantenía el equilibro sobre un solo pie. Mientras limpiaba el polvo de sus pies sobre el bidet se podía observar la hinchazón de los tobillos, los dedos amoratados por la presión de un peso que no era solo el suyo o el de mi hijo, sino que eran trece kilos más de líquido, placenta y peso. Me pidió que le pusiera esmalte de uñas fungicida en los pies porque le acomplejaban, y apenas podía mantener la respiración a la vez que se las pintaba. Recuerdo que un día, tal vez dos días antes, pidió a una extraña por la calle que le atara los cordones de su zapato izquierdo y que lo hizo de buena gana.

“[Aixa]: Cuando Hélène Cixous postulaba que había tal cosa como una escritura femenina que provenía de un ámbito prelingüístico que compartimos las mujeres con los bebés antes de pasar a la fase del logos, me parecía una mierda esencialista que no entendía muy bien. Sin embargo, cuando tuve a la peque me di cuenta de que había algo de eso. Las primeras seis semanas son prelingüísticas en el sentido de que era algo absolutamente sensorial, completamente referido a los sentidos corporales, hápticos, visuales, auditivos, e incluso gustativos. De hecho la gente me preguntaba mucho ‘¿cómo te sientes?’ y me costaba hablar, porque no me parecía algo expresable en términos lingüísticos. Y en ese momento pensé en lo que Hélène Cixous decía sobre el mundo de lo masculino como el mundo del logos, el mundo en donde entra la palabra y creo que cuando pasas esta fase, que me parece muy intransferible, creo que es cuando empieza a ser articulable lingüísticamente, cuando ya se puede hablar con ella, cuando hay una interacción que aunque no entiende, entiende; ahí es cuando creo que si yo desapareciera Iván podría ejercer mi rol. Por ejemplo, ayer le dimos el biberón por primera vez y, entonces, Iván le dio de comer a nuestra hija por pimera vez en su vida y la niña estaba encantada comiendo como una loca”

Aixa habla de la experiencia maternal de los primeros días como algo intransferible que tiene que ver con la lactancia y con el cuerpo; cuando nació su hija dijo en su Twitter que había descubierto que la maternidad secuestraba las manos y que no tenía ninguna prisa por recuperarlas. La maternidad secuestra el cuerpo.

“El estado no ha intervenido en ningún momento en nuestras vidas. No me he beneficiado de ningún tipo de baja de paternidad. Ser padres es un trabajo y debería estar remunerado, entre otras cosas porque cuando mi hija sea adulta será fuerza de trabajo”

La maternidad debería estar remunerada porque secuestra el cuerpo y es un trabajo de reproducibilidad: recuerdo cómo a Eva la barriga la fue despojando del baile de los lunes y los miércoles; la fue empujando a una vida de semisedentarismo aplicado a sus transformaciones físicas y psicológicas: un embarazo de riesgo que supuso un reposo absoluto los primeros tres meses hasta que al final pudo empezar con el pilates. Le pregunté, ¿cuándo duermes profundamente? Me respondió, hablando desde la corporalidad, “ya no duermo profundamente, no puedo olvidarme de que hay una barriga y que puedo tropezarme con ella, puedo arañarme con el filo de un cajón o caer un vaso de agua o una sopa instantánea que se derrama por el pico de la mesa”.

“[Aixa]: Hay un doble rasero social en el que por un lado te venden todo lo que tiene que ver con el cuidado, la lactancia materna y la atención constante y por el otro no te dan los medios necesarios para implementar lo que se supone que deberías hacer. No es una cuestión de dejar a la niña en una silla y hacer cosas. Por eso, la baja debería ser hasta los tres años, cuando se escolariza, porque los cuidados no solo tienen que ver con estar pendientes de ella. Si no le das cariño y atención va a desarrollarse con una serie de carencias emocionales y físicas impresionante. Los bebés necesitan tocar, jugar y que les hablen, porque el cuidado influye en la formación de ciudadanos sin psicopatías ni frustraciones del mañana”

En torno a esto habló Foucault cuando analizó las biopolíticas desde el punto de vista crítico de las relaciones de poder como dispositivos de control y vigilancia. Sin emabargo, ahora esas biopolíticas se han convertido en demandas sociales, sobre todo “en un momento en el que el neoliberalismo y la sociedad precarizada no permiten la construcción de una familia o el pensamiento siquiera en el futuro más allá de lo inmediato” como dice Elizabeth Duval. En una entrevista con Ernesto Castro, Elizabeth hacía hincapié en la necesidad de conservar los significantes que el neoliberalismo estaba deshaciendo y atomizando, no solo tratando de resignificarlos “buscando que el significante ‘familia’ signifique ‘familias diversas’ incluyendo a monoparentales, LGTB, etc., sino que ese concepto de la familia esté presente junto con las condiciones de posibilidad necesarias para ‘germinar’”. En ese sentido, las novelas anteriores a El aliado son novelas que muestran la desestructuración y atomización a la que el neoliberalismo nos ha conducido precisamente desatendiendo las biopolíticas de la educación, la sanidad y la natalidad. Seguramente la forma en la que El aliado influye retrospectivamente sobre la ficción de Iván es esta: trata de poner a los hombres frente a un espejo presentando como opuesto de las masculinidades tóxicas la sororidad feminista.

Mientras transcribía la entrevista mi hijo hundía su cabeza en el pecho de su madre. No buscaba el pezón (desde sus primeras horas ya lo encontraba con facilidad) sino que parecía querer hundirse literalmente en la carne de la madre. No ya queriendo el alimento sino buscando la fuente de esa leche a veces se olvidaba de respirar, levantaba la cabeza, fijaba la mirada en un punto inextricable y respiraba como un animalito cansado, pegando pellizcos en el esternón y en la teta, removiéndose y revolviéndose para estirar del pezón. La he terminado con él en brazos, tecleando con la mano derecha mientras me balbuce.

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