Las hogueras azules: Celebración

“La luz es el primer animal visible de lo invisible”

José Lezama Lima

(Este mismo verano, el 13 de julio, Las hogueras azules saldrá a la venta y el 9 de julio, Juan F.Rivero firmará ejemplares en Nakama Lib)

Fue este mismo verano, en esta luz parida por dos horizontes. La vida nacía y se oxigenaba en el aire quemado de una hoguera azul. Por un lado, «un mínimo pliego de seda» se abría sobre la carne. Por el otro, las formas prestadas tomaban el lugar de una gota, de una gota de lluvia en la que poner un ojo. El despliegue de la carne del niño sobre el corazón de su madre, y la forma prestada de una vieja canción infantil, como un salmo que se repite tantas veces que pierde su sentido para ser su puesta en práctica y su vocación de canto, la canción que persigue Akira en Laberinto de hierba de Izumi Kyoka.

Amo escribir,

las hogueras azules

del lenguaje

confortan”

En un momento en el que la vida ha detenido los movimientos migratorios humanos y ha intensificado las migraciones de los pájaros tal vez sea un buen momento para hablar de una gota de lluvia imaginada

precisamente en su imposible: detenida y redonda como una diminuta esfera de cristal que reflejase al mismo tiempo la tierra y el cielo”

como una reflexión esférica de luz. El lenguaje como refugio; el poema como instante. La celebración en la sima de la lengua, justo para mentar lo que aparece:

“He descubierto al fin que la alegría

consiste en no creer:

la vida basta”

Igual que la creencia, según Pascal, no se sostiene sobre una interioridad espiritual, sino que el espíritu y la creencia son la creación ex nihilo de la propia práctica religiosa, la vida basta en su mecanicidad. Y tal vez sea ahora el mejor momento para pensar en la vida desnuda pero plena de contenido teleológico. Una vida en la que el mismo proceso de vivir basta para que la vida baste. Una vida como esta:

Tabula rasa.

En el centro del mundo

una ortiga silvestre”

Tal vez sea un buen momento, entonces, para pensar en la vida que deberíamos enfrentar a la nuda vita agambeniana, encarnada hoy en los millones de personas caídas en desgracia, arrasadas y rotas por el capital, los hombres, mujeres y niñes de los campos de refugiados, de Lepe o de Grecia, de los barrios depauperados de Sevilla o de la casi total población de África o Latinoamérica, como unos de los tantos lugares del sur en donde se lleva a cabo la shoah contemporánea en tiempos de pandemia. Celebrar la vida, pero no esa vida cuya única expresión es su oposición a una existencia política, sino la vida salvaje en donde la oposición entre bios y zoe se rompe en mil pedazos y solo queda el cuidado de toda vida, la celebración de su presencia. Una vida cuya expresión es estar vivo.

La vida que capturan los poemas de Juan F. Rivero es inapresable en términos lingüísticamente convencionales. Solo es entrevista en el misterio que todo poema guarda como un secreto, siempre en el límite de su nombre; y así aparece la catacresis como la figura retórica fundamental para expresar la vida, única forma de nombrarla, un estilo asintótico que si toca lo que nombra (si llegara hacerlo) sería siempre tangencialmente.

Tierna frialdad.

Sobre el rostro del año

gasas azules.

Los colores del cielo

no se dejan decir”

Esta es la vida que se celebra en Las hogueras azules. Un lugar en el que se deshace la aporía fundamental de la política occidental, es decir, la simple exclusión inclusiva de la vida en general como nuda vita o vida orgánica en la esfera de la política, vinculada a la violencia del derecho. Las hogueras azules son el lugar en el que arde la inversión biopolítica que decide potencialmente sobre la vida de cualquier ser vivo con independencia de su lugar de origen y especie. Por eso aquí depongo mi derecho como padre a dar la muerte, esa perversión político-jurídica que justifica el uso de la violencia para ejercer control sobre la vida, y reivindico el derecho poético a celebrarla. Y exactamente igual que hacía Enrique Fuenteblanca en Des-naturalizaciones, estoy pensando ahora en la sexualidad como una fiesta, un lugar en el que quemar los días, para celebrar también la decisión política de no dar la vida en un mundo como este:

Qué bellísimo amor:

la alegre suavidad de denegarle el fruto,

de preservar la tersura en la risa y el cuerpo,

de dormir abrazados, solos,

sin la vida apremiando a la carne preciosa.

Hay algo hermoso y limpio en quemar estos días

como si fuesen torres de papel”

Celebro entonces una vida que es la vida, toda vida, una vida que merezca la pena ser vivida. Estoy pensando en esa negación del fruto para hablar con mi descendencia y sigo así también las leyendas de Hecateo según Carson. Dice El hijo hace un huevo con mirra, digo Yo hago pan todos los días, fermento la harina a la luz del día, dice Él te pondrá dentro del huevo y te llevará a Egipto y te pondrá en frente del Templo del Sol y te enterrará allí como el padre de un fénix majestuoso, digo Egipto, digo La tierra de los padres, digo Tengo que leer El libro de los muertos y Me acuerdo de cuando registrábamos a nuestro hijo en el Juzgado de Paz presentando el resguardo de nacimiento. Me estoy acordando de esto por algún motivo, estoy seguro. Creo que tiene que ver con el registro de la muerte: la funcionaria dijo que el acta de nacimiento de las mujeres de principios del siglo XX no eran registradas y morían en 2005 o 2006 con 100 o 99 años, solo constando su acta de defunción. Hay gente que solo muere en esta vida. Como las mujeres no eran ciudadanas podían parir, reproducir la vida, hacer crecer una especie que solo registraría el momento de la muerte:

ese animal ya muerto en la cuneta,

que vaciló al pasar

solo un instante”

Opongo a estas imágenes macabras un momento vital: todavía hoy no puedo acariciar las fontanelas de mi hijo sin escalofrío y sin sentir que el cerebro se me parte y que la mano se me escurre entre los dos hemisferios. Recuerdo perfectamente cuando leí por primera vez Las hogueras azules, escribí:

Hoy es viernes 14 de junio de 2019 y tengo el privilegio de leer el borrador de Las hogueras azules. Un libro que comienza con la tentativa de abrir una gota de lluvia, una de las muchas formas que puede tener un poema: formas de la urgencia y de la imagen, poemas de la condensación espontánea de lo inmediato. En un libro así en el que la naturaleza lleva el ritmo poético yo leo estos poemas en la sala de dilatación, momentos antes de que nazca mi hijo. Es 14 de junio de 2019, el mismo día que nació Kawabata. En Boston, en 1648, la ciudadana Margaret Jones era colgada por bruja en la primera ejecución de esta especie en la ciudad. El 14 de junio de 1783 el volcán Laki, que como mi hijo, había estado en actividad seis días antes, experimenta su tercera y más violenta explosión catalogada a escala continental como una gran catástrofe medioambiental. Qué curioso que ahora Chernobyl se haya puesto de moda gracias a una serie de HBO que intenta condensar espacio, tiempo y materia en 5 horas de metraje sobre el horror de otra catástrofe. Cuento estos datos que copio de Wikipedia sin miedo a parecer un gran ignorante, un mero registrador de sucesos, pero resulta que la realidad complicada de una gota de lluvia semeja la de la bomba de goteo de la epidural, la oxitocina y el suero fisiológico que le ponen a Eva antes de entrar en los trabajos de parto.

Qué extraño es enfrentarse a las experiencias y las circunstancias que rodearon a las lecturas de uno. Ahora, justo ahora que mi hijo ya sabe mantenerse en pie al menos durante cinco segundos seguidos, ahora creo que la poética de Juan es aquella que acude y se aproxima, como dice Ana Gorría, “a la gran apariencia de la vida. La búsqueda del poeta despliega el semillero de la lectura en un trazo en el que el mundo, palabra, ojo y temblor son capaces de recoger la instantánea de la belleza efímera que queda recogida en el blanco de la página.” Los poemas que componen Las hogueras azules son una celebración de las formas de la naturaleza y, sobre todo, señalan un cuidado riguroso hacia las formas en las que la vida se presenta. En una adaptación de esas formas, el poema respira como la hoja en la luz: “6CO2 + 6H2O + energía → C6H12O6 + 6O2.”

Lo último que anoté al leer el borrador fue una celebración y un registro:

El 14 de junio de 2019 a las 17:40 René nacía junto a una hoguera azul.

Cantaba un grillo, no una cigarra.”

Recuerdo aquel atardecer nítidamente. Le leí a Eva un regalo de Juan mientras ella daba de mamar a nuestro hijo por primera vez. Pero en esta narración hay una anomalía, una falta. Recuerdo que meses más tarde, cuando me puse a escribir estos textos me dijo que nunca hablé de la cesárea. No lo dijo así dijo Nunca hablas del momento más doloroso de mi vida. Dije Es verdad nunca lo he hecho ¿Te das cuenta de que nunca hablas del hecho más doloroso que recuerdo? Yo dije sí Hay un vacío No lo vi Me dijo Yo te lo contaré Fue un ruido Fue este mismo verano, en una luz parida por dos horizontes Fuiste la nodriza de mi hijo al nacer porque su madre estaba despertándose de un sueño Una nodriza sin leche que le dio carne a su cría El sueño me lo contó después Era terrible Dijo Todo comenzó con un ruido como de sirena al pasar Luego las puertas abriéndose, los bisturíes, el material quirúrgico y las camillas del paritorio al quirófano Dijeron Todo acabará muy rápido Cuando me abrieron para sacar al niño la cabeza era muy grande, fisiológicamente era imposible de alumbrar y yo lloraba Dijo De impotencia antes que de dolor Luego el dolor, como de bala Dijo No sé lo que duele una bala en el cuerpo pero el dolor es como el de una flor de hueso astillada en los confines de la piel. Cuando llegó, me vio dándole el pecho al bebé y lloraba. Cuando se lo puse en el pecho lloraba. Cuando comenzó a mamarle los pechos lloraba. La besé y lloraba. Pero me vio los labios pintados y la camisa abierta y cesó en su llanto:

La noche es larga

y Casiopea se hiela sobre el río

como una nadadora

atrapada en su salto: Caphβ,

Tsihγ, Schedarα, Ksoraδ y Seginδ.

* β

* γ

* α

* δ

* ε

Este es mi mundo, Enrique,

y mi cerebro

una planta en la cima de mis vértebras

que esperara serena al segador.”

Llena esta falta, celebro ahora: Fue este mismo verano, en esta luz parida por dos horizontes. El 14 de junio de 2019 a las 17:40 René nacía junto a una hoguera azul. Cantaba un grillo, no una cigarra.

Barriga - Marcos Augusto Lladó

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