Ya no me gusta el fútbol

Tengo la teoría de que el Tigre Tony, la mascota de los Kellog’s, es el mismo que el de Aladdin. Yasmin lo compró y le cambió le nombre por el de Rajah. El resto es historia. Así me destrozo yo solo la infancia en la cola del Mercadona un viernes por la tarde.

El otro día se me olvidaron los auriculares y tuve que hacer la compra sin música. Un mal menor. Hasta que en mitad de la misma te das cuenta de que estás escuchando -involuntariamente- al resto de personas que la forman. La pareja de delante hablaba -discutía- sobre sus vacaciones de verano, la señora de detrás le increpaba a sus naranjas el dinero que se iba a gastar en ellas y los chavales de la cola de mi derecha fantaseaban con la fiesta a la que iban a ir nada más salir de allí para luego decepcionarse. Como siempre. Porque ninguna noche épica empieza con Knebep y Almirante mezclado con cola de marca blanca. Lo dice el que llevaba sopas de sobre, manzanas, croquetas congeladas y Steinburg.

Ahí es cuando me vino a la cabeza la triste vida que le había tocado vivir al tigre encerrado en el jardín. Como un galgo en un piso de 60 metros o un parado en la cola del INEM. Donde las caras son más propias de esperar la muerte que un trabajo. La máquina te da un número, te sientas, miras esa sala y lo único que quieres es que en esa pantalla, en la que quedaría mejor el FIFA 19 que una lista de espera, aparezca que ya puedes pasar a la morgue.

La teoría volvió a mi cabeza en el Barça-Sevilla de Copa del Rey. En mitad de esa remontada me vi tarareando la canción de Aladdin y acabé viendo la película nada más llegar a casa. Y así me di cuenta de que ya no me gusta el fútbol. Si voy al bar y tienen puesto algún partido me siento de espaldas a la televisión. Sin darme cuenta, con el fútbol me está pasando lo mismo que le pasa al que no le gusta la cerveza. El que pide Coca Cola, no le ponen tapa, acaba saliéndole más caro y encima todos los demás tienen cara de ser hasta felices. Le encantaría disfrutarla, incluso le da algún sorbo a alguna, pero no le gusta nada el sabor. Estoy perdiendo el paladar. Pero sigo siendo del Hércules, el de Schrödinger. Con mi equipo me pasa lo mismo que a ese pobre diablo en el momento de los cubatas: se los bebe rápido y los hielos se mantienen intactos un par de rondas más.

Aunque ya no grite los goles, no hable toda la semana del partido, de lo largas que son las malas rachas y lo cortas que son las buenas. Tampoco me sale intentar analizar el motivo por el que solamente queríamos el liderato y ahora firmamos el cuarto puesto. Y mucho menos el hablar de la maldición del delantero, que si juega no mete pero cuando empieza a ser el jugador que se esperaba, se lesiona. Tengo el complejo del ex fumador cuando le viene el olor a tabaco. Ya he pasado por todas las fases del aficionado: la de Quiero ser como Beckham, la de Evasión o victoria y hasta la de Shaolin Soccer. Ahora estoy en la fase Días de fútbol.

Se que es una etapa más en la vida de un pseudointelectual y que volveré, pero por lo menos he aprendido a llevar unos auriculares siempre en el bolsillo de la chaqueta. Ya no me gusta el fútbol, solo soy del Hércules.

“El cine. El cine te tiene que gustar, porque le gusta a todo el mundo… Te lo digo porque tengo en casa un sistema de Dolby, o sea, de DVD… De DVD con su Dolby. Un sistema que no te sé explicar ahora bien, pero que te parece que lo tienes por detrás, por los lados, por delante”
Días de fútbol

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