Ruido blanco II: El metro

Platón escribió acerca de todo. Incluso a día de hoy, muerto, un cadáver de 2.365 años sigue dando su opinión. Me lo imagino desde su tumba, negando con la cabeza por el rumbo que están siguiendo sus homo sapiens. En una caverna más bonita y más estudiada a la que ahora llamamos marketing digital, pero igual de idiotizados. Pero es que este filosofucho está muerto y los nuevos seguidores de los estudios de las Universidades de Tejas, Florida o Wisconsin me dan bastante pereza. En algún sitio he leído que unos científicos han afirmado que os podéis ir todos a la mierda. La chica de enfrente me está mirando fijamente. Lleva un abrigo amarillo, y parece una especie de pollo gigante. Tiene unas gafas redondas y doradas. Le digo que qué mira, sabiendo que no podrá entenderme. El tren se va y su imagen se hace añicos, pulverizada en segundos. Jamás volveré a verla. Hasta nunca. Ciao. Bye.

Siempre pongo al máximo el volumen del audífono cuando arranca el tren. Del silencio más radical a la vibración más insoportable con un simple movimiento de dedos. Así de ingenioso soy con mi puta sordera. Cuando me lo pusieron volví a escuchar, a lo lejos, la voz robotizada de la megafonía del metro. Al tren le quedan dos minutos para llegar. A mi lado un señor con pintas de vagabundo estornuda sin colocarse las manos. Giro la cabeza con la mayor rapidez posible. Pero su saliva alcanza mis mejillas y hasta un poco de mis labios. Qué asco. Quiero quemarme la piel.

El tren llega y encuentro un sitio libre. Bajo un poco el volumen del cacharro. Y si pudiera hacer lo mismo con la vista, también lo haría. Ojalá pudiéramos viajar en cápsulas individuales donde pudiéramos comer, leer, o ver twitter sin tener que fingir ser buenos ciudadanos. Sería lo mismo pero en una soledad honesta. Sin gritos de gente hablando por teléfono, ni niños baboseando las puertas, ni ese asqueroso olor a órganos vitales concentrados. Todo dentro de un mismo espacio, como si el metro fuera una batidora humana. Una mujer con un perfume de señora, rancio y empalagoso, se sienta en el asiento de enfrente. Supongo que se llamará Luisa. Y si no se llama así, pues qué pena, porque tiene cara de Luisa. Me mira fijamente, sin pestañear. Otra que tal. Qué pesada es la gente. Observo mi reflejo en las ventanas del metro: hoy llevo mi camisa preferida, azul celeste y de lino. Tengo los ojos algo extraviados, no sé si por falta de sueño o porque nunca me había fijado en ellos de verdad. Me acerco al cristal y los observo de cerca. En el iris izquierdo tengo un lunar. Siempre he fantaseado con la idea de que es un naufrago a la deriva en el azul –y amarillo y verde– de mi mirada.

Por todo lo demás, nada nuevo. Mi pelo azabache igual de desarreglado que siempre y mis orejas de elefante bien expuestas. Una vez me dijeron que era pintoresco. Como una casa rural en las montañas, de esos decorados con mantas de ganchillo ‘made in India’. Las terrazas llenas de maceteros ostentosos con cactus del desierto sahariano. Que además te venden el ‘pack aventura’ cuyo máximo riesgo es quedarte sin conexión wifi de madrugada, mientras bebes un té en una taza de aluminio. Pintoresco. No amigo, en realidad no lo soy. Mis orejas están en cuenca porque buscan el sonido por el mismo mecanismo que los girasoles se mueven al sol.

Pero Luisa no me miraba por eso. Tenía su mirada fija en mis ojos, como si fuera una espía rusa. De hecho lo parecía. En el metro la gente no suele mirar como lo hace ella. Intuyo que no nació en Lavapiés… Te he pillado, Luisa. Sé que puedes ver mis costillas con tu mirada de águila. Juegas al mismo juego que yo. Tu compañera de trayecto te da poca información porque está durmiendo. Tu colega de la derecha, sin embargo, está en otro sitio. Dentro, sobre o debajo de ese espacio virtual. Tú te cuelas como quien observa a través de una ventana cómo su vecino tiende la ropa. Sin permiso pero con esa licencia dudosa entre dos perfectos desconocidos: no sabes nada más de él excepto este breve contexto de existencia compartida. Nunca le besarás, nunca tendrás que hacerle un favor o decirle adiós. Por eso crees que da igual si te cuelas en su conversación. ¿Con quién habla, Luisa? Quizá con su madre, con su hermano, con alguien que acaba de conocer…

El caso es que creo que no le interesa demasiado. Por lo que quizá sólo tiene que revisar la factura de la luz, que este mes es más cara de lo normal. Me miras y siento que la vida no es una broma. Que esto va en serio. Que me lo tome con calma, pero que no le quite importancia. Que la piel no es ignífuga, pero sí transparente. Me gustaría saber quién crees que soy. Ahora el lunar es el láser de un francotirador antes de disparar. Quizá crees que soy alguien importante, que vengo de una reunión con gente influyente donde se estudia qué hacer ante la desaparición de las abejas en la Tierra. O que soy un imbécil más, de esos que no respetan las leyes de los ancianos. Puedo recordarte a alguien, o hacerte sentir lejos de una vida que era también tuya. Seas quien seas tú, llegas a tu andén y nos dejas. No sin antes dedicarme otra mirada severa. Vale Luisa, la vida va en serio. Tu sitio se queda vacío… La durmiente sigue su sueño y tu cómplice deja la conversación. Quizá tenía más sentido cuando tú le observabas.

La línea 3 continúa su trayecto hacia Moncloa. Una mujer blanca; ojos: verdes; aspecto: bohemio; tendencia sexual: bisexual; tendencia política: izquierdas; con un libro de Schopenhauer en las manos, se sienta en el lugar de Luisa. Le acompaña un hombre negro; ojos: negros; aspecto: refinado (puede haber salido de una entrevista de trabajo); tendencia sexual: heterosexual; tendencia política: derecha; y con unas gafas octogonales. Ella se llamará Lucía y él Carlos. Ella se roza el pelo todo el rato y él mueve la pierna. Debe ser su primera cita. Puede que se conocieran en Tinder. Fueron a una de esas espectaculares terrazas con vistas que te prometen en las páginas de viajeros de Madrid y les cobraron seis euros por una sangría.

Todo había ido según lo previsto: habían sucumbido a las preguntas de rigor, el contacto visual había pasado de social a íntimo y Carlos ya le había enseñado una foto de su madre y su hermano. El contexto también acompañaba, habían visto el cielo desazulado de Madrid cambiar de blanco pálido a un cóctel de granates y corales. Habían paseado por el templo de Debod al son de miles de parejas. Como si todos se hubieran citado en ese momento, a esa hora, para celebrar que aún son ideas románticas los unos para los otros. Lucía le contó que toca la guitarra los fines de semana para el grupo de mariachis falsos de su primo. Que en parte era verdad, aunque sólo hubiera sido una vez. Pero ella sabía que eso acentuaría su imagen de personaje espontáneo y diferente. Y Carlos hace lo mismo: le habló durante 30 minutos ininterrumpidos de su trabajo de investigación sobre la problemática de algo que le pareció interesante la cantidad de “ajá”, “por supuesto” y “guau” de ella.

Todo fluye con esa naturalidad fingida de las comedias románticas. Hay un exceso de guión que sobrecarga la escena. Lucía apreta sus muslos y sube un poco su vestido. Ha dejado la huella de sus uñas. Las líneas rojizas que ha dibujado en su piel parecen arañazos de gato. “La carne siempre es insuficiente para las personas interesantes”, habría pensado Lucía. “La carne siempre es suficiente para las personas interesadas”, quisiera decirle. Cuando llegan a su parada Carlos le dice que le acompaña a casa. Ella asiente. Y mientras lleva cuidado con el espacio entre coche y andén echa un vistazo rápido a su reloj. Carlos aprovecha para mirarle de verdad, por primera vez.

Cierro los ojos y me despido de aquellos dos. Bajo hasta el mínimo el audífono y entro en el silencio más excesivo. Mis pensamientos no tienen ruido ni matices sonoros. Pero son luminosos, y se reproducen con imágenes, a veces sin consenso de la razón. Mis sueños son una actuación, una película de Chaplin a color. Mimos mandándome mensajes. Manos moviéndose. A veces se cuela algún ruido y las visiones palidecen. Toda mi energía se centra en investigar más acerca de dónde viene, cuán de alto es, si es grueso, si me recuerda a una imagen. Si es un berrido, si es un gemido… Si son las dos cosas. Qué expresa y por qué se ha filtrado en el océano profundo de mis conexiones neuronales.

Cuando alzo la vista hay un señor con sotana. El cura mira alrededor y evita mi mirada. La luz divina del vagón ilumina los rostros. Tiene una nariz puntiaguda y los ojos muy hundidos. Sé que arriba despuntan los últimos rayos de la tarde. Pero aquí, bajo tierra, siempre es de noche. Es curioso Padre, porque este lugar parece un prólogo del infierno. No soy drástico ni pesimista. He aprendido a estar en este lugar como si fuera el salón de mi casa. Hace no tanto le dije a uno de los suyos que lo más importante que haría en la vida sería hacer algo grande por los demás. Ahora sé que mentí, primero a mí mismo y luego a su colega.

Estoy cansado de los héroes trágicos, los mártires y las almas limpias. Estoy seguro de que usted también está cansado de predicar. Que quizá tenga otras cosas que hacer, como oler la ropa recién lavada, hacer un pastel de manzana o jugar al parchís. Que son cosas que parecen como muy libres de pecado, pero para nada. El ruido blanco de nuestro día a día no tiene nada de divino. Estamos cansados los humanos. Muy ansiosos por que alguien nos diga qué tenemos que hacer. Pero no le aborrezco a usted, aunque su institución pierda socios por razones de peso. Me cae bien la gente que cree en algo, sin que esa fe esté sujeta al dogma, ni en guerra con otras formas de estar en el mundo. En realidad un cura y un científico se parecen bastante. O un artista. No sabe lo aburrido que estoy de escuchar la ley del más allá.

Queremos que los cadáveres se callen para siempre y nos den la palabra a los vivos. Al menos eso quiero yo, que me escuchen. O como poco escucharme. No creo que deba preguntarle, aunque me encantaría. Ahora que hemos matado a Dios, hemos dejado de tomarnos en serio a nosotros mismos. No me molesta. Pero entiendo que le resulte difícil vernos en el metro y asumir que usted y yo somos iguales. Y que el de verde de su izquierda que está vigilando a su hijo, también. Aquí Padre siempre es de noche y Dios no ha sido citado.

El Padre también nos deja. El resto de transeúntes sigue sus horarios. Todos tienen algo de insaciabilidad en los ojos. Uno de mis deseos más oscuros es tener unas gafas de visión térmica. Así vería en qué vagones hay más gente, cómo se pasan el calor al apretujar sus manos, besarse. Sabría en qué o con qué están pensando cuando miran de reojo. Todos serían un puñado de velas encendiéndose y apagándose y sólo yo lo sabría a ciencia cierta. El panel de letras verdes radioactivas del metro me recuerda que va a efectuar su última parada: Moncloa. Final de línea. Las masas malolientes de personas salen de sus jaulitas con ruedas. Una mujer me pisa, un señor me roza la espalda, una niña me pisa la muñeca y otra me golpea la cabeza. Me siento en el suelo del andén.

Respiro el aire caliente y viciado del subsuelo. A mi pecho no le sienta nada bien: mis pulmones se han convertido en escamas de pez. El oxígeno no llega a mis vasos sanguíneos y siento que mi sangre debe saber a sal y azufre. Inspecciono mi mochila minuciosamente como si mi equipaje requiriera una operación de vida a muerte. Pero mis manos, lejos de ser herramientas quirúrgicas, parecen de arcilla. La marea de gente sigue el baile. Fluye y se distribuye por diversas vertientes, en un río que no desemboca a ninguna parte, pero que se retroalimenta. Debería flotar, pero estoy en el fondo.

A mi lado hay una sombra que me rescata del suelo. Me da una bolsa que huele a atún y me pide que inhale y exhale. La sombra huele a melocotón y la mezcla de aromas me produce una leve arcada. Juraría que he disminuido de tamaño. Siento el peso de la ropa sobre mi piel. La sombra me dobla los pies y me guía por los túneles subterráneos. Aunque no las vea, percibo las corrientes de gente siguen fluyendo a nuestro alrededor. La sombra me sube a la superficie y distingo el ruido de los coches, el aire frío y seco, los pasos acelerados de los transeúntes. Nos sentamos en un banco y miro al cielo. Hay un claro entre las nubes ácidas. La sombra empieza a ser una figura. Intento leer sus labios, pero habla muy rápido… Me acerca un teléfono. Creo que dice que alguien me está llamando.

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