Un perro ladra dentro de mí

“Hubiera intentado ahogar mi dolor en whiskey. O me hubiera metido una docena de éxtasis. No fue así. Si no fuera ateo desde los doce años, me imagino que habría rezado. (…) Sobrio y desconsolado, me pasé dos días llorando en el sofá”
Bef, Habla María

Quiero escribir sobre el estigma. Sobre el estigma y su representación literaria. Sobre literatura y oscuridad.

Elijo lo opuesto a los canes de Horacio (ese black dog de Winston Churchill para nombrar lo incómodo). En la novela gráfica, con su habitual trabajo del color, encuentro las primeras respuestas. Aunque, en realidad, esa acumulación de color termina en la misma oscuridad y las respuestas no son más que preguntas reiteradas. Nuevas formulaciones para un mismo enigma.

Como es más sencillo aproximarse a lo que no nos es propio, pero tampoco ajeno, decido empezar por Habla, María. La incapacidad de articular el lenguaje son comunes tanto al autista como al que intenta comprender. La cita con la que comienzo este artículo me sume en la devastación. María y yo trata la misma temática. Acaso no haya nada más humano que tratar de explicar al otro. Explicar al que no puede explicarse. Narrarlo para tender un puente hacia lo común, que a su vez ayuda a explicarnos. Hay otra forma de otredad en la discapacidad mental. Yo ya no sé cuál es la forma políticamente correcta de hablar sobre determinados temas, pero sé de la luz que transmite Tranquila. Y a veces eso basta para desviar la mirada más allá de lo ignoto.

Salto al vacío. Buscando información sobre los posibles efectos secundarios de un fármaco que me administran (nota mental: Fármaco, eso que llamamos autoficción y sus múltiples posibilidades); buscando información, digo, me doy de bruces contra Ausencias, y descubro que tengo en común con The New Raemon mucho menos que sus 7 años de medicación, y también algunos discos de los Maiden. Y así, desde ese lugar común, vuelvo a mirar a José Ignacio Carnero a los ojos, en ese abrazo que no hemos compartido, y envidio la sinceridad de Hombres que caminan solos, que caminan menos solos, pero también más solos. Puedo estar toda la tarde en ese bucle. No lo haré. Su reverso lo encuentro en Almudena Sánchez:

“El corazón: cazador ahorcado. Podría ser una buena definición de lo que llevamos dentro”. [1]

Hace tres años leí Apegos feroces, pero no sabía del apego más que su significado convencional. Paulina Flores habla de EMDR en el relato que le publican en Granta. Eso sí que lo entiendo. Habría querido no entenderlo y haberlo entendido antes al mismo tiempo. Me siento como Françoise Sagan queriendo desprenderse de su cuerpo, sin saber si convertir el proceso en literatura o rendirse al vacío. Siempre vence la literatura. O la muerte.

Félix Romeo se adentra en el suicidio ajeno; Édouard Levé parece hablarnos del propio. Simon Crichtley y Ramón Andrés lo hacen desde un punto de vista cultural, desde una intelectualidad que nos resulta casi tan amable como la de Albert Camus en El mito de Sísifo. Es limpia, no sangra, no contiene lágrimas, no convulsiona. Es cívica y contiene ecos de libertad. En última instancia, Sartre tenía razón.

Pero yo no quiero hacer una nómina de libros: no quiero construir ese itinerario que, si bien necesario, no puede ser dos veces el mismo. Lo que quiero es sugerir. Quiero sugerirme. Quiero sugerir que en realidad no sabemos hablar de esto porque no tenemos un lenguaje desde el que hacerlo. Tenemos intentos. Carrère ha firmado hace poco uno de ellos bastante ilustrativo: quiero escribir una novelita ligera y termino hablando de que en Francia se sigue tratando a pacientes con electroshock (¿aquí lo hacen? ¿nos puede pasar? ¿te puede pasar a ti?). Y digo que es ilustrativo porque lo que todas estas historias tienen en común es el vuelco. Lo abrupto que parece algo que lleva gestándose meses o años. Hasta que sale a la luz.

Los limites del día se desdibujan, el espacio crece dentro y fuera del cuerpo. Lo estrecha la química y el día pasa de ser un páramo a convertirse en un túnel cuyos ascensos y caídas son absolutamente imprevisibles. Le escribo a una mujer cuyo abrazo no existe y anhelo. No quiero seguir hablando, ni que me mire. No quiero ser. Pero todo es peor en la huida interminable y vuelvo al único refugio que conozco, imperfecto y extraño.

Dice Mauricio Montiel que Pavese dice que deprimirse cansa. Pensar la angustia cansa en la misma medida. “He sufrido el lamento de la muerte” [2]. Y el resto es un profundo fundido a negro.


[1] Sánchez, Almudena: Fármaco, Barcelona, Literatura Random House, 2021.
[2] Ibidem.

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Close

Síguenos