Vivian Gornick o el aullido de las hembras insatisfechas

“Desde el nacimiento hasta la muerte las personas dependemos materialmente

del tiempo que otras personas nos dedican”.

Yayo Herrero

El edificio. La calle. El barrio. Me asomo a la ventana y me llega el olor a fruta de la tienda de abajo y oigo el barullo de los adolescentes revoloteando en torno a la casa de apuestas de enfrente. Todavía no he desecho las maletas.

Apegos Feroces (narrativasextopiso, 2017). Encontré el ejemplar en agosto, en la librería más comercial de Madrid. Estaba entre las recomendaciones a pesar de no tratarse de un texto nuevo; era una edición cuidada -la primera traducción al castellano, con treinta años de retraso- y en la portada figuraba el esbozo de una fachada de ladrillo con cuatro ventanales. Cogí uno del montón y fui a pagar. Estaba buscando piso.

Me quedaban unas tres horas antes de volver a subir al autobús que me llevase de nuevo a mi pueblo y ya no había más habitaciones que visitar aquel día. Me senté en una terraza y pedí un café. Iba a ser mi cuarta mudanza en ocho meses.

“Un año después de que mi madre le dijese a la señora Drucker que era una puta, los Drucker se mudaron del edificio y Nettie Levine se instaló en el apartamento vacío. […] La gente y sus enseres parecía evaporarse de un apartamento y otros ocupaban sin más su espacio […] ¿Qué mas daba si al vecino de al lado lo llamábamos Roseman, Drucker o Zimmerman? Lo único que contaba es que hubiera un nuevo vecino”

Llevo algo más de una semana en el piso nuevo. El suelo es de madera y todo el edificio cruje. Por la noche, cuando voy al baño, las tablas tiemblan tan fuerte que parece que chillen, pero mis compañeras nunca se despiertan. Las paredes están encaladas de gotelé y la decoración está desfasada. Aquí ha vivido una anciana hace no demasiado tiempo.

Lo sé por los amarres de la ducha y por aquella vecina que me asaltó en el ascensor hace un par de días.

–Tú eres la nueva, ¿no?

—Sí.

—¿Sabes qué tal está la madre de Ana? ¿Ya se ha muerto?

Sorpresa. La dueña de esa voz era una mujer mayor; pasada cierta edad la gente no se anda con rodeos.

—No lo sé. Sólo tenemos una relación económica.

—Claro, es normal, sí sabes que estás viviendo en su casa, ¿verdad?

Mentí.

—Sí.

—Ya, bueno, soy la vecina de abajo, si necesitas cualquier cosa no dudes en llamar— dijo estampándome dos sonoros besos.

Una hora después, la estela de su perfume seguía empantanando mis fosas nasales.


Una Vivian Gornick ya madura camina con su madre por las calles de Manhattan. Pasean de la mano y a veces se entierran las uñas en el dorso, cargadas de reproches, sangran y se enseñan los dientes y ladran. Luego siguen su camino, siempre agarraditas la una a la otra.

“—¿Por qué no te vas ya? ¿Por qué no te apartas de mi vida? No voy a detenerte.

Veo la luz, oigo la calle. La mitad de mí esta dentro, la otra mitad, fuera.

—Ya sé que no, mamá”

Es una historia de mujeres, el padre no es más que un aderezo, un complemento a la figura materna, hasta que él muere y se convierte en ausencia, no por sí mismo, sino por la que proyecta la madre, aferrada a un eterno duelo. Y entonces él surge con más fuerza que nunca, convertido en una penitencia impuesta.

Gornick habla de su madre y ella como si fueran una sola célula que muta y se enferma, pero nunca acaba de morir. Del desapego que le produce la inteligencia ácida y descuidada de esa mujer neurótica, terca, y a veces cruel, cuya mayor aspiración vital es la familia. Un ejemplo de alguien consumido por el amor romántico, cosa que desprecia a pesar de verse abocada hacia él una y otra vez.

“Búscate a un buen chico judío para casarte”

La infancia en el Bronx, el arraigo, la crianza y las vecinas y la aparición de Nettie, una hembra nueva en la comunidad, tan diferente a la materna, marcan su vida hasta la vejez. Una mujer joven, guapa, viuda y con un bebé al que nunca sabrá cuidar. Una extranjera arrancada del este europeo cuya única manera de comunicarse con el sexo opuesto es la sensualidad.

“La consideraban provocativa, sugerente y tentadora. […] Nadie sabía decirte qué tenía de malo. Por otro lado, nadie se desdecía. No es lo que lleva puesto, comentaba una vecina, es cómo lo lleva. No es lo que dice, sino cómo lo dice. No es la cara qué pone, es la cara que tiene”

Y pienso en la tragedia silente de las mujeres. Pienso en mi abuela y cómo cuando estaba a punto de marcharme a la universidad me confesó que ella, a sus ochenta años, jamás había disfrutado del sexo.

—Ni mis amigas ni yo hemos tenido nunca un orgasmo, no nos lo planteábamos. La mayoría sólo hemos estado con un hombre. Supongo que nos hemos perdido algo— anunció como quién dice que ha preparado lentejas para comer mientras su estupefacta nieta la miraba, sorprendida de que una mujer tan pudorosa de su intimidad dijera algo así en voz alta. No volvimos hablar del tema. Hoy ya es demasiado tarde.

Leyendo el libro imagino a cientos de mujeres con los dedos despellejados de tanto masturbarse en su soledad. Las puntas enrojecidas de lavarse las manos con fruición al terminar para recuperar la pureza que, durante siglos, ha pendido sobre sus cabezas como una suerte de guillotina.

Gornick escribe sus recuerdos en torrente. Esto es lo que pasó. Esto es lo que sentí. Esto es lo que hay. Sin embargo, a través de su escritura descarnada una se asoma al desamparo del bloque de apartamentos donde se crió. A las vidas no vividas de las vecinas. A un crimen social que aún hoy sigue perpetrándose en los barrios pobres de medio planeta.

“Huelga decir que si me convertía en la beldad del edificio corría el riesgo de ser violada y de quedarme embarazada, pero así eran las reglas del juego, ¿no? Una chica tiene que ser sensata”

Y, sin embargo, la nostalgia.

“La relación con mi madre no es buena. […] Nuestros mejores momentos son cuando hablamos del pasado”

Porque lo compartido amarra y más lo hace aún la idealización de lo que pudo ser y no. Porque los apegos, aunque circunstanciales, son feroces.

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