Babilonia: Exilio o esperar una ausencia

“Le gusta acariciar a sus gatos
con las manos enguantadas en látex”

Babilonia es el sitio en el que comprábamos cuando salíamos por el centro en la época del instituto. Quiero decir, el local se llama Babilonia. Me acordé de eso y del paseo mientras te contaba exactamente lo mismo cuando leí el poema “Matemáticas discretas” de Leonor. Babilonia sigue abierto y me he dado cuenta de cómo vuelvo a los sitios que recuerdo: sin moverme, buscando en Google Maps y siguiendo las chinchetas que veo en la pantalla del móvil.

“El vendedor de enciclopedias
habita el mundo como las chinchetas clavadas
en un mapa de corcho”

salvo por los 1400 km que recorrió con la sirena

En Babilonia (Editorial Dieciséis), Leonor Saro escribe la espera como paso previo a la espera. El exilio como algo permanente, algo que nunca acaba porque lo que vemos está detrás de paredes de cristal. La estaticidad como condición imprescindible para entender la ausencia.

La espera es “un cansancio que consiste en el entusiasmo de ciertos sucesos contados”. Luego llega el no desplazamiento. Después la ausencia como “hermosa nada”. Todo son falsos recorridos en los que no hay distancias que recordar, porque la única distancia que recordamos ya es suficiente para construir lo demás. Piensa que uno es vendedor de enciclopedias y otro sirena, que no vamos a vernos salvo cuando recordemos la anterior vez que nos vimos, que cuando uno de los dos se olvide una araña va a ver morir al otro.

“¿Recuerdas aquel mar blanco
que no distinguíamos del cielo?
¿Qué habrá sido de esa hermosa nada?”

seguramente siga ahí

Puede que si nos inventamos recuerdos nunca tengamos que dejar de vernos. Podemos inventarnos “recuerdos de una infancia en el campo” que “se mezclan en mi -¿tu/nuestra?- mente como implantes distópicos. Porque puede que nunca hayamos salido juntos de mis/tus/nuestras ciudades pero podemos recordar que fuimos al Ikea y/o a Granada. Contrarrestar el exilio desde nuestras propias casas. Porque los recuerdos no tienen forma, no se contienen. No son residuos que alguien, por ejemplo la señora Meiwes, “selección y clasifica en ocho categorías diferentes” cosa que es imposible: en el Ikea los cubos solo tienen tres compartimentos en los que dividir la basura.

“Quizá en una casa que fuera su propio reverso
con sus goznes abiertos a la tormenta y la luz,
podría existir una imagen de tus dedos
sosteniendo con cuidado estos pétalos de carne”

la memoria también atraviesa paredes opacas

“Si yo siguiera el camino de la forma” no sabría cuál de todas las existentes alcanzaría para contener la transparencia. Si las palabras solo me gustan cuando no exigen nada a cambio, cuando no me obligan a decirlas haciéndome entender que mi boca siempre repite las mismas. Aunque diga otro nombre siempre estoy diciendo el mismo. Babilonia siempre es Babilonia aunque la llame de otra forma. Y eso ni los bohemios alemanes que “soñaban arquitecturas con paredes de cristal parecidas a un estanque cristalino” lo han entendido.

Babilonia habla de todo eso: de lo que existe aunque nadie sabe si existió. De lo que se escribe a pesar de que no haya existido. Babilonia es un pie de página en los salmos, en las canciones de folk y en los puntos que señala el maps. Babilonia son cuentos de espera, ausencia, exilio. Recuerdos que chocan en escenarios opuestos. La distancia con lugares comunes de la que habla Juan F. Rivero que generan uno nuevo para sostenerse en imágenes nítidas.

“Cuando evitas toda intimidad con las cosas
dice Armin,
puedes reservar el estremecimiento de la carne
para las cosas que realmente lo merecen”

Barriga - Marcos Augusto Lladó

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