This land is your land

Este texto forma parte del poemario inédito Anti-folk, de Adrián Bernal (Alicante, 1983), que publicará próximamente la editorial La Garúa.

my whole city of body

Elise Cowen

Espero como esperan los pájaros un invierno esquivo para emigrar al Sur. Espero el intervalo que asocia la estación del confort con la traición del mes más cruel. Espero el desencanto que viene con el frío y con la certidumbre que sigue al frío; aquello que nunca ocurre, aquello que jamás sucede: embarcaciones abatidas por la impaciencia de los náufragos, trémulos trenes que despedimos desde el declive de los andenes. ¿Acaso no es eso la vida? Una espera aplazada, una eterna temporada en el infierno; el infinito recuento de los huecos bosquejados por los urbanistas en los barrios de los pobres, la perpetua persecución de las siluetas dibujadas por las bombas en las paredes, en los portales de Hiroshima. Somos el sueño de la razón: aquí la distopía de Haussmann, allí las pesadillas de Gropius, acullá los trazos delirantes de Le Corbusier. Somos flâneurs de periferia, músicos de folk de extrarradio, robinsones que aprendieron el lenguaje de Viernes. Somos mercancía titilando en el tráfico transparente del tardocapitalismo, autoestopistas abrasados por el sol que apenas pueden ya soportar los carteles que subrayan su dirección y su afán: Nevermore, Nevermind. Somos las cartas que Vallejo y Alegría enviaron a los héroes que no regresaron de las guerras.

Pero los sueños también sueñan, y nuestra aflicción y nuestra derrota conforman precisamente la sustancia de esos sueños; así se mantienen intactos, inexorables. ¿Cómo, sino fracasando mejor, fracasando rotundamente, podríamos suponer siquiera el alcance tectónico del término victoria? En un sueño recurrente recorremos a lomos de un autobús greyhound los poemas de un paisaje que no existe, un destino que llamaremos AMÉRICA. En ese sueño argénteo hendemos veloces como el azogue el grito de Ginsberg, las agujas de Burroughs, los haikus de Keroauc, y el autobús nunca se detiene y desde sus ventanas vemos cómo van quedando atrás imposibles poblaciones australes: enclaves furiosos como novelas de Faulkner, estaciones de servicio cuyas cafeterías contienen la constitución de un país en llamas, moteles frecuentados por vagabundos que llegan con el polvo y se van con el huracán…, hasta que por fin atisbamos en el horizonte la ciudad donde no tenemos nombre o tenemos tal vez todos los nombres y en ocasiones nos hacemos llamar E. G. Smith y llevamos bajo los párpados las crónicas de los obreros del ferrocarril, el relato de la revuelta de Haymarket, un panfleto recién impreso contra la ejecución de Sacco & Vanzetti; y en ocasiones nos hacemos llamar Frankie Newton y militamos en el Partido Comunista y estamos afiliados al sindicato de músicos y tocamos la trompeta borrachos de rabia y de ginebra mientras Billie Holiday canta borracha de rabia y de ginebra a los hermanos ahorcados, quemados, allá, al Sur de las ciudades; y en ocasiones nos hacemos llamar Elise Nada Cowen y tras el holocausto únicamente queda de nosotras la relación policial de las pocas pertenencias que dejamos en un piso de Washington Heights al arrojarnos por el balcón: (1) una agenda de 1960, (2) un plano del área metropolitana de Nueva York, (3) una postal de México DF, (4) un reloj de pulsera inmóvil en las nueve en punto, (5) un libro de Whitman; y en ocasiones nos hacemos llamar Robert Allen Zimmerman y ocultamos en las cuerdas vocales el timbre de los peregrinos y en el reflejo de las gafas de sol la soledad alucinada de los beatniks y componemos letras de otra época, letras mecanografiadas en una olivetti sustraida de las oficinas centrales de Random House, letras por las que todos nuestros nombres serán inscritos en las listas del comité de actividades antiamericanas, acusados de desacato, conspiración, obscenidad, hurto, sodomía, y cuando nos citen a declarar compareceremos con la máquina de escribir y diremos this machine kills fascists, y diremos esta tierra es nuestra tierra.

Pero AMÉRICA es un destierro que no existe, un sueño que se esfuma hacia el Sur, hacia los perdidos sures que se apagan como canciones otrora inextinguibles y cuya cadencia sin embargo ahora solo recordamos vagamente. Así son las gastadas baladas que cantamos: versiones de Woody Guthrie y Leadbelly, de Pete Seeger y Joan Baez y Robert Zimmerman; manifestaciones antiamericanas de folk o proclamas de anti-folk que son metáforas alrededor del poder, metáforas contra el poder.

Pero ya no hay metáforas: en este limbo todo verso se vuelve literal, toda imagen es tergiversada por los planificadores del ministerio del amor, por los publicistas de la mano invisible. Calle Nápoles. Barcelona Nord. No es esta ubicuidad la marca del hijo del hombre, sino la demostración de que eso que llamamos vida —aquello que nunca ocurre, que jamás sucede— es en realidad el infierno que precede al infierno, y la vida, la verdadera vida, está en otra parte.

Pero ¿no es, no debería ser eso el limbo, la antesala de la condena?

¿Acaso la espera no anticipa el castigo?

Barriga - Marcos Augusto Lladó

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