La cigala del sur

En un mundo en el que el dinero precede a la vida y donde el tiempo no es relativo, sino venerable, Teófilo sale cada día a la calle, a la misma hora, con el mismo sombrero, el mismo chaleco de punto y la misma compañía de siempre. A escasos metros, las cuatro patas menudas de una vieja Yorkshire terrier avanzan decididas hacia lo desconocido.

¿Qué nuevos olores traerá el camino escogido por el amo?

Es imprescindible agacharse en el parterre de las rosas amarillas. Antes de llegar al quiosco, el hocico ha detectado la orina de labrador negro y la humana, cerveza, fruta podrida, semillas sobre la tierra húmeda, la caca de un bebé. Los sentidos están anticuados, pero la cola permanece presta, el pelaje grisáceo reacciona a esta época del año. La lengua se divierte en un charco hasta que el viento trae un sonoro “¡Cariño, ven!” .

Es hora de volver junto a Teófilo.

Cuando el amo no estaba solo los paseos se extendían tanto como para pasar el almuerzo en ayunas. Teófilo y su mujer iban andando hasta el río con el sol de mayo pegado en las canas y reían ajenos a los trajes de gitana, los coches de caballos y la excitación que precede al albero. Llegando a la ribera, Margarita fingía que le dolía la edad y los tres paraban en un mesón pegajoso a beber finos mientras Cariño se acostaba sobre sus patas a echar un sueño ligero, mecida por la alegría, el olor imaginario a pollo frito. Son imágenes traslúcidas que la asaltan, como si fueran un perro amigo, en la reapertura de La Cigala del Sur. Los flamenquines se revuelven en las freidoras industriales como los clientes en sus mesas, exaltados por respirar aire de barrio tras semanas impuestas de oscuridad entre muebles.

Cariño localiza el rabo negro de Perla bajo una de las sillas de aluminio; El olor del chucho Café es inconfundible. Cariño les lanza los ladridos más sonoros que puede emitir, pero no son suficientes para captar la atención de dos almas absortas en la fulgurante posibilidad de que un trozo de flamenquín se escape de un tenedor. Cariño se rinde y mira a Teófilo, implorante. Él podría terminar el paseo con un aperitivo junto a sus vecinos, mientras ella se pone al día con Perla y Café. La naturaleza humana es extraña, incluso para una perra que ha pasado los mejores años de su vida dedicada a ella. El estado anímico de los amos puede variar tan rápido como una mosca escapa a un bocado. Es posible apoyar la cabeza en su rodilla para dar un apoyo simbólico, o realizar sus trucos favoritos, los que te enseñaron cuando eras un cachorro y todo era luz alrededor, o incluso se puede recurrir al truco de imitar sus llantos con gemidos esforzados. Es inútil. La aguda intuición canina advierte siempre una tristeza más honda y sutil que los perros, si bien pueden aliviar con su idiosincrasia, jamás llegan a extinguir del todo. Los párpados de Teófilo están bajos, la mano que sujeta la correa ha reducido la tensión habitual. Cariño supone que su amo se encuentra en uno de esos momentos íntimos, de acceso imposible hasta para una criatura sabia de otra especie.

La expresión abatida traslada a su perra a la noche en la que Margarita desapareció para siempre. La familia había vivido un día intenso de campo y el cuerpo de Cariño había quedado tan exhausto por la persecución de margaritas, el chapoteo en el río y las danzas rituales frente a perros desconocidos, que la pequeña ni se inmutó con el alboroto de la madrugada, el golpe seco, los llantos de Teófilo. Con los primeros rayos de sol estiró sus patas hacia delante, hacia atrás, sacudió su pelaje, fue en busca de los amos para evitar el vergonzoso incidente, hace tiempo superado, de ver su orina esparcida en el parqué, y no encontró más que al amo Teófilo, sentado en el sillón, con la mirada perdida en el aleteo de los gorriones que visitaban la terraza. Al principio no se extrañó. Ella podría haber ido a comprar el pan o a visitar a la vecina.

Tarde o temprano tendría que volver.

Teófilo y su perra Yorkshire se habían quedado solos en el mundo y Cariño solo se dio cuenta la primera vez que su amo bajó los párpados y redujo la tensión en la correa. Los dos se encuentran al borde del precipicio de la vida, que no está hecho de muerte, sino de vacío, de soledad. La Yorkshire lo afronta moviendo el rabo, porque no alcanza a entender la problemática de acercarse a lo que los humanos consideran un precipicio. Ella irá a cualquier sitio, con el rabo en movimiento y la lengua fuera, si quien la arropa en las noches frías se lo pide, y Teófilo le está pidiendo con un tirón de correa que vuelvan a casa, así que el encuentro con Perla y Café tendrá que esperar. En realidad no son unos perros tan interesantes. Café está obsesionado con ir detrás de una pelota, que ni siquiera es una pelota, sino una de las mandarinas de los árboles del barrio. Antes de que las calles estuviesen desiertas por ese suceso extraño que solo ha afectado a los humanos, y que Cariño tampoco ha llegado a entender del todo: Manolo se sentaba en el barecito de al lado de la frutería a beber cerveza y hablar de fútbol para “escapar de la mujer”, o eso le decía a Teófilo. Se llevaba a Café con él, pero en vez de pasearlo por el barrio le lanzaba una mandarina de una patada y Café corría como loco llevando su cuerpo obeso medio Corgi medio Pomerania hasta el extremo de sus posibilidades. Perla se comporta mejor porque Martín nunca la ha desatendido. Como todo labrador, es cariñosa y considerada. Saluda a los fruteros, se deja tirar de las orejas por los niños, jamás ladra. Su problema es justo ese.

¡Hay que ladrarle a la vida!

En lugar de limitarte a sonreír y engordar con los cuidados excesivos del amo, los perros necesitan pasar un hambre minúscula para salivar más y mejor a partir de sueños con pollo frito, o esa es la filosofía de Cariño.

Hoy el paseo ha sido más corto de lo habitual. Teófilo y su perra dan media vuelta, abandonan la acera frente a La Cigala del Sur, pasan frente al quiosco, caminan un rato junto a los parterres de flores hasta alcanzar el número diecisiete, cuatro calles más allá. Desde la ventana del cuarto piso del número diecisiete una figura joven se asoma a la ventana y lo que ve le produce más felicidad que la promesa de un nuevo día de trabajo. Teófilo camina con dificultad hacia la puerta principal tras una bola de pelo gris tan rápida como un niño que ansía sacar partido a sus primeros pasos. La entrada del edificio los recibe con un cambio de temperatura algo brusco, por las paredes y el suelo de mármol, y el sonido contundente del cierre de la puerta de hierro. Cariño ha olido a la joven antes de entrar. Mira a Teófilo en un gesto de súplica. La respuesta es clara. Esta vez sí. El amo quita el cierre del arnés con un click milagroso que empuja las patas del animal a una sesión maravillosa, para ambas, de caricias en la barriga. Las mejores caricias del barrio, en la humilde opinión de Cariño. Teófilo sonríe. Las cosquillas se alargan hasta que el jefe llama al teléfono de la joven para dar nuevas instrucciones de trabajo. Perra y amo se lanzan al ascensor mientras un hedor delicioso se adhiere a las manos.

Las caricias han sido sepultadas por un buzón sin nombre.

La vecina del sexto dos estableció una relación directa entre la ausencia prolongada de su vecino del sexto uno y los ladridos de la vieja Yorkshire terrier. Encontraron a la perra dando vueltas sobre sí misma, distraída en la tarea de alcanzar el rabo junto a la cama del amo, quien llevaba dormido un mes. El cuerpo de Teófilo ardió con intensidad protocolaria, y por protocolos nadie pudo despedirse. Él navega tranquilo por un no lugar hacia el sueño infinito de copas de vino blanco, junto a Margarita, al sol de la ribera. A Cariño no se la ha vuelto a ver por el barrio.

A la peste de la felicidad la ha sustituido el dulce aroma de la muerte pacífica.

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