Una mariposa verde

Mi sepultura es pequeña. Una cruz y mi nombre inscrito en la piedra que ya no es blanca ni lo volverá a ser jamás. La madera, las letras, las flores, todo se marchita a mi alrededor excepto la tierra. De mí solo quedan huesos, retales de pelo, este broche y mis zapatos. Eso y mi memoria que, de tanto doler, se me enquistó en el cráneo. Dijeron que era un tumor pero yo sabía que no, que no era más que culpa hecha hueso.

En esta soledad de madera es imposible escapar de la memoria y sus agujeros, esos fosos interiores a los que arrojamos todo lo que nos es imposible confesar. Esos sedimentos hechos de culpa sobre los que construimos quienes somos. Aún puedo sentir la última palada de tierra, cuando el enterrador dio por cerrada mi fosa. Tuve que empujar mi cadáver contra el fondo del ataúd para mantener mis secretos enterrados a salvo de la luz. Mi tumor palpitó furiosamente hasta hacer latir la tierra. La lápida se quebró en dos y, desde entonces, entra el viento y la inmundicia por sus resquicios. Apenas germinan flores silvestres del caldo de musgo y fango que inunda mi tumba los días de tormenta. No abunda la vida en torno a mí. Y yo sé que es mi culpa que todo lo arrasa. Cada vez estoy más cansada de luchar contra ella y sus raíces. Tal vez fuera mejor dejar que aflore.

Pero cómo hacerle saber la verdad. A ella. Que viene cada dos semanas a limpiar la piedra y ofrendarme un ramillete. Cómo lograr que sepa, aunque eso signifique que nunca jamás regrese. Cómo soportar no verla más. Porque si ella sabe, si ella llegara a saber. Ella que me vistió muerta y eligió este broche. Esta mariposa verde es más suya que mía.

Dos alas rayadas con hilo plateado fueron lo primero que de ella advirtieron mis ojos. Después reconocí que era la silueta de una pequeña mariposa incrustada en la toca blanca que la envolvía. Con las manos se ocultaba la carita, tal y como haría décadas después para esconderme que había llorado. Tuve que esperar a salir de la parroquia para verle los ojos arrugados y la boca redonda buscando un pecho que nunca pude darle.

Sobre el broche puedo afirmar rotundamente que no la engañé. Aunque es cierto que confundió el sentido de mis palabras y nunca la alejé de su error. Fue aquella tarde que entró corriendo excitada a la cocina. Venía de la calle donde pasaba el rato después de la escuela. Me envolvió la cintura con sus bracitos morenos e inundó la estancia con esa sonrisa tierna que hace que a una madre le amanezca el mundo.

—¿Me puedo poner tu broche de la mariposa? Es que estamos jugando a que somos hadas en la plaza. Por favor, por favor, por favor… —me imploró.

—Claro, cariño. No hace falta que me lo pidas más. Es tuyo. El broche es un regalo de la mamá —le dije tranquila y serena, como pocas veces me había sentido.

— Gracias mamá. ¡Qué ilusión me hace!

Se descolgó de mi cuerpo y me descubrí flotando aliviada, apoyada entre el horno y los fogones. Fue la única vez que sentí lo que era vivir sin engañar a mi hija. Pero el sosiego de ese bálsamo no fue suficiente para superar el miedo a que descubriera la verdad.

Durante años elucubré el origen del broche: una herencia jugosa, un regalo del padre, una anzuelo para encontrarla algún día. Hasta que una mañana, caminando cargada de capazos, al alzar la vista descubrí que allí estaba, ante mis narices: un edificio de piedra repleto de cristos y cruces, coronado por unas letras junto a un símbolo encerrado en un círculo. El emblema de aquel colegio era nuestra mariposa verde.

¿Sería su madre una de esas niñas acomodadas y nuestra hija el fruto de la violencia sobre su cuerpo? ¿Sería el secreto pecado de una de las religiosas de la institución? ¿Sería el broche, simplemente, un imperdible cualquiera con el que anudaron la toca en la propia parroquia en que me la vendieron? Nunca supe ni, sinceramente, quise saber. Prefería ocultarme a mí misma cualquier atisbo o prueba de aquel amoral intercambio.

Había veces incluso en que me creía mis propias mentiras. Una tarde merendando con otras familias me sorprendí recitando los estragos de mi parto inexistente. Cómo gritaba, cómo me dolía, incluso cuánto me desgarró. Y lo contaba con tal emoción que al final no pude evitar verter una lágrima. ¿Por qué no parí yo? No tengo recuerdos en mi vientre. Nunca habitamos el mismo cuerpo y ella ni siquiera lo sospecha.

Mientras mi útero vacío esperaba, me recluí durante medio año en una casita en el campo ajena a todos cuantos me conocían. Seis meses pasaron hasta que recibí la ansiada llamada:

—Soy Don Miguel, Sra. Rodríguez, tenemos una niña de tres días. Los papeles están preparados.

— Padre, mañana al anochecer podemos estar allí.

—Recuerde traer las sesenta mil pesetas en un sobre que indique: “Donación familia Rodríguez”.

—Por supuesto, lo tenemos ya preparado.

—De acuerdo. Vayan con Dios.

— Y con su espíritu, Don Miguel.

Aquella noche lloré. Por ella y por mí. Porque ya la amaba, pero también porque acababa de vender mi alma para comprar una hija.

Fue poco antes de morir cuando supe que mi hija ya había muerto. Según su documentación, falleció antes de nacer. Ella no tiene una sepultura como esta. Nada anuncia su presencia. Está en un cuadrado de tierra desnuda: en la fosa número catorce del cementerio. Así lo dicen los registros que localizan sus falsos restos mortales. Siempre hay claveles rojos sobre donde debería estar su tumba vacía. Desde la mía puedo confirmar ahora que las flores son de su madre que a pesar de los años no la olvida. Y viene cada dos semanas a ofrendarle un ramillete mientras clava una mirada perdida en el horizonte. Es una mujer de pelo blanco enlutada que siempre se sienta sobre una lápida contigua a regar la tierra baldía de su hija.

En esta soledad de madera no puedo hacer nada pero lo sé todo. Es mi condena. He gritado en mi silencio mortal en balde. De mí, en la tierra, ya solo pueden brotar flores. Me traje aquí secretos que no son míos. Por sesenta mil pesetas. Sin derecho alguno. Sin ningún permiso.

Hoy es día de visita y veo llegar a mi hija con su ramito de violetas. Su semblante es triste a pesar de ser primavera. Se acerca a la cruz de piedra y la frota con un pañito que guarda siempre en el hueco de una de mis grietas. Me habla pero no la entiendo. Solo sé que llora. Intento consolarla pero no puedo. Ni siquiera soy ya capaz de hacer palpitar la tierra.

Pero, un momento. No puedo creer lo que perciben mis huesos.

Es su madre con su abrigo negro y su caminar pausado que se detiene ante mi tumba y le acerca un pañuelo. Mi hija lo acepta conmovida y sé que conversan aunque no las entiendo. Su madre ahora se me queda mirando. Aunque sea imposible parece que busque mis ojos. Pero fija la mirada sobre mi superficie con una profundidad que traspasa el tiempo. Mi hija la imita y sus ojos me inundan de las lágrimas que ya no tengo. Pero no es a mí a quien miran, han visto algo. Mi pequeña se agacha y observa asombrada un objeto pequeño que ya tiene entre las manos. Si la percepción no me engaña diría que es algo verde. No puede ser pero es tan cierto como que el broche aquí dentro no lo encuentro. ¿Cómo habrá brotado hasta allí? ¿Será la culpa la que lo ha empujado hacia la luz para que por fin mi secreto aflore?

Su madre al reconocer la mariposa se ha desvanecido en el suelo y ahora mismo mi hija la está auxiliando. Se acercan varias personas. Todo está nublado de repente. Ya no consigo discernir la luz entre las sombras. Un olor a tierra y moho invade mi caja de madera. Solo escucho un silencio en calma y apenas ya noto el tumor del cráneo. Debe ser que por fin descanso y esto ya es la muerte. 

1 thought on “Una mariposa verde

  1. Me encantan los relatos de Esther. Son preciosos, profundos como la sepultura de este relato, perturbadores y misteriosos. Creo que, cuanto más corto es el relato, más difícil es llevarlo a cabo. Pero lo hace de maravilla y me asombra lo precisa que puede ser para concentrar todas esas sensaciones que he descrito antes en un relato corto, y con la sesación de fluidez, de una historia que avanza por sí sola, como si los personajes rompieran la barrera entre lector/a y texto y te la contaran directamente.

    ¡Quiero más relatos de Esther! 🙂

    Un saludo.

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