Un nido de collalbas para Antonio Cabrera

“A menudo me observo
y aprecio en mí tu falta,
un vacío que borra mi relieve,
que pacta con los días esta paz anodina”

Antonio Cabrera, En la estación perpetua (2000)

Constatamos la intimidad de una escena cuando perdemos temporalmente el habla. Lo íntimo ordena un paisaje donde el tiempo se hace denso y el sujeto participa en gesto callado con la dulzura de quien se ha conciliado con la realidad y ha asumido su parcial belleza. El Otro, el mundo, la escena, la hormiga que alcanza a la araña muerta y la lleva hacia la pared, las manos que tejen o que ensucian la mesa y el sol habilitan un instante que no debemos al juicio, al logos, ni al espesor de algo más que la voz ovillada y atenta al rostro de lo conocido. La intimidad prepara un correlato del recogimiento entre el cuerpo, desaparecido en la sola mirada, y el espacio; escaso, aunque materno. Algo así proponía Antonio Cabrera cuando concretaba el abandono de la voz y la entrega al mundo: “He venido hasta aquí para escucharme / y todo lo que alienta o es presente / me ha hecho enmudecer para decirse”. Su conciencia no operó con aforismos ni pretendió confesar su experiencia; no se propuso –no quiso– profetizar axiomas o testimoniar la contradicción profunda del interior humano; pero sí dilató los signos de la existencia. Enfocó la mirada hacia lo externo, desde el vaciado humano que seguía el credo de Juan Ramón Jiménez: “¡Crearme, recrearme, vaciarme, hasta / que el que se vaya muerto, de mí, un día, / a la tierra, no sea yo […]!”.

“Comprendo que se trata
—como en el lazo entre la flor y el día—
de un destino recíproco,
de un mutuo ser en lo que es, sin más.
(Ninguna plenitud,
tampoco, aún, ninguna pérdida.)”
Con el aire, 2004

Intento no sacralizar al poeta. Quiero decir, yo conocí a Antonio Cabrera por una persona común que me hacía las veces de intérprete, cuando estuvo apostado ya en el Hospital de Parapléjicos; quiero decir, yo nunca llegué a conocerlo. Tuve cariño en la codicia de la mente que ama a quienes nos hablan con afectividad de ellos. Pero nunca lo traté. Más allá de la tierra y el apellido que compartimos, no soy nadie lícito para referirme a él. Si pude imaginarla, no supe qué cadencia alcanzaba su voz los minutos en que recitaba. Por eso prefiero hacerme callar junto a la misma privacidad en la que supe de su esencia: no pronuncio su bondad, no la exprimo; observo, enmudezco.

“Qué más da si sucede
esta trémula estampa,
qué más da que yo esté sentado aquí,
donde ninguna senda se aproxima,
sin ojos que me miren,
mirando inútilmente,
perdido yo también
para una vastedad también absorta”.
Con el aire, 2004

Cabrera había sido uno de esos poetas sin obra hasta el año 2000. Hubo antes algunas plaquettes primerizas que, hasta donde sé, ni reeditadas ni conservadas en antologías, se hacen ahora difícilmente recuperables. Con la entrada al milenio, Visor publicó En la estación perpetua, obra que no recibió el Premio Nacional de Poesía —a punto estuvo; ocurrió así con el de la Crítica—, porque de forma simultánea había aparecido el libro póstumo de Valente: Fragmentos de un libro futuro. La representación mental que allí, en “la estación perpetua”, se conjeturaba, no tenía la necesaria aspiración de entender lo contemplado. Era, llanamente, la muestra de una mañana al sol que se mira para entregar a la conciencia un lugar habitable. Contradiciendo a Heidegger en Aclaraciones a la poesía de Hölderlin, el hombre no era quien frente al resto de los entes se debía atestiguar a sí mismo.

“Pero esta mañana,
al contemplar el ramo tras haberlo olvidado,
no he visto flores literarias, fingidas,
sino breves narcisos
silvestres,
y no he pensado nada,
y me ha abrumado
su inaudita delicia incontestable
puesta sobre la mesa”
Con el aire, 2004

Cada palabra que él nombraba iba dejando una hebra, una astilla de madera, liquen o musgo que solidificaba, sin más voluntad que aquella, un nido. Si bien acorde a lo clásico –el poeta siempre vuelve sobre los pájaros–, su mitología personal se ataba antes a la bibliografía que a la tradición: desde entrada la infancia Cabrera había trabajado la ornitología de campo. Un año después de En la estación…, pese a que él lo entendía como una madeja escindida del resto de su poesía –yo no lo creo–, publicaba Tierra en el cielo. Es este un libro que, bordado en el encaje del haiku, donde se exige apreciar el instante de una cosa real, cuidaba la apariencia y los hábitos de un inventario extenso de aves.

Pero no es la idea de asumir el paisaje como propio lo que vive en el poeta, ni la revelación de la sentimentalidad a través de las formas naturales. Más cercano a la premisa de Coleridge (“que nada es melancólico en la naturaleza / mientras no la pensamos”), Cabrera prefirió mantener en silencio su experiencia no en favor de un romanticismo paisajístico, sino en un aprehendido epicureísmo; en la honda mansedumbre del que se asume diminuto y prefiere agrandar y servir a la paciencia humana. El mundo sucede en la intimidad.

“Como si el tiempo nuevo amenazase
con una gota de lo incomprensible”
Piedras al agua, 2010

Hace un año un medio de comunicación que nunca referiré anunciaba en la sección de cultura la pérdida de Antonio Cabrera sobre palabras que se recreaban más en su incapacidad física que en el hombre humano o su poesía. Yo solo me quedé con el epíteto, “el último canto de los pájaros”, y la idea de que un individuo no puede ser contenido en una tarde sola en la que sucede un accidente, ni siquiera puede ser contenido en el lenguaje. Estimado Antonio, yo no pude sino hablarte en tu misma métrica: “Entonces, nada pienso, nada sé. / Te llamo alma, con un cuidado extremo, / y escojo esta palabra para hacerte presente”.

Aunque nunca haya creído en los rezos, después de leer la elegía periodística cerré la ventana. Luego un conocido me dijo con la voz de Gloria Fuertes: “No queremos que mueran más poetas / echando tristeza por la boca”.

Barriga - Marcos Augusto Lladó

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