Vida y muerte del Rastro madrileño

Solía ser un plan recurrente para las mañanas de domingo. Con no mucho dinero en la cartera, en el Rastro uno no sabe muy bien lo que anda buscando. Si ese día te irás con algo bajo el brazo – un libro, una chaqueta, una antigüedad, lo que sea – o volverás con las manos vacías porque nada te acabo de convencer o sobre lo que te llamó la atención piensas: “Ya volveré el próximo día”. Dibujar una triangular: comenzar en la Plaza del Campillo, luego, subir por la calle de Ribera de los Curtidores, la vena principal del Rastro madrileño, hasta acabar en Cascorro. Hacer un stop en el camino para el aperitivo del mediodía. Volver a bajar hasta llegar a Embajadores para coger el camino vuelta a casa. El COVID-19 paralizó nuestras vidas y, como no podía ser de otra manera, también detenía la inalterable vida del Rastro. La primera vez que cierra en sus 300 años de historia, destacaban llamativamente los titulares en esa suerte de literatura poscoronavirus a la que nos estamos acostumbrando.

En francés existe una doble distinción para “ciudad:” la ville y la cité. La ville se refiera a la ciudad en su conjunto, a su forma estructural. Mientras que cité habla de la propia naturaleza de una ciudad o barrio, del cómo viven sus gentes, de los apegos sentimentales al lugar. Es ésta última distinción la que nos ayuda a entender el particular encanto del Rastro. El comerciante tratando de tener una buena faena, la curiosidad del cliente frente a un puesto de mercadillo, el flujo de personas subiendo y bajando calles que encuentra su orden dentro de la anarquía del mercadillo. Todo este tipo de singularidades que acababa por conformar la vida total del Rastro.

Para entender la personalidad del Rastro es interesante retroceder a su origen y a la evolución que ha ido teniendo a lo largo de su historia. En el siglo XVI, durante el reinado de Felipe II, la zona del Rastro se convierte en el lugar de refugio de las distintas migraciones de las zonas rurales. Conformando de tal manera los arrabales de la incipiente ciudad. Ya en el XIX, el barrio vuelve a sufrir un cambio con la llegada de nuevos migrantes. En este caso debido a la instalación de fábricas al Sur de la capital, tomando así un carácter más proletario. Muchas personas que habitúen la zona sabrán que, actualmente, sirve de hogar para poblaciones extranjeras, principalmente: Bangladesh, China, Marruecos, África subsahariana… Por todas estas distintas oleadas migratorias a lo largo de su historia, el barrio se ha configurado como un sistema abierto. No solo lo vemos en la articulación de sus callejuelas, plazas, edificios y corralas, sino también, en el uso de los espacios: comercios, asociaciones vecinales, actividades culturales…

La zona del Rastro como una ecología urbana, en términos de Robert E. Park, donde las distintas acciones sociales van reconfigurando permanentemente el barrio: la llegada de nuevos inmigrantes, la interacción entre viejos y nuevos vecinos, las tensiones y distensiones surgidas de ésta. Con un ejemplo, un inmigrante a finales de los 90 llega a la Capital en busca de prosperidad, se instala en el barrio donde el suelo es más barato y donde otros connacionales viven, en busca de ese sentimiento de comunidad. Esta nueva comunidad tendrá que integrarse con sus nuevos vecinos: en la escalera del vecindario, en el bar, en los ultramarinos, en la plaza… Con el tiempo y con suerte, la nueva comunidad quedará bien integrada. Donde antes había, que sé yo, la vieja ferretería regentada por un español, hoy han abierto un bar de comida senegalesa.

En este sentido de crear comunidad, generar un sentimiento de barrio, el Rastro juega un papel fundamental. Jane Jacobs daba gran importancia al comercio de un barrio en la medida en la que “es posible conocer llegar a conocer a todas las personas de una vecindad sin relaciones indeseadas sin aburrimiento, sin necesidad de excusas…”. Las relaciones vecinales trazadas a partir de una necesidad. Una concepción moderna de la ciudad a la manera de Simmel donde es presentada como el reino potencial para la libertad individual.

Sin embargo, no hay que ser frívolos con la situación. Si antes hablaba del carácter positivo del conflicto, en cuanto a choque e integración, la historia del Rastro también es la del control y represión por parte del poder político. Su carácter popular hizo del comercio una actividad informal. Los baratillos eran conocidos por ser mercados improvisados y no regulados, lo que antiguamente para muchas personas servía como una economía de subsistencia. Esta actividad irregular trató de ser controlada, desde el s. XVI al XX hubo una serie de medidas como la expulsión de comerciantes, el repartimiento de licencias para el comercio o planes de acabar o trasladar con el propio Rastro.

Ya con el franquismo hubo un cambio significativo, el Régimen veía al Rastro como un espacio de subversión al poder. Así tomaron dos medidas significativas: la prohibición de la venta ambulante y la elitización del Rastro a través de la apertura de galerías – las galerías Piquer las más famosas. Begoña Aramayona Quintana explica como esta elitización partió el Rastro en dos clases: la zona Sur, donde existe un comercio popular, y la zona Norte, donde encontramos uno más aburguesado. A su vez, el Rastro tiene que luchar contra la imagen estigmatizada que ha sido promovida: el ratero, el timador, el regateador… Una lucha contra esta idea de “nido de ladrones”, que alcanzó sus momentos más problemáticos durante la Transición, en los años de la droga y la cultura quinqui. A grandes rasgos, estas tiranteces entre una economía informal frente a una regulada es propia del proceso de la modernidad.

Desde los años 2000 en adelante, el Rastro sufrió un fuerte lavado de cara. Por un lado, en la generalización de regular una actividad comercial. La ventaja de ser reconocido por el Estado es que acaba por dignificar el trabajo. Por otro lado, la cultura hipster le otorgó una nueva dimensión. Una clase ociosa, que bajo la premisa de lo underground, se instala en el barrio abriendo las tiendas conocidas como vintage. Esto supone una arma de doble filo. Si bien el barrio pasa a dignificarse mediante un discurso de lo cool, la cultura hipster es una cultura que se adquiere primordialmente por el mercado. En líneas generales, es otra forma de elitización del barrio. Estas últimas líneas son ejemplificables con un caso genial: en el 2019 los artistas Okuda y Bordalo II, perteneciente al manido Arte urbano, hicieron un mural en la Travesía de los Cabestreros donde plasmaban la imagen de un mono mezclando el estilo de ambos artistas: la pintura geométrica y colorida de Okuda junto a los materiales reciclados de Bordalo II. El mural que es objeto de fotos para Instagram, tuvo como “artista” a un ciudadano anónimo que plasmó junto al mural: “Sí, el mono gentrifica”. La dignificación de un barrio no vale a cualquier coste, sobre todo si éste hace por encarecer la vida hasta expulsar a sus residentes.

Vista su forma, vista su historia, ¿qué es lo que hace realmente particular al Rastro? Ya que barrios alternativos o populares hay varios por Madrid y prácticamente en cada ciudad europea. Es sin duda el carácter de su comercio. Un comercio que trata de conservar esa relación estrecha de antaño entre la economía y el ser humano. Son estas relaciones humanas particulares, en este caso la de los madrileños, que hace del Rastro algo original. Al igual que, salvando puntos comunes, solo existe un Portobello Market o un Gran Bazar de Estambul.

No ocurre de tal manera con las grandes avenidas comerciales propias de un proceso de globalización capitalista: Gran Vía, Oxford Street, Campos Elíseos, Pelayo… Las mismas tiendas repartidas en distintas ciudades, la estandarización del “lujo” y de las grandes metrópolis. Una relación fundamental entre estas dos formas de comercio radica en la relación del comprador con la mercancía. Mientras que en el Rastro la teatralidad del comercio es el juego entre comprador-vendedor: los objetos rara vez están jerarquizados en el puesto, uno tiene que preguntar: “cuánto vale esto?” o incluso puede llegar a negociar el precio. En una Gran Vía, como diría Richard Sennett: “habían puesto fin a este teatro económico, pues en sus escaparates se teatralizaban las mercancías, pero los precios eran fijos”.

La crisis del coronavirus hizo que tuviera que paralizarse la vida del Rastro. En esta situación crítica donde las familias dependen de la reactivación del mercado de los domingos, el Rastro pega tirones al gobierno de Almeida en Madrid. La Asociación Rastro Punto Es, que según sus datos representa al 60% de los comerciantes, ha combatido contra el Ayuntamiento para una plan de reapertura. Varias propuestas donde se encontraba alternar la mitad de los puestos un domingo y la otra mitad el siguiente domingo, o crear varias mercadillos aislados con un número negociable de puestos. Desde Rastro Punto Es hablan de una campaña de difamación por parte del Ayuntamiento hacia la asociación y de querer desmantelar el Rastro histórico: “Sería cargarse el patrimonio cultural del pueblo de Madrid, que debería ser protegido por las instituciones”. A su vez, la Asamblea de los Puestos políticos de Tirso de Molina denuncian que el Alcalde quiere desmantelar los puestos políticos. Unos espacios icónicos de difusión de la cultura libertaria.

Nuevamente, el Rastro se las tiene que ver con el poder político. El desafío que atraviesa toda su historia. Esta vez con la mayor dificultad, desde la clausura y desde la terrible ironía de mantenerse unidos en tiempos de separación obligada.


Aramayona Quintana, B. (2019). Ciudad (in)civilizada. Marginalidad urbana, ecología del miedo y populismo punitivo en la ciudad de Madrid. Los casos del Rastro (Centro) y San Diego (Puente de Vallecas). Tesis Doctoral. Universidad Autónoma de Madrid, Madrid.
Gatti Mora, T. (2020). ‘‘Desmantelar el Rastro sería cargarse patrimonio cultural del pueblo de Madrid’’. CTXT.
Jacobs, J. (1961). La peculiar naturaleza de las ciudades. EN. Jacobs, J. Muerte y vida de las grandes ciudades (pp. 83 – 103). España: Capitán Swing.
Park, R.E. (1999). Ecología urbana. EN. Park, R.E. La ciudad y otros ensayos de ecología urbana (pp. 127 – 141). España: Ediciones del Serbal.
Sennet, R. (2019). Introducción: defectuosa, abierta, modesta… EN. Sennet, R. Construir y habitar. Ética para la ciudad (pp. 09 – 33). España: Anagrama.
Sennet, R. (2019). La dificultad de habitar. EN. Sennet, R. Construir y habitar. Ética para la ciudad (pp. 123 – 221). España: Anagrama.

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