Un patio interior

La vida es la tensión entre lo que no acaba de morir y lo que no acaba de nacer. Un patio simboliza el paso del tiempo, porque te asomas por la ventana y ya estás fuera, pero permaneces en un espacio cerrado. Te asomas a la vida pero lo que te encuentras es, otra vez, una zona oculta. En ese compás andamos: sorteamos lo que dejamos atrás mientras damos pasos temerosos hacia lo que nos espera. Supuestamente, en esto consiste vivir.

Un amigo me contaba hace poco que dudaba de si debía dar un paso hacia otra persona o no. Lo curioso es que su duda no tenía tanto que ver con que la otra persona le gustara, le atrajera o le pudiera satisfacer. El temor tenía que ver con el después, con lo que pasaría a continuación. Me decía que era una especie de amor platónico gestado a lo largo del tiempo, con varios años de conversaciones, expectativas y tiras y afloja.

Lo jodido es que hay veces que el futuro se presenta y no te espera. Pide que te decidas ya, que des el paso o te quedes en el andén saludando al que se ha atrevido a subirse al tren. Mi amigo no tenía claro dar ese paso porque quizás la realidad fuera peor que la ficción. Más áspera. Simplemente, decepcionante. En su cabeza la otra persona es idílica. ¿Y si la realidad te estropea un buen romance? No es una pregunta retórica, me llevó a preguntármelo de verdad.

El amor (o el sexo) también tiene que ver con la disyuntiva entre la ficción y la realidad. No solo por la construcción del otro, sino también por las necesidades de cada uno. ¿Y si no compensa tanto salir de la ficción para vivir en la realidad? ¿Hasta qué punto merece la pena decir adiós a una ensoñación para decir hola a unos minutos de incierta verdad? De nuevo, volvemos a lo mismo: la realidad mata, la ficción salva.

Y si lo que tenemos delante es complicado porque a buen seguro la realidad nos hará torcer el gesto, lo que tenemos detrás es una construcción que se tambalea. Nuestra memoria no es muy diferente a un montaje audiovisual: el montador o montadora se sienta y elige los planos con los que mejor puede contar la historia con la que dar forma a la película. Nosotros hacemos lo mismo, mentalmente, y sin elección previa. No elegimos conscientemente.

En el final de Anniel Hall, Alvy Singer (Woody Allen) dirige una obra de teatro. En un ensayo vemos que cuando la pareja discute y parece que todo se va a romper, ella cede y vuelven a estar juntos de una forma un tanto artificial. Artificial porque es falsa y exagerada incluso para la ficción, no digamos en la realidad. El protagonista de la película se redimía así: representaba en la ficción lo que no había podido conseguir en la realidad. Es decir, mantener el amor (puede que, por desgracia, sea más bien cuestión de mantener la relación).

Mientras estemos aquí solo tenemos una opción válida: bailar mientras suene la música. El pasado no dejará de doler y el futuro no dejará de ser incierto, es verdad. La memoria no dejará de ser arbitraria y salvadora; el destino seguirá sin existir. Solo hablamos de pasado y de futuro, pero en el fondo solo tenemos presente. El sonido de un patio interior. Eso es el presente.

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