Conversaciones sobre el destino

Cuando doy mi opinión sobre el destino me quedo callado bastante rápido. Prefiero escuchar a la otra persona porque las pocas certezas con las que yo comienzo la conversación se vienen abajo casi al instante. En cuanto la otra parte me argumenta algo con un mínimo de sentido y de fuerza le tengo que conceder el beneficio de la duda.

Creo que las únicas personas que pueden, de verdad, hablar con fundamento son las creyentes. Ellos creen que todo pasa por algo, y que ese algo es un Dios que todo lo controla. Estemos o no de acuerdo, es un planteamiento impecable. Pero, ay pobres ateos, que nos vemos envueltos en un mar de dudas y contradicciones. No creemos en Dios pero no nos podemos resistir (en algunos casos) a pensar que hay algo que le da sentido y magia a nuestra pobre existencia.

En el fondo me parece comprensible. Es humano concebir nuestro paso por el mundo como un camino hecho a nuestra medida. Para nosotros es imposible admitir que somos una mota de polvo en el universo. Sobre todo, es lógico por culpa de la ficción: desde que nos reuníamos alrededor de un fuego nos contamos historias. Estructuradas. Reflexionamos sobre nuestra vida con el mismo esquema con el que contamos y escuchamos historias: con la narrativa. No podemos ni queremos escapar de contarnos nuestra vida como una narración. Esto dice Manuel Vilas en su novela, Ordesa:

“Quise ver allí una compleja maniobra del destino, como si los hechos no se rigieran por el azar. Imagino que necesitamos creer en el pensamiento mágico, porque es consustancial al ser humano suponer que existe voluntad y razón en los hechos, y que hay un arte en el destino. No nos resignamos a la casualidad. Queremos que los sucesos terribles que ocurren en nuestras vidas tengan una dimensión sobrenatural. Aunque ahora, pasado ya cierto tiempo solo advierta una ironía del destino.”

No podemos escapar de esta magia del destino, especialmente, cuando algo malo nos pasa. Nos vemos desde arriba como si fuéramos nuestro propio personaje de ficción y pensamos: “Esto me pasa por algo, ya verás, la vida me lo va a recompensar”. Y no, yo creo que no. No comprendo cómo se puede pensar de esta manera cuando vivimos en un mundo en el que millones de seres humanos jamás tendrán una oportunidad: por hambre, por enfermedades, o por las dos cosas. Lejos estoy de culpar a ningún Dios por esto. No le pido nada. Pero, sinceramente, no creo que los hilos del destino me vayan a traer ni a quitar nada cuando tanta gente no tiene la oportunidad de que le dé ni se le quite nada jamás, ni una sola vez, en toda su existencia.

Yo me refugio en el Woody Allen que concentra todo su planteamiento en una película: Match Point. Y, en concreto, en una escena: en el símil del partido de tenis. Esto se dice en el comienzo de la película: “La gente tiene miedo a reconocer que gran parte de la vida depende de la suerte, asusta pensar cuántas cosas escapan a nuestro control. En un partido hay momentos en que la pelota golpea con el borde de la red, y durante una fracción de segundo puede seguir hacia delante o hacia atrás. Con un poco de suerte sigue hacia delante y ganas, o no lo hace y pierdes”.

Por suerte, no todo el mundo piensa como Woody Allen o como pienso yo. Una teoría muy interesante y que está ligada a la creencia en Dios es la de Leibniz. Es la teoría de la armonía preestablecida. Según Leibniz, el mundo y cada uno de los seres que lo pueblan, se desarrollan según sus propias fuerzas, pero esas fuerzas han sido creadas y elaboradas por un Dios de modo que se establezca el mejor orden posible en el mundo. Esta corriente asegura que tenemos el mejor mundo posible. En resumen: todo está escrito.

Una vuelta de tuerca aunque sin movernos de creer en un destino es la de Crisipo. Pensaba que al destino se puede llegar de dos maneras. Por un lado tendríamos la fatalidad coordinada: esto supondría que además de un destino final que tenemos prefijado, todos y cada uno de los pasos que diéramos hacia él estarían pensados y programados previamente. Por otro lado, tenemos la fatalidad simple: es una opción que deja las puertas más abiertas a la libertad, ya que aunque hay un destino final los pasos para llegar a él dependerían de nosotros.

Después de citar a dos filósofos es un poco feo por mi parte hacer lo que voy a hacer, pero lo voy a hacer: yo me quedo con Regreso al Futuro. Sí, esa escena final de la tercera película me marcó desde niño y me alegro, porque ha dado la capacidad de sentirme dueño de mi destino. Doc le dice a Marty: “El futuro no está escrito, se puede cambiar, construid uno que valga la pena”. No tengo ni idea de quién tiene razón, pero puestos a elegir, me quedo con esta forma de ver la vida. No querría mirar al futuro con la desesperanza de que todo está prefijado. Yo creo que no. Y lo creo porque tengo la sensación de que hay cantidad de azar a nuestro alrededor que no podemos controlar. En ese término medio, entre el azar y la capacidad humana para obrar con libertad, ahí está el verdadero destino.

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