Woody Allen: Annie Hall y sus hermanas

Woody Allen llegó a mí en la misma época en la que lo hicieron Henry Miller, Albert Camus y otros tantos creadores: en el instituto. Siempre admito, orgulloso de ello, que hasta esa época yo andaba pisando charcos, chicles y mierdas de perro. Y que a raíz de sus obsesiones di forma a las mías empezando a mirar por donde camino. Las Reebok bien limpias. De eso estoy más orgulloso. El sábado -1 de diciembre-, uno de los directores que marcó mi paso al mundo real cumplió 83 años. En un momento de lucidez de los que asoman -cada vez menos- todos los días, recordé el TFG que hice sobre él. Me sirvió para poco más que para acabar la carrera viendo películas y despreocuparme de mi dudoso futuro. Así que este artículo es un autoplagio.

Bergman y Fellini son los nombres más repetidos en sus discursos. Viendo Manhattan, Desmontando a Harry, Días de radio, La última noche de Boris Grushenko o Interiores queda más que claro. Pero lo cierto, es que en Sueños de un seductor -homenajeando más a Bogart que a Michael Curtiz- continúa con esa idea. Lo mismo ocurre en Café Society, un claro homenaje a El apartamento de Wilder. El cine de otros es su pilar fundamental para hacer el suyo. Se nutre sabiendo bailar en ese hilo entre la copia y el homenaje. El cine postmoderno cuenta con una lista más que extensa de autores que pasarán a la historia. Woody Allen está en ese Excel ficticio al que recurren todos los entendidos para demostrar su gran verdad. Y, siendo un director que reconoce tener poca formación técnica y haber leído poco sobre cine porque “aquel que tenga que decir algo como director lo dirá”, la puesta en escena de sus películas es tan fundamental como lo es la de cualquier teórico.

La puesta en escena de sus comedias y sus dramas más puros dieron lugar a la madre de todas las comedias románticas postmodernas: Annie Hall. Una obra influenciadora de un autor influenciado. Douglas Brode habla del cine de Woody Allen como creaciones llenas de guiños al mundo cinematográfico y a sus referentes, lo que provoca una repulsión o un amor por ellas -por él- a partes iguales. Se le podría llama un autor reproductor.

Entre El dormilón y Otra mujer

En El dormilón, Allen se viste de neoChaplin. Alguien fuera de su época, atrapado en el pasado. Porque su presente ya no existe y el futuro en el que vive parece ser una época anterior pero dominada por la tecnología. En términos de puesta en escena, esta comedia mantiene una iluminación high key para demostrar claramente el contraste entre héroes y villanos, diferenciados también por el blanco y el negro de su ropa. Llena de primeros planos que matan el poco drama que se plantea y una forma abierta, dando libertad de movimientos a los actores. La cámara sigue la acción, no la limita. Otra mujer, sin embargo, está marcada por la iluminación low-key, los colores grises, los planos cerrados y fijos que hacen de la cámara la dueña de la obra. La forma cerrada guía al personaje en su acción y, por tanto, la mirada del espectador.

Partiendo de estos dos ejemplos, de esta cerveza de trago en la puerta del estadio, sacando el abono con una mano y sujetando el vaso con la otra mientras escuchas el pitido inicial, vamos con mi obsesión -otra más-. Annie Hall parece una comedia romántica al uso: una mezcla entre las comedias de Buster Keaton y los dramas de Bergman. Pero no. La película que le ganó un Oscar a Star Wars en 1978 es la hermana mayor de Alta Fidelidad, 500 days of Summer -me niego a su nombre en castellano-, Ruby Sparks y muchas más. Películas que con más o menos acierto llevan el sello Allen. Como los cameos de Hitchcock o Stan Lee.

Annie Hall es romper la cuarta pared desde el principio, un guion con los chistes de Wilder y el existencialismo de la Nouvelle Vague, conversaciones subtituladas con la verdad que esconden las palabras, flashbacks constantes, animación (casi)Disney, escenas que explican cada uno de los giros del argumento y McLuhan haciendo realidad el sueño de cualquier hater de los pedantes. Las formas abiertas y cerradas se suceden en función del estado de la relación entre Alvyn y Annie y dando lugar a cambios en la iluminación y el color. La cámara juega con guiar al personaje al mismo tiempo que deja libertad a los personajes.

Con Annie Hall se inició una escuela de neurodepresivos y obsesivos compulsivos que ya saben la forma de expresar lo que supone enamorarse para ellos. Sin el victimismo habitual del hombre en la relación, sin necesidad de exagerar el dolor.

 

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