Rehén

El lunes decidí conocer la obra completa de John Cazale. Ha sido un objetivo sencillo de cumplir porque, por desgracia, murió de maneta prematura por un cáncer de pulmón, y apenas actuó en cinco películas: El Padrino I, El Padrino II, La conversación, El cazador y Tarde de perros. Todas ellas fueron nominadas al Oscar a Mejor Película en la década de los setenta. Así que, sin pretenderlo, acabó convertido en leyenda. Ya sabemos que hay metas que uno preferiría no alcanzar nunca.

En Tarde de perros, siendo el contrapunto perfecto de Al Pacino, se convierte en un pobre hombre que decide atracar un banco de Nueva York. Se atrincheran, con todos los rehenes posibles. La cosa se va de madre, claro. De lo contrario, no tendríamos película. Recordé entonces cuando estuve a punto de acabar convertido en rehén. Digo que estuve cerca porque, un rato antes de que un tipo encapuchado entrara a punta de pistola en una caja de ahorros, yo había estado allí. Me gusta pensar que fui a actualizar la cartilla, esa cosa tan añeja que manejábamos hace no tanto y que ahora parece de hace varios siglos atrás. Debía de tener entre diez y quince años y apuesto a que era verano, porque no tenía colegio. Quedé bastante impactado y, si soy honesto, creo que no supe si había tenido buena o mala suerte.

He buscado la noticia en Internet y me he encontrado con dos sucesos que pueden ser la historia que trato de recordar. Un atraco fue en 2004 y el otro está fechado en 2007. Por edad, los dos encajan, ya que tenía diez y trece años respectivamente. Ambos son en la Gran Vía de Alicante y respetan, por lo general, mi memoria. Uno de ellos fue en abril, por lo que quizás explica el recuerdo de no tener clase y, en lugar de ser verano, estaríamos hablando de unas vacaciones de Semana Santa. Un caso parece que se resolvió en menos tiempo y el otro se alargó doce horas. Para qué negarlo: mi memoria puede haber fabricado una especie de cambalache entre los dos. Con permiso de los hechos, la narrativa me pide quedarme con la versión larga y trágica de los acontecimientos. Por cierto, en Internet no he encontrado si fui a actualizar la cartilla o a otro tipo de gestión.

Otro de los recuerdos que conservo es mi televisión encendida, de noche y con nosotros agolpados frente a la pantalla mientras el atracador huía en la moto que había reclamado. No acabó como John Cazale en la película pero sí recuerdo el impacto que me causó la brutalidad del acontecimiento, cuando un coche de policía embistió sin piedad a aquel tipo y le hizo saltar por los aires en horario de máxima audiencia. La noticia cuenta que acabó grave y, la moto, destrozada.

Los rehenes de la película se pasan horas encerrados en el banco, aproximadamente desde primera hora de la tarde hasta bien entrada la madrugada. Durante ese tiempo sobra decir que experimentan todo tipo de emociones y comportamientos. Sienten rabia y miedo, pero también empatía; se comunican con sus “agresores” desde el enfado y, otras veces, les escuchan y comprenden. Recuerdo a una joven que al ser liberada se dirige al personaje de Cazale y le suelta: “no tengas miedo, que es tu primer viaje en avión”. Ese avión iba a ser su salida negociada del atraco y se lo concedían precisamente por el chantaje de encañonar a la joven a punta de pistola.

Imaginemos a un hombre hecho y derecho, con bigote, torturado por una frase oída una vez en la infancia, pongamos que por su profesora, y que le destrozó por completo la existencia: “Eres rehén de ti mismo”. Ese niño, seguidamente, se dirigió al banco, actualizó la cartilla, se marchó y al llegar a su casa, tras subir las escaleras, abrir la puerta, saludar a sus padres y dejar la mochila miró al televisor, vio el banco en el que acababa de estar y escuchó perfectamente a la presentadora del Telediario espetar: “Ocho rehenes escapan de su destino, aliviados, tras la fructífera actuación policial”.

Se puede escapar de un atracador, bien sea John Cazale o un actor sin tantas nominaciones a los Oscar, pero de ti mismo es siempre más complicado huir. Por eso, este señor de bigote, acabó metido en la Policía Nacional tras aprobar unas duras oposiciones, se preparó para ser negociador y ayudó a muchas otras personas a dejar de ser rehenes. Pero la realidad es que, por más que lo intentó, no consiguió liberarse y dejar de ser rehén de sí mismo. Fue a terapia, una conductual, y nada: no había manera, pues aquel maleficio le duraría para siempre.

Ahora, en sus ratos libres, nuestro poli con bigote se pasea por los bancos. Se dedica a fingir gestiones en distintas sucursales deseando que, ¡al fin!, le toque estar en el sitio adecuado, a la hora precisa, y un humilde atracador le brinde una liberación definitiva.

    • Disculpe, caballero: le veo merodear últimamente por aquí. Pero se sale de la cola y comienza a mirar por la ventana. ¿Le puedo ayudar en algo?
    • No, no se preocupe. Tan solo hago tiempo por si atracan el banco, que me pille por aquí. Por si las moscas. Soy policía. Pero usted a lo suyo, no le quiero interrumpir.

Ese tipo se habría preparado toda su vida para un momento así. Sería el rehén perfecto. Aceptaría todos los tipos de roles: el que no para de chillar y pone en peligro la seguridad de todos los presentes; el que acaba desmayado, asusta a los atracadores, y por el que tienen que negociar un médico y unas pastillas; aquel que se envalentona y al que le tienen que parar sus propios compañeros de secuestro; el que llora, por miedo, pensando que no va a volver a ver a los suyos; esa persona que negocia con los asaltantes y consigue que les traigan unas pizzas para matar ese hambre que siempre le entra a uno cuando le apuntan con una metralleta en la cabeza. Tenía todo esto preparado pero el destino no le brindaba la oportunidad: a veces, deseamos ser el rehén y nos toca ser el poli. La vida es así.

Una tarde de finales de agosto, esas en las que Madrid se queda vacío, nuestro hombre con bigote decide entrar en una sucursal que hace esquina en un barrio bastante noble de Madrid. Al poco, dos tipos con pasamontañas aparecen a punta de pistola y todo el mundo termina tirado por el suelo. Él permanece impasible. Con las manos en alto se dirige a los presentes:

    • Soy policía. No se preocupen por nada, vamos a encontrar una salida buena para todos. Sabía que iban a atracar este banco. De hecho, todo lo he organizado yo. Estas dos personas que ven son mi cuñado y mi hermano. Háganme caso, son totalmente inofensivos y no saben utilizar armas. Por si acaso, se las he dejado con el seguro puesto. Si hacen lo que les digo nadie saldrá herido. Me voy a tirar al suelo y pronto vendrán mis compañeros de la comisaría. Sobra decir que la negociación durará apenas unos minutos y, a continuación, nos iremos todos a casa.

En ese momento, una señora con la cartilla en la mano, se dirigió con decisión a este sujeto: “Pero hombre, qué está diciendo. Entonces, ¿es usted rehén de sí mismo?”.

Aquella mujer, comprobó nuestro protagonista, era su antigua profesora, ya jubilada, que buscaba la comprobación en su cartilla de si le habían ingresado la pensión y con lo que se encontró fue con un antiguo alumno con verdaderos problemas con la literalidad y las frases hechas. El tipo con bigote fue expulsado de la policía de inmediato y obligado a hacer trabajos para la comunidad. En sus ratos libres se dedica a ver películas de John Cazale.

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