La noche en la que murió mi padre

Tres horas antes de que mi padre muriera le pedí que descansara mucho. Él me aseguró que así lo haría. No sucedió en el lecho de muerte mientras tenía agarrada su mano. Cuando le dije aquello ni siquiera estaba con él. Mis palabras le llegaron a través de un mensaje que escribí sentada en una cama de hotel de un pueblo andaluz cualquiera. Mi mayor preocupación, mientras tecleaba esa frase, era saber cómo compensar calóricamente el plato de comida japonesa que acababa de engullir junto a mi pareja. Me sentía empachada pero también extrañamente satisfecha. El día anterior había presentado mi último libro junto al alcalde de Cádiz y esa misma tarde había dado una charla sobre políticas públicas de igualdad en un encuentro al que me habían invitado. Estaba contenta por cómo había superado esas dos citas. Debí sospechar entonces de aquella sensación de seguridad tan placentera. Pero no lo hice. Me dejé llevar por una ola creciente de soberbia que, ya presentía –porque siempre es así–, acabaría pagando.

A partir de la mañana siguiente comenzaba la parte ociosa del viaje. Ignacio y yo nos íbamos a una casa rural en Zafra, el pueblo de Dulce Chacón. Y yo no podía dejar de asociar aquel lugar con la trágica e inesperada muerte de la escritora. Había pasado muchos años atrás, cuando yo todavía estaba estudiando historia en la Facultad. Por aquel entonces asistía a un curso sobre la represión de la dictadura desde una perspectiva de género. Las organizadoras habían invitado a Dulce para dar una ponencia pero, en el último momento, su hija había informado de que su madre se encontraba indispuesta y no podría asistir. Recuerdo que yo también hablé con ella por teléfono. Al saber que iría a la universidad por esas fechas, Quico –el guerrillero antifranquista con el que militaba en una asociación de memoria histórica– y yo habíamos contactado con la autora para que también diera una charla para nosotros. Recuerdo la voz confiada de su hija al otro lado del teléfono cuando le dije que esperaba que no fuera nada grave. Ella contestó que no, que no me preocupara. Admiro cómo se puede mentir así de bien para proteger a una madre. Para que nadie sospeche, nadie siembre el rumor, nadie perturbe la tranquilidad que había elegido para despedirse del mundo. Yo sé que no podría. Iría gritando a los cuatro vientos que mi madre se muere, que alguien me ayude, que me voy al hoyo con ella si desaparece. Pero esa mujer –de la que no sé el nombre pero sí recuerdo el aplomo, la firmeza tierna, la sonrisa falsa– consiguió someter sus emociones para satisfacer las de ella. Cuando aquella noche de marzo de 2018 me acosté a dormir completamente arrepentida de haber cenado toneladas de carbohidrato no sabía que acababa de despedirme para siempre de mi padre. Y si lo hubiera sabido, si meses antes de esa fatídica noche alguien me hubiera advertido de la posibilidad, en ningún momento habría sido capaz de serenar mi espíritu, ni mucho menos de fingir ausencia de gravedad. No soy el tipo de persona que puede convivir con la fatalidad. Yo me descompongo ante la posibilidad de que sobrevenga alguna catástrofe. Literalmente me arrastro por el suelo para embadurnar de angustia el espacio que habito. Grito hasta imaginar que se quiebra alguna víscera dentro de mí.

Cuando aquella madrugada helada sentí vibrar el mundo, supe enseguida que, mientras dormía, algo me había sido cercenado por dentro y para siempre. Cuando pregunté insistente a mi madre, al descubrir su nombre centelleando en el teléfono de mi marido, ya me sabía medio hueca. Ahora que, años después, rememoro aquel instante, soy incapaz de recordar si le grité que no o le grité que qué. Solo sé que no me rompí a llorar inmediatamente sino que me reconocí en estado de choque, estupefacta, incrédula y, sobre todo, que me creí capaz todavía de revertir lo imposible. Y fue así, con los ojos muy abiertos y sin apenas aire en los pulmones, que le imploré a mi marido que no buscara vuelos para ir a mi casa, que lo hiciéramos en coche. Que me daba igual que se llegara antes en avión si había que esperar para tomarlo. Yo necesitaba salir ya de esa cárcel en la que me habían encerrado mientras se detenía el corazón de mi padre. Mi cordura en peligro me exigía sentir bajo mi cuerpo el movimiento incesante de las ruedas de un vehículo de tracción motora. La sola idea de esperar, de permanecer parada, en posición hierática, era abrir la puerta a la locura, a la toma de conciencia, a la certeza de que lo indecible, lo inenarrable, lo que iba a pasar dentro de muchos años, había ocurrido definitivamente: a las cuatro de la mañana del día de su santo, el día antes del Día del padre, tres días antes de que llegaran por vía postal los regalos que le había comprado. Uno de ellos lo trajo un mensajero unas horas después del entierro. Era una camiseta que decía “Contigo papá, hasta el fin del mundo”. Fue violento descubrir así, de forma tan abrupta, que el último regalo que hice a mi padre llevaba escrita una mentira.

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