El DNI, ese plástico que usamos para casi todo en esta vida, ese pequeño trozo de nosotros como usuarios comercializables. Una pequeña cosa que se te obliga a renovar cada cierto tiempo porque caduca aunque tú no lo hagas. Al menos no tan a la ligera. Todo eso junto da lugar a la herramienta perfecta para expandir el racismo, desde el nivel cero hasta el que se empeñen en imponer.
Ayer, domingo día 15 de octubre, el Hércules viajó a Valencia para jugar contra el filial che. Muchos aficionados viajaron sin entrada con la intención de comprarla allí. Pero el equipo local impuso la norma de que, sin DNI que diga “mírame soy valenciano y no alicantino”, no había entrada. Esto es solamente una ínfima porción del racismo -o xenofobia, discriminación, etc.- que se nos escupe a la cara cada día. Especialmente en el mundo del fútbol. Un microclima que gira gracias al odio y el fanatismo irracional, término que –vaya que sorpresa- habitualmente se confunde con incondicional.
El mundo es una pelota de fútbol. Cada hilo que une el cuero -o el material que sea, no es importante ahora- y forra la goma es un trozo de ese racismo. Lo ocurrido ayer en Valencia es una muestra de que, juntando ese racismo provinciano, se puede conseguir un odio absurdo que acaba en la xenofobia globalizada. Desde Alicante con Elche, hasta Valencia con Alicante. Llegando a España con Francia y viceversa o Europa con África. Y más y más y más.
Me engaño a mí mismo pensando que muchos de los alicantinos, al vivir esa discriminación en riguroso directo, se pensarán dos veces el decir que tienen más derechos que otra persona por ser españoles. Me gusta pensar que, si el hombre aprende a base de disgustos, ayer se aprendió algo. Y que este ejemplo a escala Playmobil, llevándolos a movilizarse y luchar por hacer justicia, también puede llevarse a niveles más altos.
El fútbol ayer no fue lo de menos. El partido en cuestión sí, pero no el fútbol. Porque si esto ocurre en otro ámbito, la comunidad herculana hubiese mirado a otro lado. Los que ayer parecían nietos de Rosa Parks y Luther King seguirían formando parte del raci(s)mo que cuelga del árbol genealógico patriota. Porque somos así de simples: róbame, súbeme los impuestos, bájame el sueldo, pero el fútbol déjalo tranquilo. Hooligans bramando al que mejor traje lleve y menos le tiemble la voz mintiéndote a la cara.
Herculanos, valencianistas, madridistas, sevillistas; todo los istas y anos, si os cae el balón en mitad del partido no lo pateéis sin pensar. Controlad, moved la bola, tiki-taka y cuando parezca que el gol llega. Pinchadla. Dejad el DNI en casa para ver el fútbol. “Support your local team”, pero besar tu escudo no quiere decir escupir en el de los demás. En la cola del paro no estás solo. Y tu DNI es un trozo de plástico, no te hace especial. Se empieza por agredir a alguien por ser negro en el cercanías y se acaba poniendo vallas de alambre en las fronteras.
Por cierto, estamos segundos y gracias. Pero seguid ilusionados que el Hércules de Schrödinger todavía sigue con cara de Heráclito.
Escritor, periodista cultural y librero en la librería 80 Mundos. Codirector de todo esto. He colaborado en medios como eldiario.es o Le Miau Noir. Formo parte de la antología Árboles Frutales (Editorial Dieciséis, 2021) y Odio la playa (Cántico) es mi primer libro.


