Jorge Carrión: “No hay espacios de visibilidad”

Jorge Carrión es escritor, crítico, periodista cultural, y se ha convertido en una de las voces destacadas del análisis del contexto digital que presenta nuevas formas de producir y entender nuestra relación con las tecnologías. Desde Teleshakespeare (2011) hasta Contra Amazon (2019), investiga los bordes de lo material como es la defensa de los espacios públicos y privados, al estilo de las librerías, y de la virtualidad, que toma al individuo como un experimento con que ir haciendo ensayos para lo que será, tal vez, un futuro distópico que no se aleja tanto de los sueños poblados de ovejas eléctricas. La pandemia deja un reguero de nuevas ideas, y también desastres, que afloran y fomentan otras formas de consumo cultural que el autor catalán intenta ir contestando a través de correos electrónicos, ¿a dónde nos dirigirán estas nuevas prácticas?

Sus obras, ensayos, análisis versan además de un mundo digital en el que nos sumimos cada día, de la defensa del espacio físico y de la supervivencia de negocios tangibles tales como las librerías. Ante el contexto socioeconómico imperante y las políticas que desalojan los núcleos, ¿no siente que a veces defiende lo imposible?

No, porque el ser humano, en el año 2020, es tanto físico como digital, tanto cuerpo como teléfono móvil, tanto vida familiar o profesional como vida virtual. De modo que es lógico imaginar un futuro inminente en que ambas esferas estén aseguradas. Por ejemplo, durante la pandemia ha aumentado nuestra dependencia de las plataformas. Pero en la post-pandemia, supongo, todos buscaremos alivio y descarga en lugares tangibles, como las librerías o los cafés.

Lipovetsky en La pantalla global hablaba del encuadre cinematográfico de la realidad a través de las múltiples pantallas, ¿cómo cree que definiríamos el contexto actual, como una historia vertical de Instagram?

¿Un scroll infinito? Creo que estamos en un momento de transición, entre la ventana-pantalla y formas de percepción de realidades alternativas inmersivas, 360º. No sé si las gafas son el camino, o habrá que esperar a las videolentillas o los neuroimplantes.

Entre las publicaciones a destacar a final de año está su exploración de los objetos culturales vagamente identificados. De la misma manera que el producto cultural se transforma a partir del desarrollo de la tecnología, ¿quedarán voces relegadas debido a que en sus lugares de origen no disponen de los recursos suficientes?

Eso ha ocurrido siempre y ocurrirá cada vez más. Hay espacios para publicar todo lo que se quiera, pero no hay espacios de visibilidad. La prescripción es selectiva y, por tanto, injusta.

La adaptabilidad de Internet democratiza el acceso a estos contenidos, ¿pero podría crearse ciertos nodos o burbujas, al estilo de lo que ocurre con la polarización o la segmentación de los espacios en la esfera física, que distingan una vez más lo que se da por cultura elitista y underground?

El canon sigue funcionando de un modo bastante clásico, pese a ese canon alternativo, que es el de la viralidad. Ambos sistemas de legitimación y reconocimiento son, al fin y al cabo, embudos.

Cuando alguien dice que va al cine solo corre el riesgo de que lo tachen de bicho raro. En cambio, Netflix, HBO, Filmin… ¿Se favorece desde el ente digital el consumo cultural individual?

Intuyo que el consumo de cine ha crecido en 2020, pero, en efecto, a través de plataformas. El cine en televisión, digamos. Supongo que el cine como experiencia familiar y mainstream está en peligro. La lectura sigue siendo más común en papel, pero el cine se ha vuelto sobre todo una experiencia de pantallas individuales o domésticas.

¿Qué opina sobre la inamovilidad de los formatos que sigue manteniendo el periodismo cultural, o los periodistas culturales, en sus respectivas cabeceras?  

Es un suicidio. O el periodismo cultural se adapta a la oferta cultural del siglo XXI, y normaliza la crítica y la crónica de videojuegos, podcasts o hilos de Twitter, o estará condenado a la irrelevancia y a la desaparición.

¿Le damos el suficiente valor a los productos culturales nativos digitales que poseen una reproductibilidad casi que infinita?

Estamos en el proceso de aceptarlos, incorporarlos y darles valor.

Supongamos que estamos en un futuro donde todas ellas conocen los universos interactivos y las expansiones transmedia que proporcionan experiencias únicas. ¿Tendremos la atención suficiente para concentrarnos en la lectura de un solo libro?

El ser humano siempre ha sido una criatura distraída. Pero en los últimos años, en efecto, nos hemos acostumbrado a tener siempre presente, en el cerebro, aquello que está latente: nuestro correo, nuestras redes sociales, las actualizaciones. Tenemos la mente dividida. Por eso cada vez más gente busca zonas y tiempos de desconexión. Las vacaciones, para mí, por ejemplo, son esas semanas al año en que leo libros, en papel, que no son novedades, por puro placer, con el móvil en la habitación del hotel o en el apartamento.

Si lo digital promete que todo será eterno y que podremos almacenar infinitamente nuestro legado, ¿será esa la oportunidad para que cualquier individuo trascienda?

Para esa cuestión recomiendo leer la última novela de Martín Caparrós, Sinfín. Aviso de que la conclusión no es muy positiva.

El tiempo es una cascada que cae sobre los dedos que se mueven a un lado y otro del teclado. Es una expresión de la contemporaneidad, va y viene, el consumo, el autoconsumo y, de repente, el deseo de explotar como tímida gota dentro de una base de datos, eliminando cualquier rastro. En ese eco que atravesaría los cientos de millones de metadatos, Carrión defiende la perdurabilidad y el disfrute de los lapsos que se suceden entre los acontecimientos, como la organización de su biblioteca. Decía en Contra Amazon que dividiría a los libros desperdigados por estanterías en tres etiquetas: amigos, conocidos, futuros. Es el aglutinamiento en tres personajes de las preguntas y respuestas que reformula mientras aleja la vista del frenesí del que la sociedad es nicho. Ahora, queda la pregunta de si aquellos amigos siguen hablando tras la explosión de la pandemia, si los conocidos han mostrado los tonos peculiares de sus páginas ante sus ojos, o si los futuros han quedado expuestos al polvo de cubierta y, por ende, al olvido… Se corta la señal, y esta entrevista ya está cristalizada en el vacío.

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