Israel Elejalde: ‘’La traición a uno mismo es la más dolorosa’’

Israel Elejalde (Madrid, 1973) está convencido de que el éxito adormece a cualquiera, por eso defiende el fracaso como algo necesario. El intérprete y director artístico sabe de sobra que convive con él en la puerta de al lado, pero son las ocho de la tarde y el Teatro Pavón Kamikaze, que el actor lleva dirigiendo cinco años, ha colgado el cartel de aforo completo. Este sábado vuelve a representarse, como lleva haciendo todo el mes, Traición, del autor británico Harold Pinter, versionada por Israel Elejalde y Pablo Remón como director y guionista respectivamente. Pese a la crisis sanitaria y pese a todas las medidas de seguridad que imponen las restricciones, la obra ha sido todo un éxito.

La historia de Pinter gira en torno a un triángulo amoroso conformado por Emma (Irene Arcos) y su amante Jerry (Miki Esparbé), a su vez el mejor amigo de su marido y tercer vértice, Robert (Raúl Arévalo). A través de flashbacks, el espectador irá desgranando una trama en la que los personajes evidencian la hipocresía de una clase intelectual que se cree a salvo de las bajas pasiones.

Presentas un triángulo amoroso a lo largo de nueve años. ¿Es Traición una simple historia de cuernos?

Eso sólo es la cerilla que pone en combustión todo el motor. La función no habla solo de una traición sentimental, habla de las traiciones a los amigos y a las relaciones profundas. Realmente habla de la traición a uno mismo, que es la más importante y la más dolorosa. Que te traicionen es algo que no puedes controlar, pero traicionarse a uno mismo es un acto de responsabilidad. La obra habla del dolor que supone no ser coherente con uno mismo y no poder abrirse al otro.

¿Dirías que el espectáculo de Pinter habla del miedo a mostrarnos como somos?

Sí, es uno de los leitmotiv de toda su obra. Tiene que ver con el terror que provoca no saber nunca qué es lo que piensa la otra persona. Puedes saber lo que dice y hace, pero nunca tendrás la seguridad de lo que verdaderamente piensa. Eso siempre da mucho miedo, porque uno necesita certidumbres para saber si el siguiente movimiento que haga en una relación será un éxito o un fracaso. Tener esa sensación constante de que en la cabeza del otro pasan cosas que tú no controlas da pavor.

¿Se puede contar una obra de amor sin desamor?

No, van ligados. El amor es necesario, permite que salgamos de nuestro egoísmo profundo y coloquemos la atención en una persona que nos importa tanto como nosotros. Eso, en unos seres egocéntricos como somos los seres humanos, es una de las pocas cosas que pueden salvarnos. Pero el desamor, que es la destrucción de esa magia, también es una oportunidad. Cada vez que uno se desenamora, muere un poco, pero vuelve a nacer. Ambos sentimientos son un gran material de trabajo.

La obra también habla de la vergüenza.

La traición provoca la humillación en el traicionado y la vergüenza en el que traiciona. Son sentimientos muy poderosos. Cuando lo vives, te das cuenta de que ninguno de los dos lados es bueno. Depende de la capacidad que uno tenga para querer enfrentarse a sí mismo. La vergüenza de traicionar puede ser una losa que te acompañe toda la vida. No es fácil saber que eres el culpable del dolor de otros. Por eso los personajes se esfuerzan por discernir qué es lo que piensa el otro.

Miki Esparbé decía que ha sido muy difícil trabajar en la interpretación porque todos los personajes se ocultan. ¿Hay un intento de los tres para esconder lo que sienten?

Todos hacen esfuerzos para esconderse, claro. Es una obra que tiene muchas capas. Los personajes presentan combates dialécticos donde intentan cerrarse, se ponen una máscara, pero a la vez buscan desenmascarar al otro. Robert lo hace muchísimo. Hace alusiones, pregunta todo el rato, pero nunca quiere hablar de sí mismo. Prefiere lanzar todo al otro lado. Le interesa que los demás no le vean. De alguna manera, los tres son como jugadores de póker.

¿Cómo definirías a los protagonistas? ¿Cómo ha sido trabajar con los actores?

Raúl (Arévalo) es pasión, Miki (Esparbé) es brutalmente certero, e Irene (Arcos) es pura intuición. Yo no soy un director que siga mucho el método. Hemos hablado, hemos puesto en común muchas ideas. Traición siempre me pareció una función perfecta. Siempre pensé que si conseguía tres actores buenos, sería un éxito. Es de esas funciones que uno piensa: muy mal lo tengo que hacer para estropear esto. Y efectivamente, no he conseguido estropearlo del todo. Cuando un texto está tan bien escrito, puedes hacer lo que quieras. Basta con respetarlo, y muchas veces con eso funciona. Nuestro trabajo no trata tanto de indicar al espectador qué es lo que tiene que pensar, sino dejarle una pregunta para que él responda.

¿Crees que una buena obra debe incomodar a los espectadores?

Yo creo que tiene más que ver con inquietar. Si no, no tiene sentido. Hay muchas ficciones que ya te entretienen. ¿Para qué voy a convencer a la gente de que pague veinticinco euros y venga al teatro, si no les voy a joder un poco la vida? El teatro son seres humanos en vivo interpelando a otros seres humanos que están ahí, en comunidad. Pero eso no tiene que ver con molestar, sino con cuestionar. En el teatro tienes que salir con más dudas de las que entraste.

Dices que el teatro es un parque intelectual. La obra es también una crítica feroz al mundo intelectual.

A mí me gusta mucho criticar nuestro mundo, nuestras ideas. Yo creo que no hay mejor forma de amar algo que criticarlo. Señalar lo que no te gusta es una muestra de amor. En este país parece que la crítica hacia algo significa que no te gusta, cuando no es verdad. Yo puedo y debo hacer críticas porque es una parte de mi trabajo. Ese es el teatro que me interesa. Hace diez años hice un monólogo que se llamaba fiebre y hubo gente que lo criticó precisamente porque había una crítica a todo ese posicionamiento intelectual que se cree a salvo del mundo.

¿Para qué sirve el teatro en la sociedad?

Yo no creo que sirva para nada. ¿Para qué sirve una puesta de sol? ¿Para qué sirve escuchar una canción mientras te tomas una cerveza? ¿Para qué sirve ir a la playa? Probablemente no sirve de nada, pero un mundo sin esas cosas es un mundo horrible. Y lo hemos visto en estos últimos meses. El teatro, como la cultura, es necesario para vivir, para reflexionar, para escapar.

¿Qué trato dirías que ha tenido la cultura en España en esta crisis?

La relación de este país con la cultura siempre ha sido compleja. España es un país que desprecia a los artistas vivos y entroniza a los muertos. No está siendo una época fácil para nuestro mundo. Fuimos los primeros en cerrar y somos los últimos en reabrir. Hemos tardado casi cinco meses en ponernos en acción, con muchas limitaciones. Hay muchísima incertidumbre y frustración. El ministro de cultura está nombrado, pero ¿realmente ejerce? La pandemia ha dejado con el culo al aire al sistema español. No tengo mucha confianza en que nuestras administraciones estén realmente capacitadas para gestionar esto. Sólo tenemos a políticos echándose la culpa unos a otros.

¿Dirías que nuestra sociedad le tiene respeto a la cultura? ¿Echar la responsabilidad a los políticos no es una posición cómoda?

Uno de los aspectos que explican que España esté relacionada con su poco respeto a la cultura tiene que ver con el interés de los ciudadanos. Evidentemente nosotros tenemos una responsabilidad. Pero es el país que nos ha tocado. Cuando tú viajas a Inglaterra, Alemania o Francia, ves países que tienen un respeto por la cultura y cuidan la necesidad de que haya artistas que pongan en cuestionamiento el sistema social. Por poner un ejemplo, a Cervantes le repudiaron y el Quijote sólo empezó a tener éxito porque en Inglaterra decidieron que era una gran novela. Un siglo después empezó a leerse aquí.

¿Hay política en la cultura, en la manera de dirigir un teatro como el Kamikaze?

Hacer teatro es un acto político. Cualquier manifestación artística es política. Hay política hasta en la comedia más estúpida, porque te están mostrando un mundo. Te están diciendo qué es lo que debes juzgar o interpretar. A veces parece que cuando hablas de un acto político, hablas de adoctrinamiento, cuando no tiene nada que ver. Tiene que ver con el cuestionamiento de cómo es nuestra sociedad, cómo funciona, para que luego el espectador decida qué quiere pensar. El trabajo del teatro no es lanzar emblemas, es hacer preguntas.

¿Qué relación tienes con la dirección artística?

Seguiré actuando, pero disfruto mucho dirigiendo. Yo siempre he querido dirigir, aunque he tardado bastante en hacerlo. Me gusta mucho observar a mis compañeros para intentar ayudarles. Intentar reconducirles y sorprenderme por las cosas que hacen ellos sin que les digas nada. Es muy bonito cuando sugieres algo y el actor hace algo mejor de lo que habías imaginado. Para mí es un placer, es como asistir al crecimiento de algo hermoso. La creación de algo artístico tiene que ver con dar vida a algo que no existe.

¿No hay una mezcla de la vida personal y profesional, cuando uno trabaja con material tan sensible?

Es cierto que hay cosas que son difíciles de discernir. Si estás trabajando Hamlet durante ocho horas diarias y estás hablando todo el rato de tu padre, de la falta de identidad, de la impotencia… te va quedando algo. A veces estás vulnerable. Quedan restos, sí. Pero yo creo que sé manejarlo. Hacer teatro es una profesión preciosa pero dura. A mí me agota porque tiene que ver con un acto físico. Todo lo que hago durante el día está relacionado con eso. Estar pendiente de tu voz, de tu cuerpo, de cómo has dormido… A veces no es fácil. Cuando empiezas, la pasión y la vocación gana a todo, pero cuando llevas más de veinte años, lo difícil es encontrar esa magia día a día. Porque el teatro es una cosa de día a día. Hay días que se te hace cuesta arriba y me bajaría del tren. Pero llego al escenario y de pronto todo tiene sentido.

¿El artista trabaja siempre con el dolor? ¿Hace falta recurrir continuamente a temas espinosos?

La forma en la que se trabaja con el dolor es diferente para cada uno, pero no creo que ningún artista pueda trabajar sin él. Todos identifican lo que les duele y lo ponen encima del escenario. Cuando yo hablo de dolor no lo relaciono con la laceración. La vida duele, pero eso no significa que uno tenga que estar en el barro todo el día, ni buscando destruirse para crear. Basta con estar atento a las cosas que van ocurriendo a tu alrededor. Yo he visto morir a parte de mi familia, me he separado varias veces, he sufrido por cosas que me han ocurrido, y todo eso me hace reflexionar, repensar, buscar… Al final, todo lo que me ocurre son motores para intentar contar historias a la gente.

¿Qué relación tienes con el fracaso?

Lo he sufrido, pero es necesario. El éxito te adormece. Es muy difícil cambiar y profundizar cuando trabajas desde el éxito. Los fracasos sirven para reconfigurar las cosas y darles un vuelco. Lo que decía Valle Inclán: el problema no es fracasar, el problema es no hacerlo de forma sublime. Hay algo en eso que me gusta. Ya que tienes que fracasar, fracasa a lo grande. Yo sé que el fracaso está en la otra puerta y esa sensación es necesaria.

¿Crees que en la sociedad actual ocultamos los deseos, fomentamos un carnaval de apariencias?

Eso siempre ha sido así, pero ahora con las redes sociales se intensifica más. Instagram es una máscara. En Instagram es como si todos fuéramos actores. Creamos un personaje de nuestra propia vida y escondemos lo malo, porque no vende. En el siglo XVII, Molière escribía Misántropo y ya hablaba de eso, no es algo nuevo. La aspiración de los seres humanos por aparentar que tienen todo controlado y que nada les hace perder los estribos viene de muy atrás. Sobre todo en círculos intelectuales, en ambientes artísticos.

¿Qué conflictos tienes respecto a tu profesión, al ambiente artístico?

No tengo una relación especialmente conflictiva. Pero es cierto que siendo una profesión que intenta desnudar el alma humana, a veces está rodeada de hipocresía. Hay demasiada pose. Cuesta encontrar a gente que hable claramente de las cosas y no tenga miedo a quedar mal. Se puede ser crítico con el trabajo de uno mismo y de los otros sin ser hiriente. En eso somos algo hipócritas. Pero te digo esto igual que te puedo decir miles de cosas buenas. A mí me apasiona mi trabajo.

¿La vocación es un arma de doble filo?

La vocación es algo fundamental, también en mi caso. Si no tienes vocación, es difícil que puedas aguantar en un mundo con una incertidumbre tan elevada como el teatro. Pero es importante recordar que la vocación no lo es todo. Puedes tener vocación pero no tener talento. Saber reconocerte a ti dentro de ese mundo que has elegido es fundamental para no sufrir. La vocación no puede ser un motor para justificar todo en tu vida.

Dicen que el conocimiento se adquiere con la experiencia, y que el resto sólo es información.

Yo creo que es importante la información. No deberíamos sobrevalorar la experiencia. Cuando tenía veinte años, estudiaba políticas al mismo tiempo que interpretación. Estaba todo el día estudiando. En aquella época leí infinitas obras. Ahí recibía mucha información y no tenía ninguna experiencia. Sin embargo fue fundamental para configurar el paisaje sobre el que he crecido. La experiencia modifica la información, la acota. Pinter, por ejemplo, es un autor que me ha ido seduciendo más con la edad. Igual con veinte años no entendí nada, pero después me ha ido revisitando. Empecé a releer sus textos y con el paso del tiempo y lo que me ha ido ocurriendo, se me ha ido revelando como un autor fundamental. De alguna manera, yo he traicionado un poco a Pinter. En algunos momentos he cambiado partes de su obra para mostrar que los personajes sufren.

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