Un oasis repleto de flores

El Olimpo en lo más alto y Atlántida en las profundidades del mar. Escondidos, inaccesibles y anhelados por los mortales. El lugar del éxito al final de la escalera, el Cielo de Dios y la Tierra Prometida. Una burbuja transparente desde donde se ve el mundo del que hablan, pero ellas llegan a su pared de cristal y la burbuja desaparece como un espejismo.

La mitología de aquellas mujeres artistas que, quizá, en algún momento de la historia de la humanidad existieron, pero hoy nadie habla de ellas. Exiliadas de la ciudad de los dioses, las hijas de Lilith que nacieron fuera de las murallas del Edén, los anónimos que durante siglos se ennegrecían y ennegrecen al paso de grandes artistas varones de mano diestra.

Delicada e irrompible hasta ayer, la burbuja del arte bailaba azuzada por el viento sobre las cabezas de los mortales llegando hasta un oasis repleto de flores. Van Gogh, Monet, Renoir, artistas masculinos que ya habían retratado en más de una ocasión un bodegón floral; La rosa es la metáfora idónea para hablar de la belleza de sus musas, porque así se las denominaba aún otorgando el galardón de artista. Bellas y hermosas, tratadas como objeto y personaje principal de una obra de arte que llenaría de gloria a la mano que la pintó, nunca repararían en quiénes son ellas.

¿Existió el trazo de una mujer alguna vez sobre un lienzo? Se preguntan. Trazo delicado, a veces recurrente en un taller de arte pero cayendo en un completo anonimato. Sin importancia, sin valor, la mano de la mujer jamás alcanzaría la importancia como para ver su firma colgada en una pared.

Y se acercan sin preocupación, aproximando su burbuja con elegancia y prisa, terminando enzarzada entre los pinchos de un denso rosal. A duras penas la esfera cristalina –donde siempre han cohabitado aquellos de rango masculino, dotados de la gracia de dios- salía de aquel infierno de espinas con seis clavadas en su coraza. Delicada, no irrompible. Las espinas cansadas de esperar encerradas en una cueva sin luz, en paradero desconocido, salían poco a poco a respirar aire y poder decir: somos libres.

Las musas son artistas, las musas tienen nombre, apellidos, rostro y la misma gracia de la que ellos decían tener. Las musas no existen. Las musas no son musas. Brujas aquellas que coquetearon con los pigmentos con destreza, malditas las que fueran elegidas por su don. ¿Quiénes son ellas? No serían, dicen, más de dos o tres. Si el don de una mujer no se encuentra entre sus manos. Se armaron de lápices, pinceles y gubias para decir: no una, ni dos, ni siquiera diez, somos cientos y miles.

La burbuja continúa vagando con algunos remiendos sobre nuestras cabezas. Pero ellas se encargaron de dejar escondido un legado del que hoy merece hablar. Por ellas, las invisibles. Porque el arte se escribiría con mano diestra de varón, pero no se dibujó bajo su sombra.

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