Henry Green, el reverso de la escritura

¿Quién fue en realidad Henry Green?

Dicho sin remilgos: uno de los novelistas más sobresalientes del siglo XX, y, por descontado, uno de los más ocultos para el gran público, gracias en buena medida a un ejercicio premeditadamente proto-pynchoniano, pertrechado por una mente cuanto menos perversa, o mejor dicho, inteligente, y cuya personalidad se fagocito en su obra para ocultarse de todos y escribir con una libertad escandalosa que por lo visto le parecía lo más sagrado de su oficio.

Green, cuyo apellido deriva de una larga historia que él mismo se empeñó en planear, nunca abandonó su puesto en una fábrica dedicada al diseño de material industrial, en concreto, clavos y tornillos, para la no tan boyante sociedad británica de posguerra. Además de heredar el puesto de su padre, «orgulloso y petulante» (son sus palabras) industrial británico, Green (insisto, un personaje más en esta historia), escribía sus magistrales historias en un despacho, según las fuentes consultadas, «ordenado de forma monacal» y donde el ensordecedor ruido de las máquinas no entorpecía su quehacer artístico. Al contrario, una vez alcanzada cierta notoriedad en los clubs literarios de su época, el «escritor» se recluyó hasta casi desaparecer de la faz de la tierra. Durante la Segunda Guerra Mundial, y esto se supo años más tarde, fue uno de los valientes voluntarios que participó, y este hecho histórico (como tantos otros) es todavía una incógnita para la polvorienta historiografía contemporánea, en los batallones auxiliares de bomberos de la ciudad de Londres dedicados a la extinción de los incendios que devoraban la vetusta capital de Dickens y Compton-Burnett. En su espectacular novela Caught (1943), reeditada hace unos meses por la New York Review Books Classics, así como toda su obra, caracterizada, entre otras cosas, por títulos de una sola palabra, da buena cuenta de ello. Ojalá alguna editorial (valiente, aviso de antemano) se atreva a publicar semejante obra maestra. Aunque, eso sí, estamos ante uno de los escritores más sobresalientes de su generación, y por ende, todos sus textos son de una profundidad y calidad exultante, lo que convierte su literatura en una de las más complejas de editar. Curiosamente, la editorial Estática, cuyo libro de Norman Douglas fue una de mis lecturas predilectas del año pasado, se animará, o al menos eso he leído, a publicar —no se sabe exactamente la fecha— su texto más conocido, Love (1940), publicado por Seix Barral en 1957 y que hoy puede conseguirse si uno bucea por librerías de segunda mano con buenas dosis de paciencia.

Más, la fascinación que ejerce Henry Green en mi persona no viene solo por su fabuloso manejo de la pluma y su peculiarísima forma de entender la práctica artística, a partir del arte de la evasiva y el despiste, y cuánto la necesitamos en un tiempo como el nuestro donde el Yo (literario, si se me permite) ocupa portadas y reseñas de una petulancia a veces bochornosa, en realidad todo nació de una fotografía que Cecil Beaton, uno de los grandes de la fotografía británica, le realizara en una fecha indeterminada. En ella, Green, aunque no sabemos si fue Beaton el ideólogo de todo esto, da la espalda a unos de los grandes maestros de la mirada. Atrevimiento, puede ser; rebeldía, siempre. No vemos su rostro, ni sus ojos, ni siquiera sus manos; literalmente aparece sentado y de espaldas al fotógrafo (y al observador), en un ejercicio que puede parecernos soberbio, no diré lo contrario, o simplemente, un día más en la oficina.

Los libros de Henry Green te atrapan, tienen algo inexplicable, pues son novelas costumbristas diseñadas por un destripador de costumbres, y no está de más recordar que sus editores fueron ni más ni menos que Virginia y Leonard Woolf, en consecuencia, no me cansaré de regalar y recomendar sus páginas, y ya que se presta la ocasión, abogar por una literatura anónima, secreta, vital. Entonces, ¡bajemos la persiana y desaparezcamos!

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