Fiesta en el castillo hinchable

Viernes 15 de mayo, 9:00 horas

Alex Sellés Pérez

 

 

 

A los 10 años tenía mucho miedo a que la aglomeración de niños dentro de los castillos hinchables de la feria del pueblo convirtiera en burla la posible caída que se escondía tras cada salto (y los múltiples universos paralelos derivados de ese “y si…”).  Mi abuela me esperaba fuera con su pelo cardado de color naranja, apoyada en su bastón gritando “es mi nieto, ¡mirad lo alto que salta!”. Yo le devolvía la sonrisa pensando que lo único que quería esa mañana era comerme un gofre de chocolate y nata en el puesto de al lado del Circus. Así que seguía saltando hasta que decidí no hacerlo más.

Ahora Poscultura es nuestro pequeño castillo hinchable construido con grandes colchonetas granate y verde fosforito. Habría de más colores pero sobre todo serían granate y verde fosforito. Los colores simbolizarían una idea rara que Dani leyó en algún manga y tendrían como misión romper con la monotonía de la entrada (que sería gris y con la forma de la chapa de Poscultura).

Me gustaría invitar a toda la gente que ha colaborado con nosotros desde 2018 a este castillo hinchable y darles las gracias uno a uno, muy despacio y mirándolos fijamente a los ojos, y abrazar, por orden cronológico de publicación, a aquellas personas que hace tiempo que no veo y también a las que no conozco todavía. Me gustaría asignarles, no un número, sino un poema de Berta García Faet (como este, se entiende).  

Me gustaría que Adri dijera “que empiece la fiesta” aunque sé que diría “ya se puede beber, aserejé” y yo sonreiría y empezaría a dar saltos en dirección a la rampa más grande del castillo hinchable, mientras toda la gente que ha colaborado con nosotros desde 2018 también da saltos y juega entre sí a un escondite en el que si te descubren tienes que dar un trago largo de cerveza y citar a Proust. 

Habría cerveza a precios populares, seguramente Molen Bier o San Miguel, aunque todavía no podemos confirmar nada porque dependería de los patrocinios.  A la entrada del castillo se serviría jamón y es muy posible que alguien colara sustancias no del todo legales y las repartiera en pos de la diversión.  Porque – IMPORTANTE- los periodistas también saltan y se divierten. Y quizás alguien encuentre una historia que nunca ha sido contada y no la escriba porque está demasiado ocupado dando saltos en el castillo hinchable pensando que la diversión – como el periodismo- también es vocacional.

INCISO: Aquí dentro no se admite calzado de ningún tipo. Tampoco se pueden entrar objetos del exterior porque el material con el que están hechas las colchonetas es muy delicado y pueden romperse en cualquier momento. Por precaución, es mejor que esperes fuera un momento, ¿vale?.

El castillo hinchable debería tener una buena acústica, como las salas de conciertos que sirvieron de telón de fondo de muchas de nuestras anécdotas, donde las palabras reverberen en su justa medida y siempre haya un poco de ruido para que todos los que entren puedan tener la intimidad de una buena conversación por debajo del ruido ambiental.

Sería altamente aconsejable, aunque no obligatorio, que Adri y yo discutiéramos a gritos en medio de toda la gente para, acto seguido, abrazarnos y decirnos lo mucho que nos queremos.  Y repito: sería altamente aconsejable, aunque no obligatorio, que Adri me dijera “eres la persona con quien más he discutido pero también con quien más me he reconciliado, eso tiene que significar algo” y yo respondiera “no sé, tío, me raya” mordiéndome las uñas. Y sería OBLIGATORIO que, si esto ocurre, una cámara nos grabara un plano cenital saltando con los brazos estirados mientras suena el Imagine de John Lennon – o en su defecto Me gustaron tus Nai de Soto Asa y Yung Beef-.

Me sentiría muy feliz si alguien dijera “me alegro de haber venido” y toda la gente que ha colaborado con nosotros desde 2018 lo refutara en voz alta. Y en ese momento, ya cansado de dar saltos y con la camiseta empapada de sudor y cerveza, saldría del castillo hinchable porque mi abuela seguiría esperándome fuera y yo la cogería de la mano e iríamos juntos a comprar harina y levadura para hacer una mona para mí y otra para mi hermana, que el gofre engorda mucho y el chocolate por la noche no me sienta bien.

 

Viernes 15 de mayo, 9:00 horas

Adrián Fauro Abad

 

 

 

Poscultura nació como revista cultural “más por necesidad que por capricho”. En el apartado Concepto de esta web explicamos de forma cordial, estética y casi académica lo que nos llevó a crear nuestro propio espacio y las ideas que lo formarían. Un año después lo reproduje y amplié para presentarlo como TFM añadiendo alguna que otra crítica a la mejorable industria del periodismo. Citando a Beliard, Butler, Kristensen, Love, McLuhan y blablabla solo conseguí justificar mi frustración con una base teórica y aprobar un Máster que no existe para el SEPE porque todavía no he pagado el título.

Hoy, llevando dos años al frente del proyecto, respaldo esas mismas ideas y las reafirmo porque sigo en la misma situación. O peor. Casi todo mi trabajo está aquí, salir es soportar demasiados rechazos. Me he refugiado en la chapa para evitar asumir lo mal que funciona todo y lo mal que gestiono eso.

En todo este tiempo he desarrollado todas las capacidades que tanto le gustan a Linkedin, he aprendido a no contestar emails al segundo dominando mi TOC y he descubierto que todos mis proyectos desde los 15 a los 26, incluso los de vida, han sido y son con Alex. Por eso le debo tanto a él, a Poscultura, a los colaboradores, lectores, las editoriales, escritores que me envían sus libros, productoras y trabajadores de comunicación que se acercan a nosotros para aportar. 

Es increíble la cantidad de personas a las que he conocido, de las que aprendo, con las que tengo cosas en común que ni yo sabía que me interesaban hasta que empezamos en esto. Quiero a mi web y la gente que la rodea más que a algunos de mis familiares. Soy un nerd por culpa de todos vosotros. Lo único que nos reprocho es no tener haters de peso, de los que te hacen un favor insultándote.

Puede que esto acabe pronto, que sea un Neuschwanstein hinchable lleno de parches de colores en el que se repite una y otra vez una fiesta de cumpleaños que parece de despedida. Lleno de calcetines sin pareja y chapas de cerveza entre las que bailamos bastante mal. Que la sucesión de trabajos temporales hasta que consiga que el periodismo sea lo que me dé de comer se conviertan en mi vida y no escriba más. Pero, de momento, pienso seguir acomodado en la irrelevancia -en la que a veces se está muy calentito- para acabar siendo uno más que lo intentó y no pudo. En este portfolio de un eterno casi. Porque soy de los que trabaja sin parar para poder quejarse todo lo que quiera cuando llegue el fracaso. La autocompasión está infravalorada. 

Y si la fiesta deja de repetirse, cuando bajemos del castillo hinchable diciéndole a Alex “qué bien lo pasemos”, pienso coger las zapatillas más caras que vea, calzarme y salir hilvanando las aceras hasta casa mientras él le dice a la gente eso de “siempre hace lo mismo, se raya y se va sin más”.

Somos una eterna promesa. Pero jamás hubiera imaginado que esa tarde de ofertas de pintas podría llegar a ser un espacio tan importante para ambos en el que caben tantas personas que nos toman en serio. Poscultura es la prolongación de las miles de conversaciones que tuvimos, tenemos y tendremos virando desde lo totalmente pedante con un té en pijama a lo absolutamente quinqui con cerveza casi caliente dejándonos ropa antes de salir. La excusa que necesito para no sentirme inútil.

Nunca me ha gustado celebrar los cumpleaños. De pequeño odiaba tener que ir a un sitio en el que todo el mundo me estaba esperando, saludar, sonreír, divertir a todos y hacer como que me apetecía estar una tarde entera siendo amigo de treinta niños y niñas. A los 18 me hicieron una fiesta sorpresa que descubrí una semana antes y tuve que fingir que no para que mi madre fuese quien disfrutara. Ahora esquivo hasta las llamadas cuando llega el día. Pero el de Poscultura me hace ilusión, soy el padre que compra mucha cerveza para que el cumpleaños no sea tan aburrido para los adultos. Es nuestra fiesta, la de los amigos del famoso que van siempre como invitados y nadie saluda porque nadie sabe quienes son.

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