Estoy del lado de las preguntas

El principito

Las enseñanzas de El Principito existen. Lo concedo desde un inicio y así nos quitamos de discusiones. Es probable que estas ideas tan marcadas se resuman en estas frases (al menos, son las que a mí me han llamado la atención):

Si tú me domesticas, tendremos necesidad el uno del otro”

Sólo con el corazón se puede ver bien: lo esencial es invisible a los ojos”

En una charla que juntó a Rosa Montero con los alumnos de Periodismo en la Universidad Miguel Hernández (UMH) de Elche la escritora habló de literatura y expresó ideas tan ricas como estas: “La ambigüedad es un valor. En la novela hablamos de lo que no conocemos”, y añadió: “No escribes para enseñar, escribes para aprender. Para poner luz en las obsesiones. No puedes iniciar ese viaje con las respuestas previas”. Hay una pregunta que me parece evidente: ¿responden esas ideas de El Principito a lo que propone Montero sobre la literatura?

Alguna vez he dicho que la literatura, la que a mí me gusta y me apasiona, es la que consigue poner palabras a las cosas que todos sentimos pero que sin embargo no somos capaces de expresar. Es como una evidencia que estuviera escondida y esperando a que alguien la encontrara. Sin embargo, hay un fallo en esa visión de la escritura. La literatura no clarifica nada, tan solo es capaz de expresar esa sensación/dolor/agravio/pesadez/duda de la manera más compleja posible.

En mis últimos textos he hablado de puntos ciegos y tabiques, y ahora toca hablar de la oscuridad. Cuando terminé de leer El Principito me quedó una sensación de desasosiego. Y una pregunta: ¿qué es lo que no he encontrado en una obra que todos admiran? ¿Realmente les gusta? ¿El problema es mío? ¿Qué es lo que se me ha escapado? De nuevo, la oscuridad. Pensé en las razones de mi rechazo a la obra en la cama, a oscuras, mirando el techo.

Mi abuelo me cuenta que él solucionaba sus dudas laborales de la misma forma: boca arriba, en la cama, a oscuras. Mi abuelo era chapista. ¿Es posible que en dos generaciones hayamos pasado de pensar en cómo arreglar la chapa de un camión a pensar en por qué El Principito no me ha cautivado? De nuevo, no tengo respuesta. Soy un desclasado.

Esta es una gran forma de solventar dudas. Quizás mi abuelo me diera esos consejos porque sabía que un día yo tendría que pensar en El Principito. Puede que, sin saber para qué, me estuviera preparando de alguna manera. Descubrí esa noche que por medio de la oscuridad se ven las cosas mucho más claras que a plena luz del día. Y, en todo este embrollo en el que no se ve nada, lo vi evidente: El Principito tiene muchas respuestas para mi gusto.

Supongo que tiene incidencia en todo esto que en el Quijote, la novela que da luz a todas las demás, la historia sea un completo disparate. O no, quizás es tan solo nuestra realidad planteada de la forma más compleja posible. No estoy, de todas formas, muy a favor de las historias en las que no se entiende nada. No se trata de eso. Pero nunca me ha importado que un dato no se termine por revelar o que haya un misterio que el autor no nos resuelva jamás.

¿Por qué va a ser el arte más explícito que la vida? En nuestro día a día hay infinidad de comportamientos de los demás que no entendemos ni aunque nos lo expliquen. A veces, no nos entendemos ni a nosotros mismos. ¿Me están diciendo que un personaje inventado tiene que tenerlo todo claro y nos debe arrojar una luz tan cegadora que nos deslumbre? Bueno, quizás son gustos, pero no es la literatura que me interesa.

Tengo la sensación de que Antoine de Saint-Exúpery hizo lo contrario de lo que propone Rosa Montero: viene a darnos las respuestas. Respeto esas respuestas, las valoro, pero no las quiero. Quizás es que no quiero respuestas porque no me las creo. Porque veo un mundo ante mí tan complejo, tan inexplicable y tan tragicómico que me parece una temeridad querer dar consejos a través de las metáforas de un libro. Sí, es muy probable que El Principito transmita unos valores. Unos buenos valores. Tampoco los quiero para nada. Para mí, el arte es otra cosa. Como también dice Rosa Montero “la novela no puede ser utilitaria” para ningún “ismo”, aunque sea uno fundamental para nosotros y muy justo en lo social. Los valores prefiero que nos los den en casa.

Eso sí, tampoco caigamos en la trampa. Puede haber buenas obras, ya sean de la disciplina que sean, que tengan una enseñanza moral y sean buenas. De hecho, seguro que a mí me interesan unas cuantas pese a lo que acabo de decir. Todo es compatible y dependiente de la ejecución y contexto. Por ejemplo: A mí Green Book me parece una buena película (más allá de que merezca el Oscar a mejor película o no) y seguramente es algo buenista y moralista. Creo que es compatible. Tampoco creo que Roma (la cual no es nada moral y deja el juicio en un segundo plano) sea necesariamente mejor solo por eso. No eres mejor por no juzgar, hay que exigir más.

El Principito es una novela moral. Me parece bien, incluso corro el riesgo de releerla y que me termine por convencer. También puedo correr el riesgo de no haber comprendido nada. En ese caso, pido disculpas. No puedo evitar quedarme del lado de las preguntas, las respuestas me parecen complicadas para mí mismo. Imaginen si tengo que dar respuestas a los demás.

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