Ruido blanco IV: El espejo

Me mira. La sombra, siempre con esos ojos opacos. Como si tratara de encontrar algo más profundo que mi piel. Este tejido que me guarda la sangre y los huesos, a veces, me ahoga. Cállate. Eres una dramática. Siempre buscas la falta, la arruga, la mancha. Engañas a todo el mundo con tanta ropa, capa sobre capa, carmín, algo de perfume y como si nada. Como si pudieras mirarte sin tapujos, desnuda, delante de un espejo. Luego se te hinchan los labios de decir que la belleza es una actitud, y lo peor es que de verdad lo piensas, pero no para ti. Para nosotras nunca dejas nada. Es por la grasa que se acumula por tu vientre, como si fuera un saco que no se ha llenado de forma uniforme y se acumula por partes. Pero cuando bailas es diferente. Porque tu cuerpo deja de estar delimitado y das vueltas y vueltas y somos casi una sombra. Casi un destello.

Me gusta cómo sabemos contemplar, con la suerte de quien puede observar el mundo sin estropearlo, embellecerlo, modificarlo… Sólo dejando ser, apreciando las tonalidades del tiempo, las conversaciones de la gente en el metro, atender a los silencios y ser conscientes de que nada, ninguna cosa, nos pertenece. Eres bella porque eres libre. Y eso no te lo podría arrebatar nadie. Bueno, a veces sí. Vaya que si te lo quitan. Deja de culpar a los demás de tus carencias. Eres tú. Te lo quitas, nos dejas en un segundo plano. Sí, SÍ, SÍ. Es tu puta palabra favorita. Como si al negar algo o a alguien ya no tuvieras ningún valor. Te deshaces continuamente. Por eso no tiene sentido que te mires, que nos mires. Eres una sombra, un destello. ¿Estás cansada? No me extraña en absoluto. Vivir conmigo, con este taladro emocional, no debe ser fácil.

Vamos a la ducha. Sientes el agua hirviendo correr sobre tu cuerpo, y te sacia, pero no termina de limpiarte. Habrá algo más profundo que la piel, que ni pudre ni sana. Me toco el pecho y algo dentro no late, sino se precipita. Soy como una caja de música… ¡Como una guitarra! De hecho, tengo la forma. No puedo parar de reír y de sonar. Cierro los ojos y siento que mis cuerdas se empiezan a destensar. Brota la música dentro de mí, alrededor, por todas partes. Sube a mis labios y empiezo a cantar… No tengo miedo aquí dentro. No hay espejos, ni superficies. Sólo el agua y mi piel, que me envuelven. Pero empiezo a toser y mi voz se quiebra. Dentro de mí ya no hay música sino eco. Un silencio violento. Seca tus pies con la toalla. Me tambaleo, no me sostengo y el espejo se ha empañado. Tenía prisa por algo y se me ha olvidado. Claro que se te ha olvidado, inútil, porque nada es importante para ti y vas tachando la lista para complacer las urgencias ajenas. Te has reducido a un simple formulario: ¿Está contento con el servicio prestado?, ¿he sido lo que esperaba?, ¿qué cambiaría de mí para satisfacerlo en la siguiente ocasión?, ¿volvería a utilizarme?

Y nunca eres lo que esperaban. Para bien, como para mal. Porque no eres nada, nadie. Tu piel debe ser traslúcida, por lo que tus formas dan un poco igual. Sé guitarra o acordeón, tía, qué más da. Estás loca. A veces piensas unas cosas… Cuando te pones con el rollo este de que nada es imposible. Desconecta ya el modo videoclip musical porque das un poquito de pena, y de vergüenza. Por favor, dile a la otra que se calle. Que vale que estés intentando eso de escribir porque te has dado una oportunidad, pero no somos ni poetas ni cantantes. Si te crees que eres una guitarra, por dios, ya sé que eres capaz de creer que eres cualquier cosa. Pero basta ya. Que a veces nos miran raro. Como cuando te trabas la lengua o tartamudeas. O andas raro.

Menos mal que ya no estamos en el colegio y la gente no se ríe de ti, al menos, en tu cara. Pero no engañas a nadie, bonita. Sigues siendo la misma niña asustada escondida el aseo. ¿Te acuerdas de los azulejos? Eran azules y blancos y tenían una forma geométrica muy curiosa. Parecían los de una piscina, y de algún modo nos tranquilizaban. Luego, te limpiabas la cara y salías. Rota y sin nada que perder,… Lo que nunca podré echarte en cara es que no tuviste esperanza. Eras valiente, y no volabas tan mal. Quizá fue el viento. Debí creer en ti. Quizá es culpa mía. Tengo el vello de punta, vístete rápido. Hace frío y se ha colado en mi garganta. Di algo en voz alta, corre, antes de que sea demasiado tarde. Dime que no lo estamos haciendo tan mal, que no somos sólo una sombra ni un destello.

La nada nos devora. Observo mi vientre y lo estrujo como si fuera plastilina o la masa de un pan. Lamo mi piel y sabe a sal y a vainilla. Me duele algo debajo de las entrañas. ¿Hay algo debajo de las entrañas? No lo sé, no sé casi nada. Al menos eres honesta. Tenemos un buen margen de mejora. Ojalá pudieras callarte un poco, eres como un nubarrón. Vamos, no todo está tan mal. Hoy es otro día, y la niña de los azulejos y yo somos casi la misma. Solo que ahora no miro a nada con miedo. Claro, solo a mí. Me aterra pensar que soy de consumo. Que hasta mi piel no es del todo mía. Que no me pertenece siquiera el destello ni la sombra. Sé que puede parecer que es sólo la superficie pero no hay nada más profundo que la piel. Mi piel.

Todo mi envoltorio es un disfraz. Dentro hay un demonio que requiere alimento. El vaho del ambiente tiene partículas de polvo. Estornudo y todo el humo azul se esparce por la habitación. Mi aliento huele mal. Sacudo mis dientes hasta que me sale sangre en las encías. Borro las marcas de arañazos de mi piel. En las mejillas, en el muslo izquierdo, en la parte de atrás de la nuca. Coloco un poco de pintauñas negro y soplo para que se seque el esmalte. Preparo café y dejo que el aroma se esparza por toda la casa. Pongo música. Me miro en el espejo del salón y paseo mis ojos por todas mis estrías. Estrujo mis muslos y acaricio mi piel de naranja. De fruta. Debo ser fruto carnoso. Que siembre, que alimente. Avivo mis mejillas, rizo las pestañas. Empiezo el ritual. Elijo una chaqueta con hilos dorados y una camisa con topos desabrochada.

Recojo el jarrón de rosas de la cocina. Me miro en el espejo. Soy patética. Una marioneta sin hilos. Voy a ir al hospital con un ramo de rosas en lugar de un biberón. Van a pensar que estás loca. Un bebé no sabe apreciar un ramo de rosas, ni mucho menos una mujer que se ha desgarrado la vagina para dar a luz. Lo único que quiere es que la saques de allí y la lleves a tomar una copa. O dos. Tengo pinta de amargada. De persona inútil, incapaz de llevar una vida normal. Tienes treinta años y no eres capaz de tener una relación normal con alguien. Asumir que las cosas son así, poner buena cara y echarle valor. Sonreír cuando alguien te mire. Llamar más a mamá. Que alguien me abra la puerta cuando se me olviden las llaves.

Estás muy bien sola, no seas necia. No podrías soportar ver los pelos en el lavabo. Ni esperar a ducharte si siempre vas con cinco minutos de retraso. Además esta historia ya la sabemos. La cascada hormonal desciende, tarde o temprano. Y pronto estarás preguntándote por qué hay un desconocido roncando en tus sábanas. Qué se le ha perdido en tu casa al vagabundo que hay rascando pan quemado en tu cocina. Quién firmó el acuerdo de vivir en el mismo espacio, si ya no sois mucho más que dos clientes en una sala de espera. La antesala de algo mayor. Ahí es cuando las personas nos pudrimos. Un bebé, porque para eso estamos programados. El olor ese que desprenden para que no les matemos cuando nos despierten a las cinco de la mañana. Se parece más a ti, tiene los hoyuelos del abuelo, y ¡buf! Qué carácter se gasta el muchacho, ¡igualito que la tía! Luego les enseñamos nuestros dioses, les decimos que eso sí y eso no, les educamos con nuestras frustraciones. Ya lo entenderán cuando sean mayores.

Un día crecerán y te odiarán. Chata, con razón. Les has mandado a un mundo que ellos no han elegido. Uno que has construido tú y toda la panda de inútiles de antepasados que hicieron este mundo suyo antes, también sin nuestro permiso. Los primeros –aunque también con padres– nos dijeron lo que es humano y lo que no. Les creyeron, e hicieron lo indecible por ser fieles beatos de nuestro señor. Los hijos de estos se rebelaron y desligaron lo humano de lo divino. El hombre heredó el reino de la Tierra y empezaron a construir muros. Los nietos fueron con antorchas, sacrificaron a Dios y se alzaron dioses. Miles de ellos, por todas partes, en todos los lugares del mundo.
Ahora le tengo que llevar flores al nuevo mesías de mi amiga. Me enjuago con saliva un mechón del flequillo y lo aliso. No creo que el pobre tenga la culpa. Él al menos podrá elegir, ¿no? A quién amar, a dónde ir, quién ser. Quizá algún día se plantee ser padre, y borre los trazos de lápiz que había dibujado sobre este mundo. Su hijo escribirá sobre el papel, malgastado y con huellas. Así hasta que se queme o se rompa del todo. La figura que está al otro lado se ríe de mí. Vas a arreglar y a resumir tú el mundo, lista. Si no sabes ni cuidar de ti misma.

Tengo que vigilar los lunares de mi piel. El médico me dijo que no podía pasar de los 6 milímetros, todos tienen que tener simetría, los bordes han de ser regulares y el color debe permanecer igual en toda su extensión. Los vigilo como si fuera unos inquilinos silenciosos que me colocaron antes de ser nadie. Quizá para recordarme que mi piel no es del todo mía. Cualquier alteración de los tejidos, que yo no controlo, puede producir un aumento de volumen, un agrandamiento anormal de una parte del cuerpo que se reproduce un día y conquista los demás pliegues. Entonces me vuelvo loca, me imagino mi piel trabajando en nuevos tejidos, como si fuera un jersey y quisiera añadirse más lana a una parte que ya estaba perfectamente acabada.

Voy a la ventana. Hay un señor que fuma con desgana y una mujer que amamanta en una silla de plástico. Mi piel tiene corrientes rojizas y el vello se torna dorado cuando le da el sol. Hay que ver cómo nos envuelve, nos sostiene y nos estira a lo largo de los años. Cómo se seca. Hace dos años que me hice el tatuaje de mi gato en la espalda, a blanco y negro, con trozos sombreados. Recuerdo la cara estupefacta de mi abuelo. Para él fue un agravio que utilizara mi piel como un pellejo. Había despojado de dignidad a ese envoltorio que me regaló la especie, mis padres e inclusive él. A veces, cuando recuerdo que lo tengo, pienso en él. Y me alegro. Ese viejo gruñón y yo en realidad pensábamos lo mismo: la piel no es del todo nuestra. Pero yo hice lo que pude para que lo fuera un poco.
Las llaves, el bolso, el móvil y el ramo de rosas. Sonrío al espejo y practico mis felicidades para los recién estrenados papás. Atravieso el parque intentando esquivar los charcos. Me paro para respirar la tierra mojada. El barro se acumula en mis zapatos e intento quitármelo, primero con las manos y luego con una rama. A mi lado se para un gato, me mira y se relame las patas. Le siguen cuatro más pequeños. Arranco una rosa para ella. En mitad de la nada, aparece una figura que los espanta…

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