Hay un momento en Rojo, la obra que están representando Juan Echanove y Ricardo Gómez en el Teatro Español de Madrid y de la que ya he sa reflexionado con anterioridad en Poscultura, en el que la luz juega un papel fundamental. Rothko, interpretado por Echanove, le cuestiona a su aprendiz qué ve en uno de sus cuadros. El chico, encarnado en Ricardo Gómez, percibe el truco óptico. Acierta a decir que la luz es clave en las obras de su maestro: en el estudio en el que se encuentran la luz es tenue porque si se aplica una luz potente y blanca las evidencias dejan al descubierto todos los secretos. Dejar todo al descubierto suele ser un error. Se pierde la magia.
El otro día se fundió la bombilla de mi cocina. Por suerte, había una de repuesto en casa. Pero había un problema: era una luz blanca que hizo de mi cocina un quirófano insoportable. Cuando me levanté el sábado y el domingo a las cinco y media de la mañana y tuve que encender esa luz conocí los horrores del mundo. Por suerte he comprado una luz más cálida y tenue. Sí, ahora hay rincones de la cocina menos iluminados, pero eso no siempre es un problema.
Mi cocina no es un cuadro de Rothko, ni falta que le hace. Esta semana se ha publicado que Bohemian Rhapsody es la canción más escuchada de la historia. Esta canción de Queen puede que sea, al mismo tiempo, la más enigmática de la de todos los tiempos. Hay muchas teorías sobre lo que significa la letra, sobre lo que quiere transmitir Freddie Mercury. Ni si quiera la reciente estrenada película con el mismo nombre que la canción resuelve el enigma. La única respuesta es que no hay respuesta o que la única respuesta posible es ambigua, irónica y muy particular: el público tiene la suya, cada uno tiene la suya y todas son ciertas.
Bohemian Rhapsody es como un cuadro de Rothko o como mi cocina; ya que cuando no ves algo es cuando, precisamente, se ve todo. Las sombras de la canción la hacen una obra de arte, al igual que la baja iluminación del lugar en el que está un cuadro permite que la mirada que tenemos sobre él sea otra, completamente diferente. La pregunta es evidente: ¿el punto ciego que Javier Cercas proclama y reivindica en las novelas existe para todo el arte? ¿O para todo en general?
Así explica Javier Cercas a lo que se refiere, precisamente en su libro llamado El punto ciego:
“En el centro de estas novelas hay siempre un punto ciego, un punto a través del cual no es posible ver nada. Ahora bien —y de ahí su paradoja constitutiva—, es precisamente a través de ese punto ciego a través del cual, en la práctica, estas novelas ven; es precisamente a través de esa oscuridad a través de la cual iluminan estas novelas; es precisamente a través de ese silencio a través del cual estas novelas se tornan elocuentes.”
“Al principio de todas ellas, o en su corazón, hay siempre una pregunta, y toda la novela consiste en una búsqueda de respuesta a esa pregunta central; al terminar esa búsqueda, sin embargo, la respuesta es que no hay respuesta, es decir, la respuesta es la propia búsqueda de una respuesta, la propia pregunta, el propio libro. En otras palabras: al final no hay una respuesta clara, unívoca, taxativa; sólo una respuesta ambigua, equívoca, contradictoria, esencialmente irónica, que ni siquiera parece una respuesta y que sólo el lector puede dar.”
Rosa Montero, siempre que tiene oportunidad, asegura que ella escribe para combatir su miedo a la muerte. También cree que los que se dedican a escribir lo hacen porque, en algún momento de su vida, algo se quebró, algo por lo que el resto de las personas no han pasado. Sin preguntas, sin dudas, sin dolor no puede haber escritura, porque como ha dicho Juan José Millás en alguna ocasión “si nos pudiéramos pasar el día follando y de vacaciones nadie escribiría, no tendríamos esa necesidad”. Si escribimos por miedo a la muerte, por miedo a lo desconocido, entonces es imposible que seamos concretos y certeros y es lógico que seamos ambiguos e irónicos.
Probablemente estas sombras sean necesarias, casi como algo ineludible para que pueda existir una manifestación artística. Puede que los puntos ciegos, las sombras y la baja iluminación sean necesarios porque expresan un estado de ánimo. Porque se parecen a la vida. En la vida no hay respuestas claras y contundentes. Solemos sentir una cosa y la contraria, no predicamos con el ejemplo, no somos coherentes. Muchos comportamientos no tienen explicación y la mayoría de las veces no acabamos de entender ni lo que nos sucede ni lo que nos rodea.
La pregunta es evidente: ¿por qué en la escritura debería ser diferente? ¿Por qué una novela nos debería dar resueltas todas las incógnitas si en el día a día encontramos tan pocas? ¿Por qué un cuadro nos debería iluminar la existencia si no solemos comprender todo lo que miramos? ¿Qué importa que no entendamos una canción si nos hace vibrar y corear consignas que nos excitan?
Quizás es que no queremos saber, y en eso se resuma todo: “No he querido saber, pero he sabido” así empieza la novela de Javier Marías, Corazón tan blanco. Sí, la luz excesiva nos hace saber demasiado. Yo no quiero profundizar en los rincones de mi cocina, por lo que me pueda encontrar. Es posible, simplemente, que no queramos saber todo lo que sentimos y ya no digo lo que sienten los demás. O, mejor, no queremos que nos digan lo que piensan o sienten los demás. Es mucho más emocionante y enriquecedor ser nosotros los que demos la respuesta.
(Alicante, 1994), es productor y guionista de ‘Un tema Al Día’ en elDiario.es. Periodista, se especializó en audio en el Máster de RNE por la Universidad Complutense de Madrid. Ha trabajado en ‘No es un día cualquiera’ o ‘De pe a pa’ de Radio Nacional de España y en la productora Osmos Global. Escribe relatos y artículos en Poscultura.


