Comunismo y capitalismo en Gambito de dama: El arte de las élites

Gambito de dama es una miniserie de Netflix dirigida por Scott Frank y basada en la novela homónima de Walter Tevis publicada en 1983 que ha dado mucho de qué hablar desde que se lanzó a finales de octubre de este mismo año.

En ella, nos encontramos con Anya Taylor-Joy en el papel de Beth Harmon, una joven huérfana de padres que crece en un orfanato religioso estadounidense en la década de los 50. Allí, gracias al conserje del lugar, el señor Shaibel, y los tranquilizantes que le dan que su amiga Jolene le recomienda tomar antes de dormir, descubre unas habilidades en el ajedrez que la llevan a convertirse en una campeona de este deporte y en una adicta a las pastillas. Con los años conoce a una serie de grandes ajedrecistas en torneos a los que impresiona con su prodigio y con los que crea relaciones afectivas, los cuales la intentan ayudar a salir de su adicción a las drogas y el alcohol. Tras dos derrotas contra el campeón mundial, el soviético Vasily Borgov, y una decadencia por las drogas y la muerte de su madre adoptiva, tiene la oportunidad de enfrentarse a él en la URSS. Antes de partir y en lo más hondo de su demacre, se reencuentra con Jolene, que la ayuda a salir de ese pozo que la consumía. Así, viaja a la URSS, donde llega a la final contra Borgov, al que finalmente logra vencer.

Hasta aquí pueden no verse rasgos que defiendan la ideología comunista, ya que la serie nos muestra a unos Estados Unidos venciendo a los soviéticos en su propio país. Sin embargo, existe una lectura en clave de propaganda comunista en la que el ajedrez representa el mercado y Beth Harmon es un puente entre el liberalismo y el comunismo, resultando este último triunfador en Gambito de dama.

Para entender esta analogía hace falta trasladarse al arte de mediados del siglo XX en Estados Unidos y la Unión Soviética. En él, vemos la existencia de dos tipos de propaganda, la liberal y la comunista, dirigida a las élites culturales y políticas. La liberal, representada por Estados Unidos y apoyada por sus Gobiernos, tenía como objetivo la promoción de sus ideas capitalistas del libre mercado en las que los precios se fijaban por ajustes recíprocos de economías individuales, lo que Friedrich Hayek concebía como catalaxia (Hayek, Derecho, legislación y libertad, 2018). Para ello, artistas como Jackson Pollock, Willem de Kooning o Arshile Gorky centraron su obra en el expresionismo abstracto, donde la estructura desaparece y se asume cierta libertad en el arte que conlleva, además, un riesgo. La principal técnica representativa de esto es el dripping, la cual consiste en dejar gotear la pintura sobre el lienzo, esparcida como salpicaduras a base de pinceles u otros materiales. A pesar de que algunos críticos como Alfred J. Barr o Robert Coates acuñaron el término expresionismo abstracto, este tipo de arte fue bautizado por John D. Rockefeller como pintura de libre empresa (Stonor, La CIA y La guerra fría cultural, 1999). Así pues, esta corriente artística fue una respuesta directa al arte de propaganda soviética con exponentes como El Lissitzky, máximo representante del constructivismo, donde se encuentran otros artistas como Varvara Stepánova o Alexander Vesnin. Sus obras se basan en formas geométricas con estructuras claras y medidas en su composición, lo que se traduce en un modelo económico planificado donde el estado garantiza un funcionamiento exacto y perfecto en todos los sectores. Mientras que el comunismo abogaba por un orden, una planificación y una colectividad, el capitalismo defendía el libre mercado, la improvisación y el individualismo.

Number 1A, Jackson pollock (1948)
Proun 1 C, El Lissitzky (1919)

 

 

 

 

 

 

Esta dicotomía entre arte soviético y arte estadounidense de mediados del siglo XX tiene una analogía con Gambito de Dama, pues en la serie se enfrentan esencialmente dos países, Estados Unidos y la URSS, Beth Harmon contra Vasily Borgov. Aunque, como he dicho, parece que la victoria es de EEUU, el capitalismo hecho país, esta victoria se logra cuando Beth Harmon, ya conocedora del funcionamiento del sistema, comulga con ciertas ideas comunistas.

En primer lugar, a lo larga de la serie se nos muestra a una Beth libre, que improvisa sus jugadas y por su propio genio vence en la mayoría de ocasiones a sus compañeros estadounidenses, imponiéndose como campeona del país. Sin embargo, esta estrategia ligada a la libertad de Harmon fracasa en dos ocasiones ante el juego frío de Borgov. El perfil que mantiene la protagonista hasta el episodio final de la serie de manera creciente es el de alcohólica y drogadicta, un perfil que EEUU buscó y encontró en Jackson Pollock, pues la imagen del capitalismo debía permitir el vicio americano modélico de Hemingway, el alcoholismo. Harmon, entonces, como una borracha imagen de Pollock y los Estados Unidos, fracasa sumida en la soledad, en su propio individualismo. Se queda sola ante el mundo. Entonces, llega Jolene, su amiga del orfanato que no veía desde entonces, y la ayuda a salir de sus adicciones.

Después, Harmon se encuentra con Benny Watts, amigo y cocampeón de EEUU junto con ella. En la conversación, Watts le expone las diferencias de juego entre los estadounidenses, individualistas, y los soviéticos, en equipo; siendo este el motivo por el que les ganan siempre al ajedrez.

Más adelante y ya en el último episodio de la serie, nos encontramos con que, ante la necesidad de dinero de Harmon para ir a la URSS, la asociación Cruzada Cristiana se ofrece para financiar el viaje siempre y cuando ella se posicione en contra del ideario marxista-leninista y a favor del cristianismo. Ella deniega esta oferta, rompiendo las relaciones con la asociación y devolviéndoles todo el dinero invertido en ella, yendo a la URSS por medios gubernamentales.

Con este escenario llegamos a la final entre Harmon y Borgov, una partida reñida que se aplaza al día siguiente por petición de Borgov y en la que ella cambia su modo de juego más libre por uno más cercano al del mundo ruso. En la noche, Beth encuentra a Borgov junto con ajedrecistas excampeones soviéticos que le dan la clave para vencerla. Con todo en contra, recibe a Townes, compañero de ajedrez, y una llamada de todos sus amigos del mundo del ajedrez que, juntos, la ayudan y le dan las claves para vencer a Borgov.

Así pues, la protagonista vence a los soviéticos al rechazar el modo de vida anterior ligado a las drogas y el estilo de juego individualista estadounidense, adoptando un modelo ruso. Aquí, el capitalismo cae definitivamente ante el comunismo en la figura de Beth Harmon.

Finalmente, la última escena de la serie nos muestra a la protagonista volviendo en coche al avión para ir a Estados Unidos. Sin embargo, rechaza tomar el vuelo hacia este mundo capitalista al bajar del coche y quedarse allí, en suelo soviético. Allí, pasea tranquilamente hacia un lugar, una avenida en la que un grupo de ancianos juega al ajedrez. Ellos la ven y se lanzan a saludarla, acogiéndola con cariño y admiración mientras Beth Harmon se sienta con uno de ellos invitándole a jugar.

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