Las edades de Gambito de dama

Cuando me recomendaron la famosísima serie Gambito de dama estaba emocionada. No he sido nunca una mujer de ajedrez, para qué nos vamos a engañar. Todo lo que sabía era que el caballo se movía en ele y lo poco que nos enseñó nuestro queridísimo Harry Potter en el final de la primera de sus películas. Aun así, tenía ganas de ver la serie por las buenas palabras de gente a la que considero pareja en cuanto a gustos, además de un tráiler que pude ver de pasada y que me engatusó: una mujer quería apuntarse a un torneo de ajedrez, pero no tenía puntos, así que dos hombres la animaban a que se fuese a hacer otras cosas. Porque las mujeres no compiten en torneos de ajedrez. Se equivocaban. No había visto nada de la serie, pero sabía que esa mujer no iba a perder, que les iba a cerrar la boca. Pero qué sorpresa la mía, no sólo cerraría la de aquellos personajes masculinos, también cerraría la mía formando un gesto serio, cansado, rozando con la exasperación.

Y es que lo que más me sorprendió de la serie no fueron las formas de jugar al ajedrez, o bueno, para ser más exactos, no fue solo eso. Fue la edad de la actriz y la edad del personaje. Creía que era una mujer la que salía en el tráiler, una mujer de unos veintimuchos años, pero qué casualidad que la hipersexualización de las niñas no termina nunca, ni siquiera cuando nos quieren enseñar a un personaje femenino rompiendo contra todo lo que se nos ha puesto sobre los hombros. 

En Gambito de dama se hace lo que se lleva viendo desde hace años y parece que no existe: la normalización de que mujeres de veinticuatro, veinticinco o veintitantos años interpreten de adolescentes de diecisiete. Y lo peor de todo, que se normalice que esas niñas de diecisiete puedan gustar a hombres mucho mayores que ellas. ¿Cómo puede normalizarse esto? Muy fácil: poniendo a una mujer de más de veinticinco años haciendo de una adolescente de diecisiete para que creamos que, físicamente, podría pasar. Moralmente no debe suponer un problema poner a mujeres actuando como adolescentes. Tampoco que no importe que mayores de edad se acuesten con hombres de casi treinta porque una ya es mayor de edad. 

Normalizar en la ficción que mujeres menores de edad o que rocen la veintena se acuesten con hombres mucho más mayores no provoca otra cosa que la normalización e hipersexualización de adolescentes. Esas niñas en cuerpos casi de mujer que quedan muy lejos de serlo. Esos hombres que creen estar haciéndoles un favor a ellas cuando el favor no es sino una normalización de una violencia y una desigualdad evidente en las relaciones de pareja. No, no estoy chapada a la antigua, no soy una monja como muchos me han dicho cuando exponía esto en mi entorno, y por supuesto que no soy de las que creen que si se quieren

Esto va más allá del amor porque, amigas y amigos –sobre todo amigos que creen que no están haciendo nada malo en enviarle un mensaje por la red social por la que os relacionéis–, lo que sentís por esas mujeres no es sino el producto de las películas o  series que, como el porno, nos muestran que es absolutamente normal que te guste una niña. Sí, me habéis leído, porque si tú tienes veinticinco años y te fijas en una de diecisiete, lo siento, Antonio, pero es una niña y tú deberías hacerte ver eso que se llama heteropatriarcado e hipersexualización porque no es solo que no te haga bien a ti, es que al final no nos hace bien a ninguna de nosotras. Tampoco a esas adolescentes a las que educan para ser gustadas por hombres mayores y que no saben que se están metiendo en la boca del lobo.

Y con esto no quiero decir que seamos indefensas, que optemos por el personaje menos inteligente de la película; es que me aburre sobremanera que los hombres de treinta años no se fijen en mujeres de treinta años. ¿Estamos locos? Desde luego que sí. No hay una sociedad más podrida que aquella que quiere hacernos ver como normal que haya tanta diferencia de edad cuando todas y todos –sobre todo todas– sabemos cómo éramos con veinte años, con diecisiete, con dieciocho. 

No éramos las mujeres formadas, las mujeres feministas que somos ahora. No fuimos capaces, muchas de nosotras, de poner una línea que no sobrepasar. ¿Qué nos hace pensar que las adolescentes de ahora son capaces de serlo? Claro que depende de la educación, ¿pero no sería mejor educar a los directores y directoras en la normalidad de las adolescentes representadas por adolescentes que se relacionan con adolescentes y que no busquen a hombres mayores con los que ahogar su vacío? Creía que ya habíamos superado An education o Perdona si te llamo amor, pero parece ser que no.

Al final, Gambito de dama es muchas cosas más allá de lo bien que se le da el ajedrez a una mujer: es la perpetuación de una serie de actitudes que no hacen otra cosa que perpetuar que cada vez sean más jóvenes las mujeres que buscan los hombres, tanto que a Leonardo DiCaprio parece que le sube la fiebre si su novia cumple los veintiséis años –frente a sus cuarenta y seis–. Sé que ha habido muchas personas en contra de su actitud para con las mujeres; sin embargo, no es suficiente. Seguimos viendo series como esta y apenas nos damos cuenta de todo el submundo de machismo que subyace. No creemos que haya nada malo en que la protagonista de Gambito de dama guste siendo menor de edad a según qué elementos masculinos que ven en ella algo que, sinceramente, no deberían ver. 

A todos nos gusta sentirnos jóvenes, pero hay que ser más realistas que salidos, y creo firmemente que tenemos una actitud pendiente de mejorar si queremos crear relaciones interpersonales sanas y sin jerarquías. Porque puede parecernos que el amor puede con todo, pero eso solo es seguir con el ritmo heteropatriarcal de que, sea como sea la relación, si hay amor no importa nada más, cuando todas sabemos que no es así. El amor, por suerte, no ha podido con todo a lo largo de la historia, y no podrá.

Hagamos series con personajes reales, con relaciones reales, con críticas reales. Claro que hay una crítica detrás de Gambito de dama, pero no es suficiente, estamos en el siglo XXI, actuemos como tal.

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