El universo literario será feminista o no será

La dinamitación del canon poético tal y como lo conocemos hoy en día (heteropatriarcal, y, por lo tanto, machista y excluyente), exige pasar por la acción política, de tal modo que se precisa de sujetos que lleven a cabo acciones activas. Una de esas acciones sería, claro, la del proceso de lectura.

Propongo un ejercicio sencillo. Este consiste en entregar a alguien un libro de texto, cualquiera de la educación obligatoria. Se le propondrá a esta persona que analice críticamente a las y los poetas que el libro recoja. Aparecerán, quizás, Emilia Pardo Bazán o Rosalía de Castro. Y poco más. Probablemente, si el libro contiene el siglo XX o XXI, aparecerán, proporcionalmente, más mujeres. Pero no son suficientes, desde luego, para compensar la desigualdad histórica del conjunto de todos los temas anteriores, dado que, del total, solo una pequeña parte serán autoras. Si la persona a quien hayamos pedido este análisis es mínimamente crítica, podrá llegar por su cuenta a estas mismas conclusiones. Quizás, incluso, se exalte ante tamaña injusticia. Ahora bien, la segunda parte del ejercicio consiste en preguntar al sujeto en cuestión por su propia biblioteca personal, o por las últimas compras en libros de poesía.

¿Serán sus lecturas feministas, o seguirán contribuyendo a perpetuar un panorama literario que relega a las mujeres a un segundo plano?

El problema es de bulto. Si bien hay muchos lectores y lectoras que observan cómo los libros de texto siguen reproduciendo una desigualdad complicada de vencer, son pocos los que son consecuentes con sus actos. Y es que no se puede, por ejemplo, quejarse o criticar el universo poético y seguir regalando únicamente a Neruda por Navidad. No es solo, además, que las mujeres sean un trasunto anecdótico dentro del sistema educativo, reflejo de un canon establecido por el grupo dominante. Sucede también que la imagen que aparece en dicho canon no es, desde luego, ni real ni feminista. Porque la mujer, desde los estudios literarios, es o virgen o demonio, algo que explica bien Erika Bornay en su libro Las hijas de Lilith:

Estas dos visiones de la mujer, este maniqueísmo tan agustiniano, una, como expresión de lo más puro y luminoso, otro, como expresión del mal, de lo diabólico, lo hallaremos mucho más adelante, en el siglo XIX, en el mismo Baudelaire respecto a su concepto del sexo femenino.

Si en la tradición poética se describía a la mujer como un ser dual, esta idea acabaría por consolidarse con la llegada del Romanticismo del XIX. Por tanto, el canon refleja dos problemas de base: el primero, que las mujeres poetas son anécdotas dentro del campo literario; el segundo, que la representación de la mujer siempre se ha dado desde el punto de vista de la recreación de un objeto pasivo, que, o bien aparece idealizado, o bien se convierte en el receptáculo de todos los males.

Llegados a este punto, no basta con haber entendido lo que sucede. Es decir, atender al plano teórico y formarse una idea sobre el papel de los hechos, del estado de la cuestión, es algo esencial. Pero lo que hay que tener realmente en cuenta es que esto es solo el primer paso para la reformulación del universo literario en general, y poético en particular. Al canon no se lo cambia solo desde estudios o análisis teóricos; se lo cambia, fundamentalmente, con lecturas. No trato de explicitar, en modo alguno, que deban obviarse todas las lecturas que ya están incluidas en el canon. Lo que intento expresar es que a las lecturas canonizadas se deben añadir otras nuevas, y nunca olvidar, para todas ellas, el punto del que se parte.

Unas de autoras que más se afanan en la tarea de reconstrucción del universo literario son las mujeres pertenecientes al colectivo Glitter Zines. Sus fanzines son manifiestos donde se incluyen poemas escritos por Elena Barrio, e iluminados con fotografías tomadas por Henar Bengale. Entre ellos, podemos encontrar Nietas de la hoguera, que habla precisamente de la apropiación necesaria que las poetas pueden realizar de la figura de la mujer bruja, reclamando así como propia una imagen que ha sido utilizada a lo largo de los siglos para destruir a las mujeres: “soy / una zorra / una bruja / una arpía / una furia”. En otra de sus publicaciones, Supernova, se reivindica a las astronautas y científicas; es decir, se pone el foco en aquellas mujeres olvidadas por cuestión de su género. Otra de sus creaciones, Hermana(s), fue diseñada para visibilizar “el acoso machista que sufrimos y que queda impune”, y surgió a raíz del polémico juicio a La Manada. El colectivo, por tanto, enfatiza en lo que María José Porro Herrera describe del siguiente modo en su artículo “De la misoginia al feminismo irónico: estrategias retóricas”: “la lucha por romper el estereotipo [las diferentes manifestaciones misóginas en literatura] surgió casi en paralelo a la aparición de este tipo de literatura y hubieron de ser las mujeres quienes la protagonizaran de manera más evidente”. Son las mujeres poetas las que deben tomar las riendas del discurso poético establecido, algo en lo que Barrio hace hincapié en los siguientes versos:

Sólo unidas somos libres,
sólo unidas conquistaremos ambos reinos,
solo unidas tenemos poder,
solo unidas conjuraremos el fin de esta dictadura.
Nietas de la hoguera

La misma Elena Barrio es autora del recientemente publicado Detrás del aire hay monstruos, libro donde las mujeres son protagonistas absolutas. Barrio, además, hace especial énfasis en la idea del cuerpo femenino, revisitando un tema que ha sido tomado en el universo poético por los hombres poetas, haciéndolo suyo, desvirtuándolo, dañándolo, convirtiéndolo en una cuestión ajena a la propia mujer. Sus versos, además, son un claro reflejo del momento en que nos encontramos, y están repletos de rabia por todo lo que no se puede abarcar desde un activismo feminista que se podría denominar tranquilo:

La cultura de la violación
Temo de veras el día
en que todo el odio que estáis sembrando en mí,
estalle y se lleve a un alma inocente por delante.
De verdad, temo mis adentros, mis sombras,
temo toda la ira que resuena en mí
por haber nacido mujer en este mundo,
carne vacía.

Temo mis manos tiernas,
cargadas de violencia.
Temo mis dientes blancos,
que supuran rabia.
Barrio

Otra buena forma de cambiar moldes es leer antologías poéticas, porque permiten acercarnos a múltiples autoras a un tiempo, y verlas además en perspectiva comparada. Especial importancia tienen, en este punto, aquellas antologías dedicadas a recoger solamente a las autoras. No me refiero, sin embargo, a obras como la canonizada Las Diosas Blancas (1985), donde el antólogo –hombre- se dedica, entre otras cosas, a explicar que las mujeres poetas tienen, indiscutiblemente, una calidad muy inferior a la de sus colegas hombres, y, por tanto, no las ve como competencia (idea no tan lejana en el tiempo; recordemos las palabras de Chus Visor hace apenas unos meses):

Hago esta antología de poemas escritos por mujeres porque me apetece levantar un censo de amores imposibles. Llevándola adelante he descubierto que la única poesía que de verdad me gusta es la que escriben las mujeres. La otra, la de los hombres, es cosa de rivales o camaradas páticos. Está muy bien: pero siempre me ha resultado molesto tener que reconocer que un tío es guapo (y fíjense que ni siquiera escribo “más guapo que yo”; sería intolerable).
Buenaventura

Me refiero aquí a antologías como (Tras)lúcidas. Poesía escrita por mujeres (1980-2016), coordinada por Marta López Vilar, o la más reciente Sombras di-versas, de Amalia Iglesias. Antologías donde las mujeres son sujeto activo, donde su nombre no es un eslabón en una lista de supermercado. También antologías en red, como la de este mismo medio 39 Mujeres 39 Poemas, donde las autoras tienen voz más allá de un antólogo que las agrupa para la vanagloria personal.

Pero estos son solo algunos ejemplos de obras que leer para practicar una incisión en el canon poético, para empezar a quebrar sus cimientos, o, al menos, añadir desde los márgenes una nueva experiencia lectora. No se trata, evidentemente, de leer solo obras de mujeres, o de bucear en temas estrictamente relacionados con el activismo feminista (si bien toda lectura feminista tiene, por su propia naturaleza, cierta entidad activista), pero es cierto que dar voz a las poetas es algo necesario hoy día. Otra de las autoras que reivindica el feminismo, esta vez desde el punto de vista del ecofeminismo, es María Sánchez, quien con su voz reinventa el campo y lo traslada a nuevos paisajes en su libro Cuaderno de campo. O Luna Miguel, cuya promoción en Facebook de su ensayo El dedo: apuntes sobre la masturbación femenina, fue censurada por los trabajadores de dicha plataforma. Pero hay muchas más. Desde el lenguaje personalísimo de Claudia González Caparrós en Si la carne es hierba (Sully Morland), hasta Los salmos fosforitos de Berta García Faet; de Objetos perdidos, de María do Cebreiro Rábade Villar, al Humedal de Daiana Henderson.

No, el canon no se cambia solo. El universo poético no se tambalea si las lecturas que llenan las bibliotecas siguen asentando un universo poético que aleja a las mujeres de su centro y las considera esa rara avis que merece respeto solo por lo anecdótico de su presencia. Leer es un buen instrumento de participación activa para comenzar a buscar una nueva estructura que ampare a las autoras. Considerándolas a ellas, visibilizando su obra y su situación, estaremos ayudando a cambiar, desde el universo literario, todos los universos que componen la sociedad.

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