La tipografía es tecnología. También. Porque es otras muchas cosas más: comunicación, expresión… incluso decoración, en el más innoble de sus quehaceres, según mi muy intencionadamente parcial punto de fuga. Los tipos de letra se han diseñado desde 1450 en función de las máquinas en las que iban a ser impresos y la evolución de la tecnología de la imprenta ha supuesto la consiguiente evolución de la manera de diseñar alfabetos. Hay autores que retrotraen los orígenes de la cultura de masas precisamente a la invención de la imprenta (Williams, 1974:21; Thompson, 2010: 79), es decir a la invención de los tipos móviles —que no es otra cosa lo que inventa Gútenberg—, de la tipografía pues, tal y como la entendemos ahora, y no a la Revolución industrial o a su siguiente etapa del consumo masivo que comienza en las primeras décadas del siglo XX como teorizaron con afilada inteligencia los muy críticos de la Escuela de Frankfurt1. Pero sucede que en esa evolución hay un punto de ruptura, una discontinuidad abrupta que acontece desde finales del siglo pasado dividiendo la tipografía en dos caminos divergentes. Uno de ellos se llama pantallas.
Si no les resulta demasiado engorroso, tómense por un momento la molestia, o la pequeña aventura, de ir al visualizador del código de su navegador, del software con el que están leyendo esto. Si lo hacen desde Chrome, por ejemplo, presionen control+mayúsculas+i, o botón de la derecha del ratón y vayan a ‘inspeccionar’. Se les abrirá una ventana auxiliar donde aparece el código dividido en dos apartados (se puede ver todo el código desde control+u o ‘ver código fuente’, pero lo que se obtiene así es bastante más aparatoso y seguramente nos complique las cosas). No se dejen intimidar por las letras y números sin aparente significado, ni piensen que se ha roto nada. La ventana con el código que ha aparecido en el lado derecho de su pantalla se desactiva de la misma forma en la que la hemos activado. Miren ahora el apartado ‘style’ (que es donde está el código CSS) e intenten localizar el término ‘body’, dentro del cual tiene que aparecer esta propiedad: font-family: ‘Roboto’, serif;. También se puede hacer de una forma más sencilla con la extensión de Chrome ‘WhatFont’ y una vez instalada y activada pasando el cursor por encima de la fuente que queremos identificar. Roboto. Se trata de la tipografía de este artículo que están leyendo. Roboto. ¿La más famosa de cuantas se han diseñado específicamente para una pantalla? Desactiven el código.
Este punto de ruptura del que hemos hablado, la aparición de las pantallas, trajo consigo la necesidad tanto de diseñar tipos de letra específicos para ellas como de adaptar los tipos de letra que existían hasta ese momento. La digitalización supuso, además, la necesidad de crear archivos informáticos que contuvieran los tipos de letra codificados. Y es que si la superficie impresa recibía de manera absolutamente precisa las formas de los tipos grabados en bloques de metal —los famosos tipos móviles de Gútenberg— las pantallas obligaron a tener que codificarlos en píxeles, en la rejilla de píxeles en la que se divide cada una de ellas, eso que llamamos resolución. Y todas prácticamente distintas. Con cuerpos pequeños inferiores a unos 10 puntos tipográficos, que es la manera en la que llamamos al tamaño de las letras, y resoluciones de pantalla muy bajas, resultó al comienzo muy difícil representar fielmente los tipos de letra, especialmente aquellos con rasgo o serif. Así que la tecnología se inventó distintas técnicas como el antialiasing (suavizado) o el hinting (Allison, 2008: 124-128) que aparecieron en los formatos para fuentes PostScript Type 1 de Abobe en 1984, aquellos que necesitaban dos archivos por cada tipo de letra, uno para la impresora y otro para la pantalla. ¿Recuerdan? ¿No?, qué suerte. Porque esa fue otra, la estandarización de los formatos. Mapa de bits, PostScript Type 1 y Type 3, True Type, Open Type, Web Open Font Format… Posiblemente quien mejor lo cuenta es José María Cerezo en esa obra ya de culto que es Diseñadores en la nebulosa. El diseño gráfico en la era digital (Valencia, Campgràfic, 2017). Para que se hagan una idea, es un libro tan bueno que a pesar de abordar el cambiante mundo digital —donde los artículos científicos quedan en ocasiones obsoletos antes de publicarse, ya que se tardan meses para su revisión previa por pares, y no exagero— y de estar publicado originalmente ¡en 1997!, ha vuelto a editarse en 2017 porque sigue siendo tan actual como hace 20 años. Con un apéndice añadido, además, en el que trata asuntos tan fascinantes como el de las variable fonts que posiblemente cambiarán la tipografía digital hacia un nuevo paradigma. Aunque esa es otra historia.

Hablábamos de Roboto, no me olvido. Esta es una serie sobre tipos de letra. Es muy jovencita Roboto, jovencísima. Como la web. Más incluso. La diseñó el norteamericano Christian Robertson en el año 2011 pero no la vimos en las pantallas hasta el año 2015. ¿Cómo es posible entonces que en tan corto período de tiempo haya tenido tanto éxito? Tanto como para llegar incluso a hartar. Responsables de sitios web importantes como Fernando Mas (El Mundo, El Español, El Independiente) han confesado públicamente en Twitter hace unos días que “empiezo a odiar la Roboto”. ¿Un éxito debido a que tal vez tiene una dilatada gama de variantes que van desde thin, light, regular, media, bold hasta black, además de sus versiones condensed? No lo creo. Hay muchas fuentes con esas e incluso con muchas más variedades. ¿Por ser de descarga gratuita? Tal vez, otra ventaja que comparte con unas… ¿100.000 fuentes más? Tengo la impresión de que la razón última va a ser que el bueno de Robertson tuvo la suerte de haberla diseñado por encargo de Google, y ya conocemos lo empeñado que está el oráculo en pensar por nosotros. Sí, porque además de lo que decíamos al comienzo, también la tipografía es conocimiento, maneras de transmitirlo, epistemología.
Y me atrevo a suponerlo porque, sinceramente, para mí Roboto es una tipografía que tiene caracteres pero apenas tiene carácter. Aunque seguro que más de alguno piensa que los tipos de letra no tienen carácter. O no han pensado en ello, que es lo más probable. Háganlo. No se dejen manipular. ¿Que está diseñada específicamente para la pantalla y cumple esa función a la perfección? Seguro. Como también lo están las fabulosas Georgia y Verdana diseñadas en 1993 y 1994 por el gran Matthew Carter para Microsoft y que nada tienen que ver con la robótica Roboto, excesivamente amplio el ojo de sus letras minúsculas, excesivos sus espacios blancos internos, posiblemente una buena elección para el texto base —como el que están leyendo— aun a riesgo de caer en la uniformidad de tantas páginas web iguales a la nuestra (el odio de Mas, ya saben) y desde luego un absoluto error si alguien se dignara a usarla en cuerpos grandes para titulares. Titulares sin alma. De robot.
Para las pantallas, y dándole la vuelta a los problemas de la rejilla de píxeles de la que hablaba al comienzo, tenemos auténticas muestras de creatividad y carácter, como la tipografía Bitcount, diseñada en 2017 por el holandés Petr van Blokland. Tipógrafo que comienza a experimentar con píxeles y tipos de letras nada más y nada menos que desde finales de los años 70, tal y como nos cuenta el propio autor en The making of Bitcount.

Pero Roboto insiste en definirse precisamente por esa característica de la que tanto presume: estar diseñada específicamente para las pantallas. Como si de los tipos de letra anteriores a las pantallas se hubiera dicho en algún momento la perogrullada de que estaban concebidos para la imprenta. Ya. Claro. Para sujetar papeles o lanzarlos a tus semejantes —no se me ocurren en este momento muchos usos alternativos más— no se toma nadie la molestia de fundir en metal alfabetos completos con diferentes estilos y tamaños. Y no es que hacer una tipografía digital sea una labor sencilla ni descansada. Todo lo contrario. Prueben ahora un último experimento —es el último que les pido en este artículo, les doy mi palabra—: dibujen una letra a, primero tal vez a lápiz para plasmar en un boceto la idea. Porque hace falta tener una idea de lo que queremos hacer, para qué, el diseño no es decoración, es comunicación. Ahora necesitan tener cargado en su ordenador un programa de diseño de tipografías —sé que esto es más complicado, pero si hay suerte…— como FontLab o Fontographer (son los dos estándar, aunque son muy caros. Daniel Rodríguez en su imprescindible tipografiadigital.net recomienda también alguno gratuito y de código abierto como FontForge, en cuya web pueden incluso encontrar y descargar gratis todo un manual, en inglés, of course, sobre diseño de tipografías), o el que sea porque la herramienta siempre es secundaria, en el diseño de tipografías y en el diseño gráfico o periodístico en general. Llegados a este punto, con su letra dibujada a mano y el software listo, o bien escanean el boceto y lo importan para dibujar encima de él en el programa de diseño de tipografías, como si lo calcásemos, o bien dibujan directamente en el software tomando como modelo visual su dibujo utilizando las famosas y puñeteras curvas de bezier, hasta tener completado ese carácter, la letra a. A continuación, imaginen ya sin tener que seguir manos a la obra, todo el mismo proceso para la letra b, be minúscula. Y luego… ya saben. Completar el alfabeto. Y empezar de nuevo con la A mayúscula. Y luego… ya saben. Completar el ALFABETO. Y empezar de nuevo con una a minúscula en cursiva… minúscula negrita… extra bold (¿recuerdan todas las variantes que mencionábamos antes de la Roboto?). Y así con todos los signos que componen el mapa de caracteres de una fuente, echen un vistazo en su ordenador si han logrado llegar hasta aquí (Inicio – Todos los programas – Accesorios – Herramientas del sistema – Mapa de caracteres). Y sus variantes en cursiva, negrita… Es cierto que el software ayuda y puede automatizar la labor, siempre y cuando nos conformemos con algo mediocre y estandarizado. Algo que no sucede en los tipos de letra de calidad, en los que además hay que definir la distancia óptima entre cada par de caracteres. La eme con la a, ma. Una labor casi intimidante, ¿verdad?, la del diseño de una tipografía completa.
Resulta imposible imaginar, al menos me lo resulta a mí, tener que hacer todo eso que estamos imaginando hasta ahora en la pantalla de un ordenador, pero grabado en punzones de acero. Uno para cada uno de esos caracteres, variantes… a lo que había que añadir tamaños porque una tipografía digital no tiene un tamaño, los tiene todos, mientras que los bloques de metal tenían sólo un tamaño y había que hacer todas y cada una de esas variantes en todos y cada uno de los tamaños necesarios para imprimir. Letras fundidas en plomo, antimonio y estaño, la llamada “aleación tipográfica”. Nuestra fría Roboto suele presumir con altanería de que ella fue diseñada para las pantallas mientras que otras razas tipográficas clásicas en realidad son adaptaciones digitalizadas de cuerpos metálicos. Pero en silencio, entre las pequeñas grietas de su enorme e inflado complejo de superioridad se cuelan a veces pequeños pesares y fogonazos de envidia por el cuerpo sólido que nunca tuvo. Ideas que no puede ahogar en alcohol pero sí en el infinito mundo líquido en el que habita, en el que flota y navega y navegamos y casi nos ahogamos porque el nivel de la sociedad líquida de Bauman sube sin cesar agotando las fuerzas principalmente de los que más tiempo llevamos luchando por mantenernos a flote. Entre brazadas vemos a recién llegados muy entusiastas. Pobres.
Miren ahora las letras que están leyendo. No somos demasiados quienes leemos viendo las letras. Son caracteres que nunca nadie fundirá en un cuerpo de metal a pesar de llamarse Roboto.
1 Lean, por ejemplo, el fascinante libro del periodista y crítico cultural británico Stuart Jeffries publicado en 2018 con el título de Gran Hotel Abismo. Una biografía coral de la Escuela de Frankfurt (Turner).
Mario Benito. Periodista especializado en diseño periodístico. He trabajado durante… muchos años en periódicos (‘El Sol’, ‘La información de Madrid’, ‘Marca’, ‘El Mundo?), o en la radio como corresponsal del sur de Madrid para los informativos de la Cadena Cope, pero ahora soy un emigrante hacia el mundo académico con un postmáster en Periodismo Cultural por la Universidad Rey Juan Carlos. Mi próximo proyecto es llevar a cabo un doctorado sobre el diseño de la cultura en los periódicos españoles.


