Progreso y barbarie, Karl Marx y Walter Benjamin

Walter Benjamin en su libro apócrifo, Tesis de filosofía de la historia, habla sobre un cuadro de Klee llamado Angelus Novus. En este cuadro hay un ángel con cara de alerta, bastante rara imagen, ya que los ángeles son querubines del cielo. Por si esto no fuera poco, este ángel tiene las alas abiertas. Y aquí dice Benjamin: “este deberá ser el aspecto del ángel de la historia”. La explicación a ese rostro asustado -ojos y boca abierta- es porque ha girado la cara hacia el pasado; donde nosotros vemos una historia, un relato bien contado en los libros, datos, él ve una catástrofe que se amontona ruina tras ruina -sumerios, babilonios, griegos, romanos, visigodos… Este ángel quisiera detenerse y volver a despertar a los muertos y recomponer las ruinas de la Roma imperial, pero desde el paraíso sopla un viento huracanado en el cual se ha quedado atrapado y por mucho que bate sus alas es arrastrado igual -de ahí las alas abiertas en el cuadro. “El huracán le empuja irremediablemente hacia el futuro, al cual da la espalda mientras montones de ruinas crecen ante él hasta el cielo”. Este huracán, nos indica Benjamin, es lo que nosotros llamamos progreso.

Marx, prácticamente un siglo antes también tenía una forma poco idílica de describir el progreso. En este extracto de El capital nos lo detalla:

“El descubrimiento de los yacimientos de oro y plata de América, el exterminio, la esclavización y el sepultamiento en las minas de la población aborigen, el comienzo de la conquista y el saqueo de las Indias Orientales, la conversión del continente africano en cazadero de esclavos negros: tales son los hechos que señalan los albores de la era de producción capitalista. Estos procesos idílicos representan otros tantos factores fundamentales en el movimiento de la acumulación originaria. Tras ellos, pisando sus huellas, viene la guerra comercial de las naciones europeas, con el planeta entero por escenario. Rompe el fuego con el alzamiento de los Países Bajos, que se sacuden el yugo de la dominación española, cobra proporciones gigantescas en Inglaterra con la guerra antijacobina, sigue ventilándose en China en las guerras del opio, etc”.

Si como Benjamin y Marx dicen, el progreso está forjado a sangre y fuego, la barbarie, por otra parte, sería la cara b del progreso -esa que todos quieren ocultar, pero que siempre acaba saliendo a flote. Recordemos que el gas Zyklon B era un producto destinado para matar piojos, no personas como acabaron utilizándolo los nazis. O sin ir más lejos en el capítulo final de Juego de tronos, donde el personaje mesiánico de Daenerys Targaryen acaba por quemar esa rueda que tanto decía querer romper -las luchas por el poder de las diferentes familias nobles de Poniente y sus guerras- quemando todo Desembarco del Rey para poder construirlo de nuevo para realizar el futuro soñado en el presente.

Michel de Montaigne en sus Ensayos, en el capítulo llamado Los caníbales, explica la historia de cierta tribu de la costa brasileña y su relación con la antropofagia -costumbre que se pasó de moda en el XVI- como forma de meter miedo a los pueblos vecinos. Antes de “desinteresada visita” de españoles y portugueses, este pueblo, junto con muchos otros convivían con sus vecinos de una forma totalmente distinta. En tiempos anteriores a la colonización de América, ya había guerras y barbarie -no es que el hombre blanco sea el creador del mundo, el mundo ya existía, a diferencia de lo que muchos pensadores crean hoy en día – pero estas guerras y este tipo de barbarie eran de un modo concreto. Al llegar los europeos, todo cambió. Donde antes los pueblos agasajaban a sus enemigos, una vez capturados, mientras que les daban todo tipo de manjares y reposo les decían que su vida estaba a punto de acabar -una especie de maltrato psicológico y tortura de la época. Llegaba el día en que a estos presos los cogían y entre los hombres de la tribu, cada uno sujetaba por un brazo al rehén y lo mataban a cuchillazos, luego lo asaban y se lo comía toda la tribu. Ahora, tras el “encuentro” con los portugueses -y entrar en relaciones comerciales con ellos- después de capturar a sus enemigos, los mataban enterrándolos hasta la cintura, les lanzaban dardos y luego los colgaban. Aquí Montaigne es práctico, y nos dice:

“Pensaron que esa gente del otro mundo, puesto que habían esparcido la noción de tantos vicios en sus proximidades, y eran maestros muy superiores a ellos en toda suerte de malicia, no elegían sin motivo ese tipo de venganza, y que debía ser más acerba que la suya, por lo cual empezaron a abandonar su antigua costumbre para seguir ésta”.

Lo que Montaigne – y Karl Marx estaría de acuerdo- quiere decir, es que los pueblos cambian unas barbaries por otras, pero no la erradican. Una de las tesis máximas de la Escuela de Frankfurt, como Adorno y Horkheimer en Dialéctica de la Ilustración nos explican, es que el holocausto está en el propio corazón de la Modernidad. Pude que les faltara ver que cada construcción del mundo, cada civilización tiene una forma de barbarie, algunas menos sangrientas y criminales que otras, claro -en esto Montaigne seguramente nos daría la razón. Quizá después de Auschwitz no se pueda escribir poesía, pero el mundo continúa girando pese a todo, y ese campo de batalla ampliado, como diría Houellebecq, sigue su brutal y anodino curso.

“Por los años en que Inglaterra dejaba de quemar brujas, comenzaba a colgar falsificadores de billetes de banco”.

Una barbarie se sustituyó por otra, y al descubrir todo un continente el expolio y los desmanes de aquellos que ostentaban el poder se pudo extender al otro lado del océano. Marx continua con lo suyo:

“En 1860, se exportó al Canadá, con falsas promesas, a los campesinos violentamente expropiados de sus tierras. Algunos huyeron a la montaña y a las islas más próximas. Perseguidos por la policía, le hicieron frente y lograron escapar”.

Y sigue:

“A la par que implantaba en Inglaterra la esclavitud infantil, la industria algodonera servía de acicate para convertir la economía esclavista más o menos patriarcal de los Estados Unidos en un sistema comercial de explotación. En general, la esclavitud encubierta de los obreros asalariados en Europa exigía, como pedestal, la esclavitud sans phrase en el Nuevo Mundo”

No debemos olvidar la caza de brujas como la cita anterior de Marx señalaba. Si para el progreso del orden capitalista era requerido una acumulación originaria como nunca en la historia se había visto, expropiando a pequeños campesinos, arruinando a humildes productores, esclavizando a naciones enteras y tiranizando a la nueva clase trabajadora industrial, que nacía tan libre con las cuentas del pasado como despojada de cualquier medio de producción y vida que les permitiese respirar con tranquilidad antes de acabar en la tumba. Con el comercio triangular (exportación de esclavos de África a las colonias, materias primas de América y manufacturas de la metrópoli-Europa hacia el Nuevo Mundo de nuevo, con ese valor añadido del que tanto hoy en día nos gusta hacer gala) también llegó una forma más sofisticada de explotación.

Como Federici en Calibán y la bruja explica si en un primer momento en las colonias había confraternización entre diversos credos, colores de piel y sexos, esto se vino abajo cuando los terratenientes, duques y caciques varios vieron una amenaza para sus tierras, empresas y sobre todo un peligro real de perder el poder que tenían. Entonces, poco a poco fueron insertando la división por castas que reinó durante los siglos posteriores, y disciplinando a la mano de obra de las colonias para que conociesen cual era su lugar -obviamente mediante la brutalidad y la represión. Aquí nos acordamos de Foucault y su biopoder, el poder ejerciendo su dictamen a través del avituallamiento de los cuerpos y vidas de la clase trabajadora.

Puede que otra fase de acumulación originaria esté en proceso, otra vez volviendo a Foucault, que de las sociedades soberanas -las medievales- pasamos a las disciplinarias -el modelo de Estado e instituciones totales de Ervin Goffman – a las actuales, sociedades de control, en palabras de Deleuze. Hoy en día, se disciplinan los cuerpos a través del capitalismo de plataformas, controlando a las masas a través de aplicaciones, tanto su trabajo como el ocio disponible. Deliveroo u Glovo tan solo son un ejemplo de esta nueva forma de trabajo vía App, y de nueva forma de explotación donde ni tan siquiera la empresa paga las cotizaciones sociales. Ya no hay trabajadores, solo colaboradores. El sueño dorado de Thatcher -distopía para el común de los mortales- ya se ha hecho realidad.

“Dice Tomás Moro, en su Utopía: «Y así ocurre que un glotón, ansioso e insaciable, verdadera peste de la comarca, puede juntar miles de acres de tierra y cercarlos con una empalizada o un vallado, o mortificar de tal modo, a fuerza de violencias e injusticias, a sus poseedores, que éstos se vean obligados a vendérselo todo. De un modo o de otro, doble o quiebre, no tienen más remedio que abandonar el campo, ¡pobres almas cándidas y míseras! Hombres, mujeres, maridos, esposas, huérfanos, viudas, madres llorosas con sus niños de pecho en brazos, pues la agricultura reclama muchas manos de obra. Allá van, digo, arrastrándose lejos de los lugares familiares y acostumbrados, sin encontrar reposo en parte alguna; la venta de todo su ajuar, aunque su valor no sea grande, algo habría dado en otras circunstancias; pero, lanzados de pronto al arroyo, ¿qué han de hacer sino malbaratarlo todo? Y después que han vagado hasta comer el último céntimo, ¿qué remedio sino robar para luego ser colgados, ¡vive Dios!, con todas las de la ley, o echarse a pedir limosna? Mas también en este caso van a dar con sus huesos a la cárcel, como vagabundos, por andar por esos mundos de Dios rondando sin trabajar, ellos, a quienes nadie da trabajo, por mucho que se esfuercen en buscarlo»”.

Pero quizá no todo esté perdido.

John Steinbeck en Las uvas de la ira, nos cuenta la historia de los Joad, una familia de pequeños campesinos en Oklahoma afectada por el Dust Bowl- uno de los peores desastres ecológicos del siglo XX, afectó las llanuras de Estados Unidos durante toda la década de los 30, junto a grandes sequías, vientos huracanados que impedían que las semillas creciesen y un suelo maltrecho e infértil tras largos años de malas prácticas agrícolas, el gobierno de Estados Unidos no hizo nada para evitar la catástrofe empujando a miles de familias a emigrar, en el caso de los ficticios Joad, hacia la tierra prometida de California – a la que desahucian de su hogar. Las empresas y bancos que eran dueños de sus tierras han decido implantar el nuevo modelo de agricultura con avances tecnológicos -el tractor y nuevas formas de cultivo ya que la tierra prácticamente no daba rendimientos. Desde entonces se verán inmersos en una serie de desdichas y trabajos prácticamente forzados, atraviesan todo el oeste americano hasta llegar a California, donde recogerán naranjas prácticamente a precio de subsistencia, y donde casi nunca habrá trabajo o condiciones dignas para habitar los campamentos en los que se refugian. Sufrirán todos los estragos de la crisis económica más brutal de todo el siglo XX. En la adaptación de 1940, dirigida por John Ford, el diálogo final de la película es uno de los mejores de la historia del cine -y una también, de las mayores denuncias sociales de todos los tiempos.

Comienza hablando el cabeza de familia de los Joad:

“—20 días trabajando, tengo ganas de meter las manos en el algodón. Ese trabajo sí que me gusta.

Su esposa contesta:

—Puede que sean 20 días y puede que no sean ninguno. SI no hay trabajo no te lo dan.

Uno de los hijos pregunta:

—Mamá, ¿tienes miedo?

Ella responde frunciendo el ceño:

—No volveré a tener miedo jamás en mi vida, ya nos han dado bastantes golpes, demasiados. Parece como si en todo el mundo ya no tuviéramos más que enemigos, como si no tuviéramos ni un solo amigo. Eso me hacía sentirme triste y tener miedo, como si estuviera perdida y nadie me buscara.

—Sí, quizá, pero ahora nos están golpeando mucho.

Continua:

—Sí, lo sé, eso nos da fuerzas. Nacen y mueren nuevos seres y sus hijos nacen y mueren también, pero nosotros estamos vivos y seguimos caminando. No pueden acabar con nosotros ni aplastarnos, saldremos siempre adelante porque nosotros somos la gente. El pueblo”.

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