Así le decíamos, a Juan Manuel, ya desde la primaria, porque sus modos, sus formas y sus gustos, no eran los que la sociedad nos indicaba como correctos para los varoncitos. Una sociedad, que otrora, como la actual, mantenía afuera de la dignidad del comer todos los días, a un tercio de su población total, relegándolos a estos, a la esperanza religiosa, o puntualmente a la resignación cristiana, sea esta, evangélica, pentecostal o romana. Los putos no podían ir a misa, en cuanto tales, es decir, no asumiendo la condición vergonzante, sino escondiéndola detrás de una apariencia, de una piel, de una máscara, una suerte de representatividad ficticia, como la de la democracia que dice ser el gobierno del pueblo, para el pueblo y con el pueblo y no hace más que olvidar, perversamente, las prioridades de los sectores más necesitados o marginales que componen el campo de lo popular o del significante pueblo.

Puto aplicaba también para el otro al que lo queríamos caracterizar negativamente dado que no le simpatizaba el mismo equipo de fútbol o porque llevaba a cabo una acción que desde nuestra individualidad la creíamos desdeñosa o recriminable hasta el proferir el término sagrado, sacralizado como insulto.

Puto nunca entendió de privilegios de género, ya que siempre era mejor estar, ser o parecer una puta, gozar como tal ni hablar, el goce del  puto, aún hoy sigue siendo tema tabú, así lleven pañuelos verdes, naranjas o del color que fuesen los que de esto quieran escribir, pensar o reflexionar. Metafísicamente un puto es un ser que no busca reproducirse o continuar con la especie. Un puto dice basta desde su aquí y ahora, evitándose y por sobre todo, evitando, desde sí,  la humana costumbre de continuar, sin saber muy bien para qué, o mejor dicho, no asumiendo nunca que jamás de esto se sabrá y sólo, cada tanto, en el absurdo mientras tanto, robando un cierto sentido a los aires libertarios. El puto no busca convencer, el puto es pasivo por definición. El puto no irá a la conquista de nada, pero tampoco se quedará replegado, en el caso de que sienta que se le vulnera su derecho a ser, precisamente puto.

Todos aquellos que están en las antípodas de lo que supone la posición del puto, al negarle a este entidad o naturalidad, no hace mas que incentivar, promocionar y auspiciar que, como reacción a una acción, proveniente del temor y el pavor, el mundo tenga que asimilar una militancia, una lucha fatigosa y compleja para que el puto se salga de su condición natural, y en su manifiesto de vida, confusamente, crea que pueda convencer de que en esta vida, no vale la pena continuar más allá de uno. Es decir es al revés, el miedo, como conductor de lo indecible, opera desde lo otro que propone. El temor, como el inconsciente, está estructurado de un modo que no es lineal.

Si reconocemos el pavor que nos da que nada tenga sentido más allá del acabar sexual y que por ende, lo podamos hacer entre nuestras manos o en un orificio, como el anal, donde nada orgánicamente, ocurrirá más luego, no tendríamos nada que objetar ante la posición del puto, de su putes, de cómo la viva y de incluso de que invite a que otros puedan dimensionarla. Sin embargo, a la mayoría el terror les paraliza, y antes que el puto florezca, se le impide a este que termine con su metamorfosis, con su deconstrucción.

Cuando los putos no tengan que salir de ningún lugar, porque se han escondido producto del espanto que nos puede dar el solo hecho de que se presenten como tal, nos daremos cuenta que es necesario que sigamos copulando con fines reproductivos, es decir tal vez nos den más ganas para ello, en sentido contrario, si la lucha de lo humano se reduce a medir el nivel de miedo que se le puede tener a que alguien viva su vida como puto, entonces decididamente será una puta vida que no merecerá que se la continúe ni por otra puta vez, por más puto que sea o que no sea, el próximo que se considere o crea humano.

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