Recuerdo de un sueño: Sinsentido

“estoy harta de cambiar
el agua del vaso”

Danila Stoyánova empezó a escribir poesía a los 13 años, dos después de morir su padre. Ahí descubre la proximidad de la muerte y la narra hasta los 23, cuando esta le llega a ella a causa de una leucemia. Esos 10 años de precocidad e ingenuidad se han juntado en Recuerdo de un sueño, la primera traducción de sus poemas en nuestro idioma que ha traído Editorial Cántico.

Todos somos un “humano color”. Una mezcla de rojos, blancos, verdes, negros y azules sin sentido. Una gama de contrastes demasiado amplia como para llegar a la lógica completa de nuestras ideas. No hay una armonía ni una agonía real en nosotros. Somos un todo. Y de esa mezcla de incongruencia, catástrofe y inquietud nace la obsesión de Stoyánova por la vida y la muerte. La incertidumbre que nos lleva a tenerle miedo a ambas llega a Recuerdo de un sueño. Nunca sabremos el orden exacto de las cosas. Y si llegamos a saberlo nos faltará “mucha fuerza para entenderlas”.

La naturaleza adquiere ese papel de soporte y Stoyánova le carga el peso de todos los problemas. La vida es suya. Nosotros, intentando huir, solo acabamos sucumbiendo a ella. Estamos tumbados en un prado o bañándonos en el mar. Terminamos por conocer el agua en varios de sus estados y reconociéndola en todas partes: lluvia, mar, hielo y lágrimas. Las personas somos muerte, la naturaleza vida.

“Huele a lluvia.
¡Qué olor, Dios mío, la lluvia!
El viento trae consigo sensación de lluvia.
Primavera desenfrenada”

La lluvia es deseada, querida y percibida. Viva y hacedora de vida a pesar de que a veces es inoportuna, seca e indescifrable. Cae desesperada del cielo para morir mezclándose y enseñarnos lo que es la pérdida. Para Stoyánova ahí se encuentra los motivos. Observa como deja de ser gota para ser mar representando ese miedo a que todo llegue. A que las nubes descarguen y mojen. Pero tiene presente que nosotros somos un sinsentido y obviamos que las gotas antes eran mar. Nacen donde mueren. Repiten un proceso constantemente de caer y ascender. Viven siempre y eso es lo que quería ella, vivir siempre. Aunque eso conlleve temer que “el muerto estuviera vivo”.

“se despierte en la tumba
y perciba que se encuentra bajo tierra
por la brisa estival,
que sopla las grandes gotas amarillas”

Y una vez allí “¿puedes oír la conversación del cuarto de al lado?”. ¿Podrán los no muertos escuchar a los demás? Como en pisos de VPO o habitaciones en casas de estudiantes en los que el de arriba tiene la tele muy alta, el de abajo ronca, los de al lado gritan y tú no puedes parar de escucharlo todo por mucho que intentes aislarte. ¿Será eso morirse para los que creen en la vida eterna más allá de la parte de ti que dejas en las cosas? Sinceramente, prefiero seguir vivo en un libro como Danila. Porque allí abajo “el tiempo no avanza, y sin embargo existe”.

Por eso profetiza sobre su poder de igualar la muerte con la vida y la imposibilidad de celebrarse su funeral. Sentirse eterna en lo que escribe le hace ser consciente de que los sentidos “permanecen siempre vivos”. Sus átomos salieron volando demasiado pronto pero no va a dejar de contárnoslo porque dejó de “estar en un solo sitio” para estar en un solo libro.

Narra ese sinsentido. Su enfermedad. Escribe para su padre y sobre él. Mira arriba y a bajo. A los vivos y a los muertos como a la lluvia y al mar mientras camina sobre le hielo. El estado del agua que “iguala la muerte con la vida y habla en ambos”. El hielo no es nada, “aparta tus manos del hielo”. Solo ella puede tocarlo. Algo que de frío quema no es de fiar. Ayuda a esconderse a lo líquido para morir haciéndote caer, pero existe y tenemos que tenerlo en cuenta. La nada también da miedo.

Nosotros somos el rebaño corriendo descompensado. Destrozando graneros, ensuciando bosques y perdiéndonos por el camino. Vemos la cruz y no recordamos que fue tronco. Nosotros creamos la cruz porque no teníamos con lo que luchar contra la nada. Creímos en lo simbólico temiendo lo verdadero. Alguno sigue en eso. Yo prefiero apretar los labios y la mandíbula hasta que me duelan, retener el aliento para consumirlo a mi manera.

“¡En memoria!, de lo no iniciado y de lo imposible,
del origen pretérito de la memoria”

Danila Stoyánova es consciente de que todo se acelera como lo hace el ritmo de los poemas en Recuerdo de un sueño. A medida que avanza el tiempo y aparece la enfermedad se da cuenta de que no hay tiempo para lo terrenal y lo quiere aprovechar hasta que llegue el final. A veces desiste, se permite no querer nada y escribe como si ya estuviera muerta. Se autoimpone un exilio del que no siempre disfruta. Juega con esa dualidad constante con recursos en los que moscas y palomas se transforman. Ahí llega su otra forma, el llanto con el que se proclama profeta y mesías. En el que las gotas ya son saladas como preparadas para ser mar pero no pueden volver a su origen. La Salvación de Pizarnik con la que “la muchacha halla la máscara del infinito y rompe el muro de la poesía”.

“para llegar hasta una sala,
donde las personas no te reconocen,
pero la naturaleza te ha aceptado”

Barriga - Marcos Augusto Lladó

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