Leer el deseo

“yo existía tan solo / como deseo” [1] “Porque ignoraba que el deseo es una pregunta, / Cuya respuesta no existe, / Una hoja cuya rama no existe, / Un mundo cuyo cielo no existe” [2]

Este texto es un fracaso.

Lo es desde su misma construcción, en la medida en que pretende ignorar que la palabra lógica nunca es la apropiada para denotar aquello que, lejos de ser dicho, solo puede ser mostrado. La experiencia del deseo sería antes comunicada en la violencia de una imagen —por ejemplo, una casa que no es tuya y que sin embargo está vaciada de muebles, o también las veces en que pisas una concha de caracol, y después recoges los trozos de espiral del suelo para tragártelos y borrar la vergüenza con los picos presionando el centro de la garganta— que en una palabra. Ofrecerlo a través del lenguaje tiene poco que ver con la aprehensión de la experiencia profunda que se inicia cuando sientes necesidad de un objeto distante. La palabra no alcanza al deseo en tanto que pertenece al orden de cosas que aun siendo comprendidas nunca llegan a entenderse: como el duelo o la poesía.

El deseo se parece más a preguntar: ¿me querrás cuando este texto acabe?

Deberíamos nombrar al deseo como se nombra a una interrogación retórica, o bien ilustrarlo como un hueco cuyo núcleo no podemos sentir con el tacto, porque no existe una solidez rígida en él. Y no porque suceda en un lugar psíquico o abstracto —esto es lo fácil—, sino porque abarca un conjunto de sistemas y relaciones que se superponen, niegan y ratifican a un tiempo: el deseo se construye sobre sucesivas notas a pie de página. Si alguien me cogiera del brazo en mitad de la calle y me preguntase qué es el deseo, yo saldría corriendo.

Sin embargo, porque los he amado, algo sé sobre los cuerpos:

Existe en la lectura de un texto que manifiesta el estado emocional en el que nos localizamos la génesis de un espacio de intersección que no corresponde a la experiencia vivida ni a la narrada, sino a otra más generosa. Cuando leemos, nuestro cuerpo queda en un lugar de encuentro entre subjetividades donde se tiende la mano a las particularidades del existir de los distintos sujetos: del yo que escribe y del yo que lo mira. Y en ese estado más amable, en esa comunión que no nos colma necesariamente —no tendría por qué—, pero que hace de la experiencia psíquica del otro una estancia compartida a la vez que distanciada, la ficción del deseo se vuelve menos imaginada.

Leer el deseo de los otros atribuye un significado al propio, lo acompaña, lo cohesiona y lo legitima. En el momento en que reconoces los gestos que sistematizan una emoción, confirmas tu experiencia como algo lícito, la humanizas e incluso la amplías; pronuncias otras capas de tu deseo. Admites la bajeza de tus pasiones aunque lo que quieras es resignificar tu deseo a un lugar menos indigno, porque el proceso de asistir a un texto pone en práctica la “suspensión del juicio moral” [3] más allá del cuerpo que escribe.

Y en la lectura de tu intimidad extraes algunas cosas:

(Uno). Que el deseo es lo opuesto a la ausencia

En la pérdida de un objeto sucede un exceso diferenciado del vacío que se genera al no sabernos en el mismo lugar que el objeto al que deseamos, aunque las dos cosas se resuelvan en lo mismo: estoy privada de unas manos distintas a las mías.

El deseo[a] configura un tiempo indeterminado para la espera —se sepa o no concluyente en el amor— que renuncia al estado anímico del duelo[b].

[a] quiero que tu cuerpo esté aquí, que me quieras, que sientas desde donde yo siento, que comprendas cuando escribo esto, que me comprendas
[b] te he querido tanto

Quien padece la ausencia “desea a alguien que murió en un día determinado y a una hora determinada. Y se le tiene —muerto” [4]. Pero en el estado que prepara el deseo se niega esa misma ausencia en la que se está, ya que se edifica hacia el futuro. Tiene la carne a su moisés particular en la expectativa y la espera: el deseo se vertebra sin permitir que exista un cierre rotundo para un estado, del que, sin embargo, sí se puede estar seguro de que no tendrá materialización: lo sé, pero aun así—. Anne Carson habla a partir de la poesía arcaica de una emoción que se resuelve en un lugar amargo precisamente porque no quedan involucrados, como en el desamor, dos factores; sino tres. Es un triángulo: está el yo que desea, el tú deseado y el espacio de vacío que los encubre a ambos [5]. Es el mismo paradigma que idea María Luisa Bombal cuando enfrenta el deseo del sujeto que habla a la ausencia del que había amado:

Mi cuerpo y mis besos no pudieron hacerlo temblar, pero lo hicieron, como antes, pensar en otro cuerpo y en otros labios. Como hace años, lo volví a ver tratando furiosamente de acariciar y desear mi carne y encontrando siempre el recuerdo de la muerta entre él y yo [6].

(Dos). Que el deseo duele porque es un resultado dialéctico

El discurso del deseo oscila entre dos lenguajes que, aun en los momentos en que llegan a asumirse como únicos en toda su potencia, no están para el yo arrinconados en uno u otro absoluto, sino en transición constante: por un lado está la privación (el ideal, la violencia, las ficciones, la boca de metro excavada a ras del suelo: “Un vistazo me dice: no puedo pasar por aquí sin matarme” [7]); por otro, está el acceso: la realidad, la intimidad compartida, la ternura y su permanencia física en el espacio.

El deseo se genera desde una bombilla intermitente que hace del objeto de apego el cuerpo que da orden psíquica al caos, pero también el cuerpo que lo alimenta. La suciedad del deseo: se retiene a un fantasma como si nunca lo fuera.

Cuando un deseo encuentra a otro deseo la hostilidad de la ficción llega a ser compartida; entonces, la sensación de angustia sucede también en presencia del otro: “¿es esto lo que se puede comprender?, ¿por eso así el vacío del cuerpo al cuerpo, la voz no murmurada, los ojos que en el túnel no se encuentran?” [8]. O, más inmediato: “qué cosa más triste no habernos enamorado” [9].

(Tres). Que el deseo ensordece las catástrofes

El cuerpo disminuye la angustia de su fragmentación a través del deseo. Un discurso —cualquier discurso— se altera cuando sucede algo tan contundente como la muerte, la pérdida de un empleo, el derrumbamiento de un puente o el amor. El deseo transforma al habla porque es la contrapartida que regula el dolor psíquico: “Nadie puede prepararse para entender que la colisión de los cuerpos —su propio movimiento— es la negación de las catástrofes” [10].

También en el teatro los sujetos se encuentran en un deseo defensivo, que busca autorregular el mundo previamente diseminado por la experiencia de la muerte. Cuando se desvanece lo que hasta entonces solo había sido la espera, en tanto que se devuelve la catástrofe al centro del lenguaje, se revienta:

SILVIA—. Déjame en paz, Samuel. No voy a entrar. ¿Qué voy a hacer ahora? ¿A quién me invento ahora? Tengo que pensar, tengo que encontrar algo, no sé, alguien a quien yo pueda /No, no quiero empezar otra vez. No quiero tener que explicar nada a nadie, no quiero volver a sentir que /Pero, ¿qué voy a hacer para soportarlo? ¿cómo hago para que no vuelva, para que no exista, para que se muera en mí esa oscuridad? [11]

(Cuatro). No sé si el deseo tiene necesidad de un objeto (que a veces, de tenerlo, estaría vacío)

Barthes dice que nadie tiene ganas de hablar de amor si no es por alguien [12]. Esto entra en conflicto con lo que explica la poesía. En ella se tiende a pensar al deseo desde un grado de subjuntividad que atraganta también al objeto:

[a] Julieta Valero: “llevo más de veinte años buscando a quien sepa traerse / un sueño sin romperlo ese día la literatura habrá dejado los opiáceos podremos / tendernos te daré algunos hijos” [13] [b] Adrián Viéitez: “He preparado mi vida para alguien que no existe” [14] [c] O María Zambrano: “en el deseo no hay propiamente objeto, porque lo apetecido no está en sí mismo, no se le tolera este ensimismarse que ya la poesía realizaba por su cuenta” [15]

Desconozco si debe existir un sujeto concreto para que el deseo se genere o por lo contrario nombrarlo, hablar de él, solo depende de la ambición propia o de lo pasado convertido en proyección futura. No lo sé. También Bombal lo pregunta: “¿Es posible que un amante no despliegue los labios, ni una vez en toda una larga noche?” [16]. A veces la ficción sobrepasa a la recreación de las imágenes que nunca existieron. Creo que el deseo se conjuga bien con lo fantasmagórico porque en ambos casos parte de la idea de ficcionalidad y espera. Es decir, en ambos el objeto está exento de realidades.

De todas formas, tú desde luego que existes. Habría jurado de rodillas tu existencia. (Contéstame a eso: ¿es verdad que existes?).

(Cinco). Que el deseo impregna toda la ropa

En la presentación de Caliente (80 Mundos) pregunté a Luna Miguel cómo podíamos diferenciar al deseo de lo que era ya enfermedad o maltrato, a propósito de la hostilidad que generaba Annie Ernaux en su escritura. Dijo: “Cuando la conocí con Pura pasión debajo del brazo me firmó diciendo: “para Luna este libro de un momento feliz”. Ella parece que incluso está deseando la espera” [17].

Sobre esto también se ha dicho: “gracias a él, me acerqué al límite que me separaba del otro, hasta el punto de que creía traspasarlo” [18]. En la interrupción y continuación sucesivas de los lenguajes del deseo se empieza a hablar de una pérdida de la identidad que es contraria al estado psíquico que provee la intimidad: desde el afecto somos conscientes de nuestra diferencia identitaria respecto al otro —la calma de la intimidad radica en que, siendo sujetos separados, entendemos que el otro está compartiendo un mismo estado anímico: sentimos que vivimos lo mismo aunque seamos dos personas disgregadas—. Cuando se espera al deseo, sin embargo, el sujeto es uno solo: el yo violentado se asimila al cuerpo del otro: borra su lenguaje propio del mundo. Rosa Chacel escribe:

…su deseo es más profundo, por eso yo lo veo mejor. Por eso casi no hablo con ella, no se me ocurre incitarla a cosas más arriesgadas porque ella, sin hablar, me transmite su… no sé, una especie de ansiedad, una desazón. Se desprende de ella el olor de su angustia. No se atreve a quitarse la camiseta, como si no se la hubiera quitado nunca. El olor está en toda ella, hasta en su cuarto, hasta en las ropas que se quita… [19].

Y Jean Cocteau: “que paso el tiempo esperándote, creyéndote muerto si te retrasas, muriéndome por creer que estás muerto, reviviendo cuando entras y por fin estas aquí, muriéndome de miedo cuando te marchas […]. Ahora, tengo aire, respiro porque tú me hablas” [20].

El deseo ensucia porque busca sentir que se está con el otro y anteponernos a un proyecto o a una realidad que no es la vivida. Pero yo hubiese preferido que mi deseo no ocupara un vocabulario alterno.

Me hubiera gustado utilizar la palabra vulnerable en este escrito.


[1] Berta García Faet, «Primera epístola a Camil C. Stíngă», La edad de merecer (2015) | [2] Luis Cernuda, «No decía palabras», Los placeres prohibidos (1931) | [3] Annie Ernaux, Pura pasión (1991) | [4] Simone Weil, «Desear sin objeto», La gravedad y la gracia (1994) | [5] Anne Carson, «Eros el agridulce», Eros dulce y amargo (2020) | [6] María Luisa Bombal, La última niebla (1931) | [7] Hélène Cixous, «Nosotros en suma», Lectora (2006) | [8] Ana Gorría, «La utopía de tu proximidad», La soledad de las formas (2013) | [9] Adrián Viéitez, «21 de septiembre», tratado sobre tu nombre (2021) | [10] Andrea Bescós, «Este verano será eterno», Árboles frutales (2021) | [11] Alberto Conejero, Todas las noches de un día (2015) | [12] Roland Barthes, Fragmentos de un discurso amoroso (1977) | [13] Julieta Valero, «Germinal», Autoría (2010) | [14] Adrián Viéitez, «capítulo IV: Amanda es un arroyo», tratado sobre tu nombre (2021) | [15] María Zambrano, Filosofía y poesía (1939) | [16] María Luisa Bombal, La última niebla (1931) | [17] Luna Miguel, Presentación de Caliente en la Librería 80 Mundos (marzo 2021). Este diálogo ha sido alterado por el alcance precario de la memoria | [18] Annie Ernaux, Pura pasión (1991) | [19] Rosa Chacel, Barrio de maravillas (1976) | [20] Jean Cocteau, La voz humana (1930).

Barriga - Marcos Augusto Lladó

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