Fernando Penco: “Mediterráneo es un bucle que mira al Mundo Antiguo en el siglo XXI”

Fotografía por Manuel Vacas

El Mediterráno es un amasijo de olas tragándose todo lo malo de nuestra historia colectiva y personal. Es imposible tener malos recuerdos de las costas mordidas por ese gigante mitológico que es el Mare Nostrum. Todo en él desprende sabiduría, romanticismo, paganismo, hedonismo, placer, chiringuitos que pinchan chill cuando atardece y sexo rápido de playa. El mediterráneo ha inspirado a poetas, cantantes, cineastas y místicos para crear verdaderas joyas de nuestro patrimonio cultural. Este inmenso mar que une oriente con occidente es un paradigma de vida buena, de sangre y de conflicto. Nada como él sintetiza lo mejor y lo peor de nuestras vidas. Hablo, desde luego, de los que tenemos la dicha de vivir cerca de él. Veranos con amigos, besos con sabor salino, psicodelia, raves, encuentros en la tercera fase y ritos de purificación saltando hogueras en la noche de San Juan. Todo es posible en el Mediterráneo, que a pesar de tener nombre masculino yo siempre lo vi como una madre, especialmente un día que, en Ibiza, me tomé un tripi y me pasé toda la tarde conversando con ella, sentado en la arena y mirando el atardecer más bello y afortunado de mi vida.

Hablo así porque estoy leyendo estos días Mediterráneo (Editorial Cántico), el último libro de Fernando Penco. Él es un escritor prolífico que goza de notoriedad por sus ensayos históriconovelescos. Es esa clase de escritores rabiosos diría yo… Tengo la suerte de conocerle personalmente y hasta me he tomado alguna que otra cerveza con él. Este erudito complejo y lleno de aristas se ha atrevido a sacar a la luz una especie de diario de arqueólogo, un libro repleto de anotaciones y fragmentos inspirados por los diversos lugares en los que ha desarrollado excavaciones y trabajos de campo a lo largo de todo el Mediterráno. El entusiasmo que me despierta este libro me lleva a llamar a la periodista Emilia Sánchez Molina para encargarle una entrevista, algo a lo que a ella se presta con todo el gusto que el encuentro merecerá:

Es una tarde de marzo, Fernando Penco y yo hemos quedado en la terraza de un café donde me espera. Su rostro apacible y quieto me trae a la memoria los cinceles de Leocares.

Mediterráneo me ha recordado a Cavafis, e incluso a Odysseas Elytis. 

Cavafis es más íntimo y por eso su poesía es hermosa. A Elytis lo he leído poco, pero también lo que escribe es hermoso. Mi libro Mediterráneo es menos íntimo, más pétreo y arqueológico, diría. Una especie de bucle que mira al Mundo Antiguo en una sociedad del siglo XXI que, en muchos aspectos, considero que va a la deriva.

¿Cómo surge la idea de Mediterráneo?

A veces me pongo a pensar y llego a la conclusión de que en el Mediterráneo está todo: los egipcios, los mesopotamios y su politeísmo, los griegos, los navegantes fenicios, los romanos o los árabes… Una nómina de civilizaciones que ha dejado una huella imborrable y que aún nos sorprende saliendo a la luz en forma de tiesto o mosaico desde Georgia hasta las Columnas de Hércules.

Por tanto, como arqueólogo y especialista en la literatura de los clásicos, ¿qué crees que aportan veintitantos siglos después?

No soy especialista en literatura de autores clásicos, pero sí un entusiasta y buen lector de ellos. A Esopo, Homero, Virgilio o a San Agustín, si me apuras, les pasa un poco como a ese tiesto del que acabo de hablar y que puede encontrarse en un museo. Todos ellos, pese a su Antigüedad, siguen vivos y vigentes porque están entre nosotros. Para mí Tucídides o Columela, por poner dos casos, no son sino las raíces que sustentan el árbol que habitamos.

¿Y la mitología?

Personalmente prefiero hablar de mitologías. A los mitos les ocurre exactamente igual que a los autores que los crearon o que al tiesto que ha logrado sobrevivir milagrosamente. Gilgamesh y su epopeya, la más antigua creación literaria occidental que conocemos, aún se escucha en las iglesias cuando en ellas se habla del diluvio universal. Freud se basó en la mitología para descifrar el inconsciente y consideró los mitos como expresiones que permanecen.

¿Si tuvieras que elegir, con qué mito te quedarías?

¡Eso es imposible!

¿Qué me dices de la filosofía?

Necesaria, absolutamente indispensable. Hablando de filosofía, recuerdo la cita de Platón cuando, en el Fedón, se refiere al Mare Nostrum que compara con un “charco de ranas” al imaginarlo como un espacio común en cuyas riberas conviven diversos pueblos relacionados. Creo que estamos ante uno de los textos cumbre, no ya de la filosofía, sino de la literatura. Es hermosísimo… Sócrates está a punto de morir, le van a entregar el vaso de cicuta y se alejará de la tierra que verá desde las alturas. Entonces, pese a lo engañoso de la visión, la describe: es una esfera mucho más grande de lo esperado, inmóvil en el espacio y cuya superficie se cubre de tonalidades ocres y verdeazules que se filtran a través de las nubes.

Tu libro parece habitar en la frontera. A veces encontramos obras de difícil clasificación y no me refiero a los géneros en sí. Te hablo más bien de las técnicas narrativas, ¿ocurre esto en Mediterráneo?

Sí, podríamos estar ante un híbrido. Ahora entiendo a un amigo mío librero que lo leyó y no supo en qué estante de su librería colocarlo. Sobre esto solo puedo decir que cuando afronté el proyecto me sentí completamente libre y asumí el riesgo. Me refiero al de abordar un libro que he tratado de forma experimental y en el que, más allá de las citas de los clásicos, me serví de notas de prensa, reflexiones propias y ajenas, datos históricos, percepciones, entrevistas o guiones de cine.

Entiendo pues que, en tu caso, arqueología y poesía transitarían sendas comunes. 

Es de lo que venimos hablando. En ese ancho camino también cabrían la Mitología, la Historia, el Saber o la Filosofía.

A Lispector le recriminaron que no entendían lo que quería decir en sus obras.  

Siempre que pienso en Lispector lo hago considerándola la escritora de las emociones y del presentimiento. Además, se manejaba con agudeza entre la prosa y la poesía.

Tengo entendido que escribiste el libro en poco más de un año.

Así es, aunque ahora se ha publicado una primera parte y el año que viene saldrá a la luz la segunda. Esto es posible gracias a la confianza que ha depositado Editorial Cántico en mi trabajo.

¿Qué lees ahora?

Releo a Cirlot y a Hölderlin. También estoy disfrutando mucho con mi colección de Cuadernos de Prehistoria y Arqueología.

Si no hay belleza, no hay literatura.

Probablemente. Cuando en una obra se muestra una historia irreal, a través de la verdad, tiene altas posibilidades de convertirse en algo bello si está bien contada. Esto nos lleva de nuevo a los mitos. En mi opinión, la realidad es la piedra angular de cualquier manifestación artística, su cimiento y armadura. Así fueron concebidos el Partenón, máxima expresión de la racionalidad, o el Discóbolo de Mirón.

He leído por ahí que tu libro no es poesía. ¿Qué piensas al respecto?

Lo puedo entender en parte por esa mezcla de técnicas narrativas de la que hemos hablado. Sin embargo, yo no tengo duda de que tiene poesía.

Hasta aquí la entrevista de Emilia Sánchez Molina. Termino de leerla y miro a mi izquierda donde el ejemplar de Mediterráneo sigue acompañándome. Este libro está lleno de invitaciones a la vida de aquí, de los países y culturas bañadas por la misma agua y por la misma luz. Es un libro que nos invita también a dialogar, a escabullirnos del presente por la memoria de estas orillas. Reconozco que esta literatura me ha embriagado por una suerte de nostalgia: la de los festivales, la de los bailes por las islas, la del encuentro y los amores fugitivos, esas cosas que pasaban antes y que, de alguna u otra forma, quizá no pasen nunca más. La dicha es que todo eso está escrito y la lectura es otra forma de vivir lo que no se puede.


Fotografía por Manuel Vacas e introducción y cierre de la entrevista por Raúl Alonso

Barriga - Marcos Augusto Lladó

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