Política de lo urbano y subversión en la representación

Pensar lo urbano desde la identidad y el lenguaje

En cuanto a creación artificial, la realidad urbana termina por integrarse en la genuinidad del ser, esto es, su expresión natural. Si bien el sujeto existe con anterioridad a la ciudad, solo podemos referirnos a él con claridad desde su adhesión con ella, por esa suerte de simbiosis de la que ambos toman parte, y que termina por definirlos en conjunto.

La ciudad es un espacio brutalmente verbal y esa es su naturaleza más profunda. Es el espacio en el que el bien y el mal se hacen palabra, crean lenguaje: si no pudiésemos materializar estas ideas, no podríamos extraerlas del plano de lo abstracto. Es más, la palabra ejerce tanto daño como el acto al que designa, en la medida en que lo dota de consistencia y solidez. En este sentido, podemos concluir que el ser humano requiere de verbalidad para alcanzar sus cuotas más elevadas de ser. Es esta la conexión que se perpetra entre el sujeto y la ciudad: ambos se definen a través del lenguaje. “La identidad se construye a partir de mecanismos de autopercepción y heteropercepción. […] Propicia que los grupos humanos se autoidentifiquen, una identificación que queda reflejada en el lenguaje” (Marta Rizo). Hablamos de una suerte de simbiosis: el individuo se ubica en el espectro de lo social, que él mismo construye. Es esta una lucha de ficción y realidad, de lo abstracto y lo tangible. “

La cuestión está en que el lenguaje es, a menudo, incapaz de acoger ciertas realidades: no logra abordar el abismal espectro del horror, su significación profunda; tampoco puede asumir la definición identitaria en su complejidad; menos aún, el componente sensorial que se disuelve de los márgenes escritos. Partiendo de la naturaleza verbal de lo urbano, es nuestra tarea socavar sus “zonas grises” en busca de nuevos discursos y nuevas tramas significativas desde las que adoptar una postura crítica y frontal.

Lo que se requiere es la habilidad de hablar de la ciudad en términos de violencia. Apelamos a una expresión radical, subversiva, dispuesta a resolver el potencial reactivo de lo urbano en un lenguaje hipertecnificado y veloz; en suma, traducir lo concreto a la expresión abstracta. Hemos de apropiarnos de la lengua, del silencio, de los espacios inscritos en la alteridad. Debemos aunarnos a la idea de velocidad, al impulso eléctrico que alimenta lo urbano, la historia que día tras día se dibuja en sus infinitos márgenes. “La ciudad es un libro abierto”, resuelve Shuji. Una vez más, la ciudad es lenguaje. Nosotros somos lenguaje. Entonces, ¿somos la ciudad?

Si lo que se pretende es la conquista de estas zonas liminales que se escurren entre los pliegos del lenguaje, resulta lógico procurar una desviación del mismo, orientada a nuevas fórmulas y nodos de expresión. Es en el “fuera de campo” de la propia ciudad donde cobra vida una realidad alterna, más cierta y más feroz. Su posicionamiento en la Otredad dota a la cultura “suburbana” [entendiéndola aquí como “cara oculta” de la ciudad] de toda suerte de medios de interpretación y resignificación. Hablamos de espacios que pueden ser ocupados, (re)apropiados, empapados de verdad. Es esta una verdad individual, personal, que, en su definición particular, viene a trasladarnos a sentidos más genéricos que se extienden al grupo.

Esta expresión suburbana toma forma en la música, donde “como en otros bienes culturales en los que predomina el valor simbólico, sobre el valor de uso o de cambio, las formas de distinción social y cultural pasan irremediablemente por la forma y el tipo de consumo, pero a su vez puede ser también escenario de comunicación e integración social” (García Canclini, 1990). Partiendo de la esfera del club como espacio de representación brindan un discurso vaciado del lenguaje al que típicamente nos entregamos. Es en el propio sonido, en su proyección sensorial, que se reproduce un discurso propiamente estético.

A través de la música se establece un diálogo con el “yo” íntimo, más personal, que, si bien no concuerda con los códigos típicos del lenguaje, proyecta su sentido último en fuerzas emotivas. La palabra es solo un refugio, una estrategia de ocultación. El discurso más poderoso es aquel que se libera del lenguaje, aquel que se apropia de él para despedazarlo.

El consumo de bienes culturales deriva en la apropiación de significados sociales que remiten, una vez más, a la definición de la identidad. En la medida en que hablábamos de rehuir las esferas masivas de definición social, lo que pretenden ahora los estilos minoritarios es convertirse “en elementos […] de donde arrancan poderosos criterios de identidad”. La amalgama de personalidades que se derivan del underground cristaliza en una expresión genuina y reactiva, definida por oposición a la efimeridad de los flujos de consumo del mercado.

Es en la noche, en la cara oculta de la ciudad, donde cobra vida esta expresión veraz. Ahí está el corazón de la ciudad. Ahí está la pulsión del mundo que duerme mientras la vida sucede. Son estos los márgenes en los que escribir, el verbo del que nos hemos visto privados en nuestros esfuerzos por ocupar lo tangible.

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