Duelo, gracia y resurrección

Hay un tiempo que avanza sin medida y otro que está dentro de este, el que ordenamos para situarnos en él, como quien levanta los muros de una casa. Nuestra vida es el tiempo que queda sujeto a una suma de palabras. La muerte las desordena, las diluye, nos saca de la cronología que nos esmeramos en construir con ellas. El blanco de la página es más extenso que la mancha y habla en silencio. Esperanza López Parada, en Un tiempo de gracia (Pre-Textos, 2022), dice el duelo a través de un calendario en desorden. Porque ha tocado la muerte del otro querido, sus días abandonan la secuencia, pasan a ser un viaje en múltiples direcciones y su contemplación. La palabra queda, pero conforma una crónica que niega su naturaleza lineal: López Parada sabe que esta es la forma más fiel de señalar cada golpe y lo que entraña («a esta distancia no distingo / cuánto es fosa cuánto es comienzo»).

Un tiempo de gracia traza un recorrido que va del agua al agua, pasando por la sed: se rescatan los tópicos del mar como espacio de vida y destino último («ese es tu sitio / las charcas de las playas / que borra la marea / agua en espera del océano»); en medio, encontramos el desierto que supone la muerte, un hecho que llevamos dentro de nosotros y que sucede como una sequía («y dónde las visiones del demonio / si no en la misma entraña»). El duelo es el tránsito de ese páramo en el que crecen flores sobre lo yermo. Como Simone Weil, López Parada recibe una gracia que necesita del vacío para ser, movimiento sobrenatural; un dios en minúscula habita el desierto. El poemario es un viaje órfico que descubre la luz en su ausencia («—a veces por eso arde una luz en la noche—»). Sin embargo, este camino es estático y se hace sentado frente al alimento antes compartido, entre el recuerdo y la meditación. Se subraya el carácter ritual de la comida junto al otro, presencia forzosa en este gesto pese a la muerte, gracias a la memoria («me acompañas entonces deshaciéndote / eres lo que digiero / esta lágrima y la sal del almuerzo»).

Esperanza López Parada ha escrito la gracia, la plenitud previa a la resurrección de quien busca a sus muertos y espera, una pausa antes de volver al día a día, recomenzando («esto que nos paraliza / no es el tiempo es la gracia / que nos nimba de suerte»). Un tiempo de gracia es una obra honda, que asume el dolor frente a la muerte y celebra el destello de belleza. El libro es un lamento, pero también un canto. Su materia es un lenguaje cotidiano que teje una red de abstracciones. Un poemario de imagen y pensamiento, de revelación a través del choque y el proceso hasta un nuevo principio («el simple hecho / de estar hoy aquí / y haber sobrevivido»).

Podría ser peor, Alberto Acerete

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