Amores Líquidos (Circo de Extravíos, 2019) es un libro infantil. Cuando me llegó a casa y lo abrí la primera vez, olía a la colección de Disney que guardo en el trastero de mis padres. Entrar en él es hacerlo en un Agujero de gusano como lo es entrar al libro. Todos son recuerdos. Y aunque no todos son tuyos te llevan a ti mismo porque
“si recuerdas como te enseñaron a leer,
léete todos los libros”.
Un poema no lo es como tal si no tiene una frase que lo resuma perfectamente. Carlos Asensio y Cecilia González han juntado a 16 poetas que lo consiguen. Las ilustraciones son gemelas de esas frases y hace del poemario un libro que parece más pequeño de lo que es y sirve “para albergar lo breve”.
Somos una generación a la que lo único que le falta es el dinero en un mundo en el que el dinero lo es todo. Aunque no lo queramos lo necesitamos. Por eso no hay agostos suficientes, porque todos se acaban y solo nos queda retenerlos en la retina y rebobinarlos. En el trastero también están mis cintas de VHS, la bici, los Lego y las fotos. Hay tantas que es imposible sentarse a verlas sin tener muchas horas libres, así que miro algunas como esperando que no nos hayamos caído de ellas. Y de esa montaña bajamos por el río viendo como el paisaje que
“era nuestro y era cruel y cambiaba”
hasta ser lo que vemos ahora.
Ordenamos la alacena si no podemos correr sin destino, ni cruzar los puentes del Támesis. Con 10 años yo también urdí en la ducha el plan perfecto para mejorar la evolución de mi especie. Luego acabé siendo un nombre de cobalto y litio, buscando lo sólido en el líquido porque es difícil encontrarlo pero más emocionante. Hurgar en el fondo del río, a pesar de que siempre es el mismo, puede hacer que te claves un anzuelo o te rompas el meñique contra una piedra.
“ni uno solo de los cien nombres de Dios
se vino a posar sobre mis labios”.
Al fin y al cabo en Amores líquidos leemos como las partículas se mueven sin parar, en una constante entre lo que nos gustaría que fuese sólido pero acaba siendo incluso gaseoso. Y a pesar de que la sustancia no tiene una forma propia determinada, adquiere el molde de esa persona a la que miras, a la que tocas. De quien te mira y te toca. A veces es agua, otras mercurio, otras leche, orina, gasolina, ácido sulfúrico, cerveza, café, té, aceite hirviendo.
Los poemas son breves y eso te hace darte cuenta de la brevedad de lo que sucede en ellos. Por eso ninguno de los autores envidian al que quiere tocarlo pero sí caminar sobre él. No tener el peso suficiente para caer dentro te libra de ahogarte, pero te obliga a estar siempre en el exterior. Los hay que tienen frío hasta en verano, porque aunque a veces es inevitable permanecer en el límite, prefieren vivir en las lagunas de Walden. Un paisaje frente al que morir dándose cuenta antes de que algo ha vivido.
Amores Líquidos es materia corriendo constantemente, atravesando campos, prados, subiendo y bajando. Y si Thoreau, el rey de la soledad, se dio cuenta de la maravilla que es un río, algún baño habrá que darse.
“El material más sólido obedece la misma ley que el más fluido”
Escritor, periodista cultural y librero en la librería 80 Mundos. Codirector de todo esto. He colaborado en medios como eldiario.es o Le Miau Noir. Formo parte de la antología Árboles Frutales (Editorial Dieciséis, 2021) y Odio la playa (Cántico) es mi primer libro.




Sin palabras. Me voy de cabeza a comprarlo.