Tierra fresca de su tumba o la sombra de lo real

Una sombra cubre los seis relatos que forman Tierra fresca de su tumba (Candaya, 2021), de Giovanna Rivero. No es exactamente la impresión de amenaza que acecha en «clásicos» de la literatura fantástica como Las armas secretas, de Cortázar, o de la omnipresente extrañeza que permea los relatos y poemas de Marosa di Giorgio. No son, tampoco, los murmullos de los muertos de Pedro Páramo, de Juan Rulfo. Y, sin embargo, los cuentos de Rivero se parecen a todos estos textos.

Hace un tiempo que América Latina viene marcando el compás en la ficción de «lo insólito», «lo inquietante», «lo inusual» (o como quiera llamarse) escrita en lengua española. Hace tiempo, también –al menos un par de décadas– que los ejemplos más notables de este tipo de ficción los escriben mujeres: Mariana Enríquez, Mónica Ojeda, Vera Giaconi, Samantha Schweblin… Algunos críticos y autores han querido encajar esta tendencia en los moldes del «nuevo gótico latinoamericano», e incluso, en el caso de autoras como Ojeda, del «gótico andino», un cajoncillo menor donde algunas piezas de Rivero, como «La mansendumbre», también tendrían cabida.

Aunque estas etiquetas podrían servirnos de orientación en un panorama tan complejo y variado como el actual de las letras americanas, ahora mismo no me parecen lo más importante. Sobre todo porque, si Tierra fresca de su tumba no es exactamente como esos «clásicos», sí que se les parece mucho. Los autores del fantástico de los años 40, 50 y 60 tampoco eran ajenos a los problemas de su tiempo: los fantasmas de Comala son también los de la historia convulsa y macha del México rural –si el cacique Pedro Páramo no es un ejemplo de libro de figura patriarcal…–, y «Casa tomada» se entiende peor si no conocemos la aversión de Cortázar por el peronismo. En una entrevista reciente, Mariana Enríquez comentaba que «el terror de hoy no puede ser el de las casa embrujadas y los cementerios, tiene que incorporar una dimensión contemporánea».

Esta es la diferencia principal entre Rivero y sus ascendientes literarios: la relación entre lo real narrado y lo irreal implicado en la ficción. Ahora lo inquietante, lo ominoso, está de este lado de lo verosímil, o sea, por así decir, las máquinas que producen la inquietud existen dentro y fuera del libro. La sombra que cubre estos relatos no es la de una posible ruptura de las fronteras entre lo posible y lo imposible, sino la del mundo real y actual, tal y como es. El horror o la inquietud dependen exclusivamente de la prosa de la autora, de su mirada sobre los problemas que trata.

Quizá he sido un poco tramposo al decir esto. «Cuando llueve parece humano» es (casi) un cuento de fantasmas, y se podría discutir si «Piel de asno» no es un cuento de brujas; pero creo que esto son detalles menores en el tejido de la obra. Los verdaderos espectros que rondan en Tierra fresca de su tumba son los de la soledad, la opresión capitalista (en el magistral «Hermano ciervo»), las relaciones familiares, la religión, la muerte de los que amamos y, sobre todo lo demás, la violencia de los hombres sobre los cuerpos y las vidas de las mujeres.

Esta inversión de jerarquías de lo fantástico –ahora lo sobrenatural es secundario, lo verosímil ocupa el espacio central–, como dije, no es muy distinta de la que encontramos en Las cosas que perdimos en el fuego de Enríquez o en Seres queridos, de Giaconi, pero la voz de Rivero sí tiene un tono absolutamente personal. «Hermano ciervo», el relato que cierra el libro, me parece el mejor ejemplo. El argumento es sencillo: una pareja joven vive precariamente en una cabaña alquilada, y buena parte de sus irregulares ingresos vienen de Joaquín, el chico, que participa como voluntario en extenuantes ensayos médicos. Todo el cuento transcurre en un permanente estado de espera: que llamen a Joaquín para otro ensayo, que le den el alta, que le paguen. La narradora, estudiante y cajera part-time en Walmart, pasa casi todo el relato observando, mirando, acompañando a Joaquín, esperando. Afuera de la cabaña, en la nieve, un ciervo muerto se va descomponiendo mientras ellos lo miran por la ventana. Ocurren algunos incidentes menores, pero la historia termina sin solución de continuidad, en un ambiente al mismo tiempo calmado y opresivo.

Giovanna Rivero va logrando, en este y el resto de textos, tejer una red de inquietud y desazón por la que la luz se filtra solo ocasionalmente, iluminando paisajes hostiles y personajes perdidos en sus propios laberintos, que se mueven envueltos en aura de fatalidad. Los viejos resortes de lo inquietante, de lo fantástico, siguen funcionando aquí, pero con una configuración nueva que los vuelve actuales, y que nos conduce por las zonas en penumbra de nuestro presente más inmediato. Así, Rivero y Tierra fresca de su tumba se suman a un catálogo editorial, el de Candaya, que ya lleva un tiempo creciendo y actuando como puente entre las escena literaria española y las nuevas voces narrativas latinoamericanas.

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