Postmáster

Podemos aproximarnos a una definición del término desde dos perspectivas muy diferentes. En primer lugar, tendríamos el de un curso de postgrado realizado mucho, pero mucho, tiempo después de haber finalizado los estudios universitarios de grado o licenciatura y, consecuentemente, en un entorno que no puede calificarse de hostil pero sí tan extraño como para que no ya tus compañeros de pupitre sino incluso la mayor parte de tus profesores sean más jóvenes que tú. El postmáster entendido desde este punto de vista no habría que relacionarlo con las ciencias geriátricas —tampoco llevemos las cosas hasta ese extremo— sino más bien con la postmodernidad (Lyotard, 1975; Vattimo, 1979, 1983, 1985; Deleuze o Zizeck; Kristeva, 1969, 1984) y su deconstrucción, tal y como nos contó Derrida, el más intenso de los seres humanos al ser fotografiado, el más inteligente de los hombres según él mismo y en dura pugna con su colega Foucault, en su De la gramatología (1967).

Aunque, eso sí, hay quien sostiene que el primer filósofo postmoderno fue nada más y nada menos que Nietzsche (Mayos, G., 2009: 163-202). El primer postmoderno… ¡y seguidor del Hércules de Alicante Club de Fútbol!, según hemos podido saber por recientes investigaciones filosóficas. Así pues, el postmáster en esta primera aproximación tendría que ver con una cierta descomposición del masterando, yo, en fragmentos, para ser reconstruido después a partir de ellos en algo nuevo, crítico y dialéctico con lo anterior, relativo, una parodia irónica de lo que fui (Hutcheon, 1991). En definitiva, algo imposible.

La segunda perspectiva desde la que se puede (y debe) abordar el concepto postmáster es aquella concerniente a la devaluación, degeneración y maltrato que sufren unos estudios académicos públicos costosos y exigentes en lo relativo al esfuerzo necesario para sacarlos adelante con buenas calificaciones después de que los ensucien un grupo de políticos sin escrúpulos ni cultura, muy populares ellos, y ella, con la interesada colaboración de unas autoridades académicas que no son ni lo uno ni lo otro.

Podríamos argumentar, sin demasiado riesgo a equivocarnos, que en el año académico de nuestro Señor de 2017-18, aquellos que iniciaron sus estudios en un máster universitario, a mediados del mismo se encontraban cursando un postmáster; fenómeno que se multiplica si la desgracia va a acompañada —sí , es cierto, nunca vienen solas— por el hecho de haber elegido determinada universidad para cursarlo. Sí, ésa. En la que estábamos nosotros, vamos.

Desde esta aproximación teórica, y con la cara de gilipollas que inevitablemente se te queda, hay que citar, sin ninguna duda, al gran Carlo Maria Cipolla y sus inmortales Leyes de la estupidez humana (1988) en las cuales divide a los seres humanos en cuatro categorías: inteligentes (“aquellos que benefician a los demás y a sí mismos”); incautos (“benefician a los demás y se perjudican a sí mismos”), a los que llama también “desgraciados”; “malvados” (“los que perjudican a los demás y se benefician a sí mismos”);y, finalmente, y como gran descubrimiento intelectual de este historiador de la economía italiano, los “estúpidos”, (que “perjudican a los demás y a sí mismos”), bastante numerosos, por otro lado. Sitúense cada uno de ustedes en aquella categoría que consideren más acorde a su forma de ser y actuar, y no olviden que según Cipolla, un sabio, un clásico ya, los más peligrosos no son los malvados sino los estúpidos. Aquellos, precisamente, que según esta segunda acepción del término que estamos estudiando, convirtieron nuestro máster en un postmáster.

Una vez definido podemos pasar dentro. ¿Qué hay en el interior de un postmáster? El punto del observador es importante y no olvidemos tampoco que la postmodernidad es uno de sus rasgos esenciales. Si realmente esta corriente de pensamiento fuera cierta, o tuviera razón en sus desvaríos, yo sería entonces algo así como un espectador privilegiado asomándome a un mundo que no es el mío para salir después distinto, postMario y postpadre (que es en lo que te conviertes cuando tus hijos tienen hijos, coincidencia en el tiempo o “sincronicidad” de la que habló Jung), y contar lo que vi. Un mundo de seres extraños en el que resulta que el extraño soy yo, ¿un postalumno? Gente rarísima porque en un postmáster de esta segunda década del siglo XXI, un postmáster del que posiblemente ninguno de los que entramos vayamos a poder salir, resulta que no hay millennials —estarán todos en los másteres normales, triunfando en la economía colaborativa o no haciendo nada— sino, evidentemente, lo han acertado, postmillennials. Extraños replicantes que nos hubieran dado mil vueltas a quienes estudiábamos —es un decir— antes de que todo postsucediera; olvídense de aquello de que todo tiempo pasado fue mejor, sólo éramos más jóvenes y eso se cura rápido.

“I’ve seen things you people wouldn’t believe.”

Mujeres y hombres y mujeres, muy jóvenes, casi todos, interesados, todos, en la cultura… No, mejor no, no hay bytes suficientes en estos servidores para citar sólo a los autores fundamentales que han intentado definirla. Interesados por el cine y la literatura, por las series de televisión y la moda, por la música, por la música, por la música, y la gastronomía, y los cómics, y el arte, y la fotografía, la postfotografía, y por todo lo que sucede a su alrededor. ¡Por el periodismo! ¡Por la lectura! ¡Gente que lee! ¡Gente a quien le gusta leer! Años siendo un extraño porque nadie a mi alrededor leía para terminar como el extraño rodeado de extraños que sí leen. Y escriben. Tan extraños que, además, ponen en marcha un espacio digital —gracias por dejarme entrar— para escribir en píxeles negros sobre fondo blanco acerca de todo eso o de lo que quiera cada uno escribir y que cualquiera de ustedes puede convertir en lo que se denomina postinternet imprimiendo, por ejemplo, este maravilloso artículo en papel, ¿saben lo que es?, para colgarlo enmarcado en algunas de sus paredes. Y lo llaman, como no podía ser de otra manera, Poscultura.

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