Columbus: El modernismo es un estado mental

Me gustan los días tranquilos, en los que la rutina es relajante y no aburrida. Me gusta despertarme, hacer café, ducharme, escribir, cocinar, poner la lavadora y ver una película como Columbus. Me gustan las películas en las que no pasa nada, porque no hace falta.

El modernismo es proyección hacia el futuro, novedad y cambio. Los 104 minutos que dura la cinta son una apología de dicha tendencia extrapolada a la vida. Porque el modernismo es un estado mental y va desde la arquitectura y el arte hasta la vida.

“No hay una crisis de atención, pero sí una crisis de interés”

 

La (a)simetría de la pareja

El protagonismo en Columbus se reparte entre dos personajes, aunque realmente es Casey -Haley Lu Richardson- quién atrae toda la atención del espectador. Ella es la nativa de la ciudad que está atrapada allí porque siente la obligación de cuidar a su madre, desperdiciando así un talento notable para la arquitectura. Es decir, es una provinciana, nerd con miedo a volar. Mientras, Jin -John Cho- ha viajado desde Corea para ver agonizar a su padre en el hospital. También se siente atrapado, porque odia la arquitectura y a su padre. O eso cree. Pero realmente es una versión joven de él y eso es a lo que tiene miedo.

Esta pareja es como Primer Christian, la iglesia modernista del lugar. De hecho, parece diseñada por el propio Eliel Saarinen. Un conjunto de elementos descentrados y asimétricos colocados así para mostrar, paradójicamente, un equilibrio maravilloso.

La relación entre ambos es peculiar. Los planos fijos y los diálogos calmados pero que escavan hasta lo más profundo hacen de cada momento algo para revisionar constantemente. Pero a pesar de ello, la conexión intelectual no se materializa en lo físico en ningún momento. Acercándose más a la admiración que a la atracción y explicando que, a veces, el amor es algo que no siempre hay que abrazar. Únicamente mirarlo y disfrutar.

Esta distancia física se marca en cada escena en la que coinciden ambos personajes en la pantalla. La distancia, aunque tímidamente prudencial, se ve marca por un elemento arquitectónico. Una barrera tan invisible como impenetrable. La sensatez hecha imagen. Y solo les vemos acercarse a medida que avanza la trama y siempre desde un cariño parecido al fraternal.

Por otro lado, está el papel que juega el espectador. En mi caso, me resultó fácil entender a Casey, pero imposible no sentirme Jin. Una persona hermética y calmada que tiene delante a alguien tan superior a lo que está acostumbrado, haciéndole querer lo que odias y descubriéndole lo que realmente es. Pero decide ayudarla a volar en lugar de cortarle las alas.

“Esto no es una película, nada de eso va a pasar”

 

Columbus es el escenario perfecto para homenajear

Columbus es la primera película de uno de los directores que más ha estudiado -y me ha hecho estudiar- el cine. Kogonada adora la simetría, los planos generales y, en consecuencia, a Wes Anderson y a Kubrick. Sus gustos le han llevado a crear una obra en la que sus influencias son tan notables como interesantes.

Me resulta imposible no ver cine mudo en ciertos momentos. Las expresiones faciales hablan por si solas, por ejemplo, en la escena en la que Casey ve su voz eclipsada por la música de Hammock. O en la salida del trabajo de su madre, en la que mezcla la predilección por la cámara quieta y la gente en movimiento de Yasujiro Ozu, con Salida de los obreros de la fábrica de los Lumière.

Ya hablé de la dualidad en el cine cuando escribí sobre madre!. En Columbus esta dualidad va desde lo más sutil hasta lo más descarado. Desde reflejos en situaciones completamente lógicas, hasta los protagonistas mirando su reflejo o hacerte ver todo a través de ellos como si mirases una televisión dentro de otra.

Con ello se remarca más el dilema interno de ambos, que no saben cual es su lugar. Porque la decisión de quedarse o irse nunca es fácil. Y esto me llevó a relacionar Columbus con Lady Bird antes que con Paterson. Porque Kogonada y Greta Gerwing hablan del proceso de emancipación desde dos situaciones diferentes, pero creando dos personajes muy parecidos.

“Creo que las religiones son como monarquías. Puede haber un buen rey por aquí o por allá… Pero el sistema es lo problemático, demasiado fácil para aprovecharse”

 

PD: Si esto no es un homenaje a Antz: Hormigas yo he tocado fondo -o techo- en mi obsesión con relacionar unas cosas con otras.

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