Metrópoli

“Ya sabes cómo funciona; aquí se gana o se aprende”, me dijiste ayer. Este año hemos aprendido bastantes cosas. No teníamos que haber ido a comprar -tantas veces- al Carrefour 24 horas del barrio ni pasar por las cajas automáticas, dejándonos llevar por las facilidades y rapidez del autoservicio. “Gracias por su compra” nos despidió la pantallita del aparato. Recogimos el ticket con un gruñido; no hacía falta mirar, hablar o sonreír a un ser humano tras el mostrador, y cruzamos la puerta acristalada guiñando los ojos. Demasiada luz.

Me pasaste la botella y le pegué un lingotazo. La gente en el metro nos miraba raro. Era domingo. Supongo que no estaban acostumbrados a ver cómo una botella de gazpacho rueda de mano en mano como si fuera Vodka. Era mediodía y nos pareció la mejor manera de limar las esquirlas de la noche anterior.

Sacamos el primer frasco de la bolsa con cuidado, como si fuéramos a darnos de bruces con el chico cordobés del viernes y, claro, a ver cómo le explicábamos que esa bazofia de bote nos estaba sabiendo buenísima. Porque lo estaba. Y que, en esa misma bolsa de plástico que reposaba entre nuestros pies, nos esperaba un pseudo salmorejo rodeado de bolsas de patatas fritas. Para luego.

Madrid se nos hacía cuesta arriba. En realidad, llevaba haciéndose cuesta arriba muchos meses, pero uno sólo se da cuenta cuando la cabeza se ha montado una barraca propia después de que tú exaltaras la existencia de madrugada junto a otro montón de gente.

“No escribo desde Madrid, escribo bajo su yugo”, rapeaba nuestra Cecilia particular poco antes de que su katana se partiera en dos. Ella tan del sur, yo tan del norte. Nosotros tan de provincias, desarraigados, hacinados en pisos que chupan el poco dinero que roza el bolsillo. Matar al padre tiene que ser algo así como ser joven sin pelas en un pisito de la capital.

Los millennial prefieren vivir en casa con sus padres más tiempo, los millennial no quieren irse de vacaciones, los millennial escriben poesía barata en Instagram… Yo, que soy de la generación que viene detrás, con la que “los millennial” descargarán sus frustraciones una vez que la anterior los deje en paz, me siento muy millennial. Casi veintitrés años y no me he independizado, casi veintitrés años y no me voy de vacaciones, casi veintitrés años y escribo gratis allá donde me dejen un hueco, porque lo primero, me indicaron, es labrarse un nombre. Nuestra juventud huele a precariado.

Cuando nací, a mi madre le dijeron que llegaría a medir metro ochenta. Me quedé a tres centímetros. Casi. Pero durante trece años fui el torreón de la clase, capaz de observarlo todo. Hoy hay muchas cosas que se me escapan. Llegamos al instituto y nos aseguraron que cuando fuéramos mayores la crisis ya habría pasado y que nos iría bien. “Eres una chica lista, no te preocupes”, dijo algún rostro, hoy olvidado. “Bah, pero tú hablas inglés”, recalcó otro un tiempo después. Nos iría bien, éramos chicos listos con idiomas.

Nadie nos dijo que cuando fuéramos aún chavales, pero grandes, dedicaríamos más esfuerzos al aguante que al ligoteo. Que trabajaríamos malpagados con la promesa de una enseñanza que casi nunca llega. Que buscaríamos piso en una urbe gentrificada donde la vivienda es ya un lujo, no un derecho. Ciudades donde la gente pasa frío en invierno porque no les da para pagar el alquiler y la calefacción. Pero, al menos, si se refugian bajo un techo, por pequeño que sea, por apretujados que estén y aunque les cueste la vida, los vecinos no sabrán que son pobres. Aunque probablemente lo sospechen. También sobreviven.

Y mientras la vida ocurre, en la realidad paralela que es la televisión, los lobos con sonrisa de empresario bailan en orgías catalanas Mi querida España de la primera Cecilia. La versión censurada claro, no quieren ver que su país se muere, o que lo matan. Una diferencia que, a los medios, al estar rebosantes de becarios, se les escapa por inocencia. O quizá no sea eso. Todavía soy una niña para entenderlo. Las mujeres tardamos más en crecer, supongo. No somos tan listas como nos hicieron creer. O algo así dice un señor en la tele.

Un chico más avispado que yo me contó que ese señor antes sólo pegaba voces en un altavoz, subido en una caja de madera, con una bandera constitucional detrás. Ahora ese chico, más perspicaz, me dice que no me fie de ese señor, que este año va a salir más en la tele. Y que una chica que lee libros no debe escucharle, aunque su partido tenga nombre de diccionario.

Y entonces la juventud -que, como todo el mundo sabe, nunca sabe nada-, desesperada, sale de fiesta y se emborracha y toma pastillas que ya no tienen nombres psicodélicos y atractivos sino mucho más aburridos como Trankimazin. Y bailan en selvas de asfalto rodeados de colores brillantes, epilepsia en las paredes, anuncios que brillan y te dicen que tu futuro está en tus manos. Y no. Está en las suyas.

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