Los vencidos

Enric González, en una de sus tantas columnas de opinión recopiladas en Historias del calcio, aseguraba desconocer “el laberinto espiritual de un seguidor del Madrid, del Milan, del Bayern o de la Juve”. Explicaba cómo no podía entender lo que estas hinchadas sentían ante una gran victoria o ante una pequeña derrota. A mí me ocurre algo muy similar, aquello que leí hace ya muchos años, cuando todavía solo soñaba con ser periodista mientras comenzaba una carrera que no quería, se me quedó grabado en la mente y la adaptaría con cierta filosofía. Desde entonces, amar a los vencidos, me ha perseguido, me ha hecho sentir insignificante y pequeño, tal como es un no ganador. Una sección que también terminó haciéndose habitual entre mi ambiente. Por favor, no me entiendan mal, a mí me gusta… ganar; pero soy del Hércules y nosotros nacemos con el gen del vencido.

Mi obsesión por la derrota ha llegado a un punto en el que comienzo a valorarla positivamente, a estar orgulloso de ser un vencido, que nunca un perdedor. Perdedor es quien se rinde. Mi vida, como la de mi club, es un continuo desastre. Años de lucha por victorias que no llegan y recuerdos de derrotas que dolieron y ahora brillan. Cada fin de semana observo el punto de penalti y recuerdo a Farinós lanzando aquella pena máxima y el balón estrellándose en la madera. Un ascenso que no fue de una temporada con la que sueño constantemente. El mejor Hércules que jamás vieron mis ojos. El mejor cuarto de la historia con 78 puntos en tiempos sin play off. Así son mi equipo y mi ciudad, gestas olvidadas y no vencidas.

Yo empecé a ir al Rico Pérez, estadio que unas veces pertenece al Hércules, otras al Ayuntamiento y una vez invadió otro club, cuando apenas tenía 8 años. El club pasaba por uno de los peores momentos de su historia. En mi primer recuerdo, creo que contra el Toledo, nos expulsaron a un jugador por dos amarillas tontas y, por supuesto, no ganamos. Sin saber por qué, aquel día decidí que esos colores me acompañarían siempre. Ese año terminamos clasificándonos a un play off que, adivinen, no ganamos. Después subimos y subimos para terminar bajando y bajando. Hasta hoy.

La caída de mi club siempre me ha recordado a la de mi ciudad y es que, pese a que la globalización aterrorice las culturas y los estilos de los equipos de fútbol, cada vez más parecidos, el Hércules es un vivo ejemplo de la Alicante de sol, playa y corrupción. Una ciudad vencida que recuerda, dentro de su vertiente más cultural, una derrota como uno de sus días de gloria. La batalla de Almansa en la que los Austrias perdieron nuestro territorio contra unos Borbones que prometían gobernar durante muchos años… y siguen. A partir de ahí, el puerto, uno de los principales del país, perdió importancia y fue cayendo en la osadía. Los recuerdos de tiempos mejores los evaporaron políticos corruptos que han dinamitado la ciudad hasta que ya ni mis amigos andan por aquí. Recuerdos de exiliados.

Mi ciudad también fue el último bastión republicano. La ciudad de la resistencia y de los bombardeos de la Guerra Civil. Un estatus que curiosamente me recuerda a otro ‘Los vencidos’, en esta ocasión de Ismael Serrano. Aquella en la que recuerda que “se han llevado la memoria, queda en la historia una mancha, un borrón”. Se han llevado el bombardeo del Mercado, el Hércules que apuntaba a ser campeón de Primera División y el culturalismo de la terreta. Políticamente también me posicioné hacia aquel bando vencido de las dos Españas que, pese a no existir, existen más que nunca, contradicciones del mapa. Una ideología que, me temo, volverá a ser vencida. Derrotas, en cualquier ámbito, que no hay que olvidar para ganar.

Literatura, cine… en todo termina ocurriéndome lo mismo. Chuck Palahniuk, David Fincher y un Tyler Durden que ya está muerto mientras observa una sociedad vencida. El Irvine Welsh de Mark Renton, Spud y Skagboys… porque sí, me gustó más que Trainspotting. Siempre enfatizando y admirando a aquellos que son vencidos. Sin derrota no habría victoria y nuestros logros, sin obligación, son de más alto bagaje, como nuestros recuerdos de aquellas noches de gloria que intentamos no olvidar: de Manolo Maciá, Giuliano, Kempes, Tigre Barrios, Eduardo Rodríguez, Ludovic Butelle o Trezeguet. Parafraseando de nuevo a Enric González, “que me perdonen. Creo que son más hermosas las victorias de los vencidos”.

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