He aprendido que el dolor es esquivo, traicionero y que te espera en las esquinas con una navaja suiza. Un duelo es imprevisible y eso lo hace inquietante, acechante y oscuro: puede que sea la causa por la que se crean las corazas. Porque nunca sabes cuándo aparecerá la congoja y hay que estar preparado.
Un sábado de finales de mayo estaba escuchando la radio en mi cocina de Madrid. Escuchaba la última jornada de liga en Primera División y Pepe Domingo Castaño abría la ronda de novedades en cada campo. Una melodía muy familiar comenzó a sonar: es la que ellos mismos usaban en su anterior etapa de Carrusel, hace ya muchos años. Desde que Tebas se ha cargado las jornadas de liga con horario unificado esta sintonía es ya un aroma del pasado. Ese pasado volvió a la realidad de 2018, y a mí me alegró.
El dolor consigue que te emociones en menos de diez segundos por algo que nunca habrías imaginado. Pasé de la alegría por escuchar un momento de radio tan potente a la emoción más absoluta. La música, las voces y el ambiente me llevaron a otra época. A un momento de mi vida en el que todo era, simplemente, distinto. Me vi desde arriba, como si hubiera muerto y observara mi vida como una película. Ahí estaba mi yo adolescente, haciendo los deberes que tanto le aburrían. Por eso encendía la radio, para acompañar ese rato. De esa radio emanaba un Pepe Domingo algo más joven, conectando con cada campo de España. En esa habitación, conmigo, estaba Paula. Mi madre me había dicho que me la dejaba conmigo un ratito. Le gustaba mucho estar en la habitación del “tete”.
He aprendido que el dolor nos hace peores. No me quito de la cabeza al escritor Sergio del Molino, que dijo en una charla sobre “la literatura del dolor” que sufrir y perder seres queridos nos hace peores personas por mucho que ahora esté de moda reivindicar lo contrario. Pasarlo mal en esta vida no tiene nada de positivo y deberíamos acabar con esa estúpida cultura del padecimiento y de la conquista eterna que nunca llega.
Sergio del Molino reivindica que el dolor nos hace peores porque nos hace más ensimismados y egoístas. Puede que el dolor sea lo contrario a la literatura. Mientras que la literatura es una herramienta perfecta para generar empatía el dolor es un arma letal para que uno se cierre sobre sí mismo y no quiera saber nada más de lo que le rodea. El dolor nos lleva a escuchar menos a ese amigo que tiene problemas en el trabajo, a la que los tiene con su pareja o al que se le ha muerto el canario.
Si la literatura es lo contrario al dolor, quizás el periodismo sea el antídoto contra el dolor. No se puede hacer periodismo (entiéndase lo que es periodismo, por favor) sin escuchar al otro. Puede que muchos de ustedes crean que periodismo es opinar de todo un poco o ser muy famoso. Un gurú. Pues no, nada que ver. Especialmente si hablamos del 90% de los que nos dedicamos a esto. El periodismo, en materia, consiste en escuchar. Y, como mucho, en contar eso que has visto o escuchado. Es una suerte dedicarte a escuchar a diario a cualquier persona, a completos desconocidos. Eso te hace más pequeño, y cuando te ves a ti mismo como pequeño, el dolor también se vuelve pequeño.
He aprendido que el dolor tiene efecto retardo. Sí, como la digestión tras el kebab. Con el dolor pasa algo parecido: al principio estás aún aterrizando, pero hasta que no tocas tierra no sabes bien lo que te espera. En su libro “La ridícula idea de no volver a verte” Rosa Montero explica que cuando perdió a su marido se dio cuenta de que lo hacemos muy mal cuando queremos ayudar a alguien que ha sufrido.
Su caso no es distinto al de cualquiera: cuando murió su pareja todo el mundo se volcó con ella. Suele ser habitual. Sin embargo, debido al shock del momento y a la imposibilidad de comprender eso que acaba de suceder, no le sirvió de mucho. En cambio, a los tres meses ella estaba fatal y ya nadie quedaba allí para consolarla. Todos se habían ido. Quizás esto merece unas preguntas: ¿nos preocupamos, de verdad, por el dolor ajeno? ¿Es el sufrimiento del prójimo un acontecimiento social más? ¿Damos pasos de ayuda con cierta lógica o lo hacemos para calmar nuestra conciencia? Y quizás, la pregunta más importante: ¿sabemos comunicar nuestro dolor para que nos sepan ayudar?
He aprendido que el dolor tiene mucho de delirio. Creo que la comedia y el drama van de la mano. Cuando pasa un tiempo (depende de cada uno cuanto, algunos necesitamos apenas unos minutos) lo que era trágico se vuelve cómico. Siempre me ha sucedido algo muy significativo: cuando lloro tiendo a terminar riendo. No sé si es que me hago gracia a mí mismo o es que tengo un mecanismo de defensa que funciona demasiado bien.
Lo mismo pasa con el dolor y el delirio. El drama es algo abstracto, mientras que el dolor es algo físico, de piel, lo sientes en el estómago y te atormenta. El delirio es un paso necesario a dar desde la comedia, pero diferente. Consiste en deformar la realidad a tu antojo y en ver coincidencias donde no las hay. La ficción es una herramienta básica para la supervivencia y no necesita siempre de un medio de reproducción para existir.
He aprendido que el dolor no merece la pena. Escuché hace poco a Andrés Aberasturi en el Chester de Risto Mejide pronunciar un discurso tan políticamente incorrecto como certero sobre la discapacidad de su hijo. Venía a decir que no podía estar agradecido porque su hijo tuviera una enfermedad por mucho que haya aprendido a raíz de eso. Explicó que eso sería estar satisfecho gracias al sufrimiento nada menos que de su hijo. Un completo disparate que, sin embargo, escuchamos más a menudo de lo que parece.
Uno puede considerarse afortunado de haber sido lo más feliz posible a pesar del dolor. O de haber sufrido lo menos posible aunque el final termine por ser trágico. Pero en ningún caso puede considerar que eso es plausible. Nada tiene que ver esta reflexión con la aceptación: es necesaria, porque revolverse contra los hechos no vale de nada. Tampoco tiene nada que ver con el desprecio a un ser querido. Es todo lo contrario. Tiene que ver, precisamente, con amarle. Como diría Raúl Gay: “No, la discapacidad no tiene sus cosas buenas. Es una putada”.
(Alicante, 1994), es productor y guionista de ‘Un tema Al Día’ en elDiario.es. Periodista, se especializó en audio en el Máster de RNE por la Universidad Complutense de Madrid. Ha trabajado en ‘No es un día cualquiera’ o ‘De pe a pa’ de Radio Nacional de España y en la productora Osmos Global. Escribe relatos y artículos en Poscultura.

