Isabeles y antonios

Algunos apuntes sobre lengua y plusvalía

1492, quizá la fecha con más hard-on energy para los españoles de bien, no solo marca el año de la derrota de Granada o el año en que unos marineros europeos se desplomaron al fin, desesperados, en la playa de alguna de las Bahamas. También, esto lo saben hasta en la Oficina del Español, es el año en que Antonio de Nebrija dio a imprenta su célebre Gramática castellana. Aunque la Reina Isabel no le concedió, de entrada, ni el apoyo ni el dinero que a veces se le atribuyen (lo hizo Juan de Zúñiga), con los años la obra fue encontrando acomodo en el relicario simbólico de Lo Español, concretamente en la subsección «(m)hitos fundacionales». Cuando el erudito venezolano Andrés Bello, entre el barullo de las nuevas naciones, publicó su Gramática de la lengua castellana destinada al uso de los americanos (Santiago de Chile, 1847), la de Nebrija ya tenía suficiente «aura» para que la de Bello fuera leída por muchos, entonces y ahora, como un guantazo al monopolio del español normativo que ejercían –digo, creían ejercer– los restos cariados de la antigua metrópoli. Mucho después, en 1927, ya en marcha un buen puñado de Academias de la Lengua americanas, don Guillermo de Torre escribió en La gaceta literaria de Madrid: «si hacemos a Madrid meridiano intelectual de Hispanoamérica y atraemos hacia España intereses legítimos que nos corresponden, hoy desviados, habremos dado un paso definitivo para hacer real y positivo el leal acercamiento de Hispanoamérica, de sus hombres y de sus libros». A la mayoría de los escritores y escritoras americanos del momento esto les enfadó y les dio risa. Se desató una polémica periodística llamada «del meridiano intelectual» y buena parte de la intelectualidad española se pasó algo más de un año solar haciendo el ridículo transatlántico.

Las pataletas por hacer Madrid capital de algo más que del Reino y de la contaminación ambiental son, ya se ve, una cosa centenaria. Y bien: si estás leyendo esto en el verano de 2021, ya sabes que la Presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, le puso un despacho, un cargo y un sueldo al frente de la recién nacida Oficina del Español a ese político mucilaginoso que es Toni Cantó (née Antonio Cantó García del Moral), como premio –supongo– por haberse empadronado en la capital un par de meses atrás. Como si viéramos lo sucedido en 1942 a través de un espejo mágico y lleno de mugre, la versión actual parece el reflejo grotesco de lo de Nebrija: esta Isabel sí ha cubierto de dinero y loas al nuevo paladín de la lengua, mientras que él, a diferencia del otro Antonio, ni se había esforzado en trabajos anteriores sobre la lengua ni, de momento, ha revelado al país sus vastos (y secretos) conocimientos en la materia.

¿Por qué siempre la lengua? ¿Qué tienen de especial las lenguas naturales, por qué siempre hay algún cerebro demediado al acecho, dispuesto a hincar los dientes en cualquier cuestión filológica que le supera (esta lengua está en peligro, esta otra nos la imponen, aquella NO EXISTE), o en el cadáver de cualquier poeta que uno de su gabinete se ha leído en diagonal la noche antes del discurso?

Lengua y nación, claro, casi siempre han ido de la mano. Pienso que quienes crecimos en lugares atravesados por la diglosia, si prestamos atención, somos algo más sensibles a la dureza particular del engarce entre identidad y lengua. Pienso también que por ahí se puede tirar de uno de los hilos gordos de la madeja. Para empezar, las lenguas comparten algunos rasgos generales con las ideas, otro núcleo de interés de los discursos en que suelen chapotear con torpeza triunfal los peleles como Isabel y Antonio (los de ahora). «España», «libertad», «populismo»… Conceptos que, como las lenguas, son un patrimonio ligero y gratis que cualquiera, hasta el más pobre y débil, puede permitirse, ya que no pesan ni ocupan lugar. La siguiente cosa inmediatamente menos ligera y manejable, esta ya de fibras materiales, sería una bandera.

No obstante, si la ontología de las ideas es problemática, casi siempre parecen conservar un eco difuso de sentido: desde la pragmática, la historiografía o lo que queráis, a mí las ideas me recuerdan a esas ranas minúsculas cuyos órganos vitales, algo más oscuros que el resto de su carne, se distinguen, borrosos, dentro de los cuerpos translúcidos. A menudo es allí, en los pormenores de esas entrañas, donde se atascan las discusiones sobre ideas; pero la lengua, la lengua misma, carece de un corazón carmesí. Igual que la música, no posee un significado, sino que trabaja con muchos de ellos y permite articularlos, de tal modo que antes que una cosa es, más bien, un ámbito (no pretendo atribuir ninguna esencia platónica a las ideas de antes –«España», «libertad», etc.–, sencillamente digo que la lengua es un código, y las ideas son expresiones del código, y por tanto manifestaciones algo más concretas que el código en sí). Antonios, isabeles o abascales –y arturos, y marios, y los demás–, si algo son es avispados: puestos a parasitar intangibles, ¿por qué contentarse solo con sorber y babear ciertos topoi, cuando pueden amorrarse al código completo?

Poner periódicamente la lengua en el centro de la conversación pública y hacerlo de manera torcida se adivina enseguida como un recurso prácticamente inagotable, y, sobre todo, muy rentable: los costes, ya lo he dicho, son casi nulos, el objeto de debate es huidizo, casi aéreo, lo cual incrementa su maleabilidad, y para atizar un discurso inflamable sobre el asunto se necesitan muy pocos recursos; basta con invocar los lugares comunes más sabrosos y desempolvar alguna bobada prefranquista, como la de Madrid capital intelectual o lingüística de La Hispanidad. La plusvalía está garantizada.

Ocurre además que, en una comunidad lingüística, lengua todo el mundo tiene una –y todo el mundo tiene la misma, es de locos–, al menos cualquiera que se anime a bajar al ágora a charlar, no importa si lo hace de manera más o menos tosca. La propia competencia lingüística de cada cual suele animarnos a formarnos una opinión, con frecuencia contundente, no solo sobre nuestra experiencia individual sino sobre el código mismo, sus avatares y las experiencias de los otros hablantes. ¡Y todo bien, eh! Faltaría más. No obstante, diría que los juicios basados en apriorismos acientíficos y sociología de bar normalmente terminan siendo o bien inamovibles, o bien extremadamente volátiles, y la carga emocional que acarrean las cuestiones identitarias suele entorpecer aun más el deslinde. Mejor todavía, piensan Isabel y Antonio (los de ahora).

Y la lengua también une. Hablar una lengua es como ser de un sitio y, de hecho, la lengua o la variedad lingüística que uno habla o desprecia están, claro, estrechamente ligadas al territorio. Dante, el florentino, escribió De vulgari eloquentia en toscano, ¿no? Pues eso. El català que molts anomenen estándar és un que, pel que siga, es el que es parla a Catalunya, no? Doncs això. De hecho, claro, igual que une, la lengua separa. Si se trata de soliviantar los ánimos de los hablantes más inconsecuentes, o, en todo caso, mantenerlos en el sitio, la lengua ajena, la del otro, es un recurso fácil y gratis para las isabeles y los antonios: esa lengua que nos amenaza o bien será una versión deturpada de la nuestra (un dialecte, ja sabeu), o bien un código incomprensible, extranjero, que el otro debe hablar, si eso, «en su casa» o, por supuesto, «en su país». La lengua ajena, entonces, acentúa la diferencia con el otro, mientras la propia se plantea también como un instrumento de segregación. Desde el punto de vista del «nosotros» más cateto y paranoide, la lengua común mantiene al otro más «afuera», o lo someterá si quiere estar «adentro», como una condición impuesta a quien quiera acceder a una pertenencia vicaria, aculturada. La circulación efectiva de más de una lengua, sobre todo si es cooficial, desbarata esta dialéctica maniquea y debe ser atajada.

Hay, además, algunas funciones inherentes al lenguaje que hacen de cada lengua un cebo más goloso para Isabel, Antonio (los de ahora) y afines. Una de ellas es la función metalingüística, o sea la capacidad del código para referirse a sí mismo. Creo que tendemos a pensar en tal función como la actividad científica o académica de la lengua sobre sí misma pero, en realidad, la metarreferencialidad no es, ni mucho menos, un asunto privativo de lingüistas y lexicógrafos. Todos los días hacemos pequeñas y fugaces afirmaciones metalingüísticas, y decimos, por ejemplo, en medio de unas discusión: «no, yo no he dicho eso», o, colmados de complicidad, al amigo que apenas empezó a hablar: «ya sé lo que quieres decir» (!).

Otra característica muy seductora de la lengua es que permite mentir, algo que otros códigos, como el de la música, sencillamente no contemplan. Y otra más, estrechamente ligada a esta, es que el propio código permite distinguir, digámoslo así, grados de intensidad en su interacción con el mundo, el afuera del código. Hay varias maneras, pero me refiero ahora a los llamados actos de habla, aquí tal y como se entienden a partir de Austin. Ciertos ejemplos típicos son muy conocidos: el juez que declara culpable al reo, la ministra que jura el cargo… Las promesas que hacemos. En la práctica, percibimos el peso específico de algunos actos de habla, dentro del propio código, como uno mayor que el de las otras expresiones, y así, en una conversación podemos decir la verdad o decir una mentira, pero si violamos las normas de los actos de habla y faltamos a nuestra palabra, ya no estamos mintiendo: entonces hemos roto una promesa.

No obstante, a diferencia de muchos otros códigos, cuando cometemos fechorías como esta a la lengua en sí no le ocurre gran cosa, el código no se derrumba y la conversación, mal que bien, continúa. La lengua sería, pues, un sistema de comunicación excepcional, ya que además de permitir la autorreferencia virtualmente infinita nos permite, también, mentir sin freno; ¡acerca del propio código, de hecho! Y, por si fuera poco, el código permite gradaciones de (presumible) verdad implícita en algunas de sus formas de expresión, pero incluso en aquellas formas concebidas para declarar precisamente un grado superlativo de verdad se puede mentir, y no pasa nada. De verdad; no pasa nada.

La elasticidad intrínseca del sistema explicaría, por ejemplo, que a veces nos resulte tan estimulante la poesía, pero también sería la que hace del constructo un lugar ideal para colocar al primer fantoche resbaladizo que no consiguió un escaño y rezuma esa secreción que los espíritus más chabacanos creen que es el carisma. Esto, más una sensibilidad innata para armonizar con los prejuicios lingüísticos más arraigados en la identidad del público, permite que para buena parte de ese público cuatro falacias bamboleantes parezcan contundentes y valientes verdades. Si el clima es propicio, y suele serlo, se obra la magia: decir cosas demasiado simples acerca de una realidad demasiado compleja, si se hace enérgicamente, puede generar una potente ilusión de verdad para muchos. Para otros, que conocen la mecánica del truco, la impresión de que será imposible volver a hilar fino y ahora los términos de la discusión habrán de ser los nuevos, burdos, viscosos y como de pega. Por ello, creo, tendemos a imaginarnos al código como un ser indefenso –y al tiempo casi invulnerable–, sentado en un rincón lóbrego y sucio, mientras las isabeles y los antonios abusan una y otra vez de sus posibilidades. Lo usan, lo definen y le atribuyen funciones, mienten sobre él, lo maltratan, lo olvidan y lo recuerdan y, aunque no lo dominan, lo explotan. Hacen con él, en suma, algo que hacen con muchas otras materias primas: especulan con algo que no comprenden ni les importa, mientras proclaman a diestro y siniestro lo contrario.

* * *

Escribe Mark Fisher en k-punk, a propósito de El proceso de Kafka: «sin importar cuán absurdos parezcan sus rituales, pronunciamientos y vestimentas, la clase dominante es inavergonzable […], porque cualquier cosa que ellos hagan es correcta, porque son ELLOS quienes la hacen»; cursivas y mayúsculas suyas. Que Toni Cantó no sabe hacer nada más allá de aparentar que sabe hacer algo –que no es poca cosa–, ya lo sabíamos todes, creo, como sabemos que la Oficina será una estafa unipersonal, que cumplirá tareas fantasma que ya le correspondían al Instituto Cervantes y a otros organismos, etcétera. La pantomima no debería sorprendernos, ni siquiera a los agraviados por el raído mercado laboral de la Filología y aledaños, pero parece evidente que el girito lingüístico nos solivianta un poco más de lo que nos gustaría. Imagino que preferiríamos ver a Toni en un chiringuito puro, prístino, una Oficina de Dinamización para el Management, por ejemplo, o un Observatorio de Proyección y Empresa Europea (pido disculpas si estos organismos ya existían).

Pero aquí llega el momento de la cautela. En un vídeo de Libertad Digital, Cantó le aseguraba a Jiménez Losantos y a otros dos señores rándom: «ideológicamente, y como batalla cultural, a mí me encanta batallar el tema». Que nadie se inquiete, la entrevista sigue y Cantó no está sufriendo ningún colapso; es que habla así. Descifrada, es una de las declaraciones más honestas que ha hecho nunca: lo que dice es que le encanta la bronca. Ciertamente, buena parte del rédito ideológico de todas estas paparruchas sobre el español pasa por avivar conflictos no tan cruentos –o directamente ficticios– so pretexto de estar dando tal o cual batalla cultural y defendiendo de terribles amenazas a realidades que ya son hegemónicas. Naturalmente, el éxito de la estrategia está supeditado a la continuidad de los conflictos, no a su cierre, que lo cancelaría.

Toda esta mezquindad intelectual nos da muchísimas ganas de dar un puñetazo en la mesa y levantarnos bruscamente exclamando: «¡que dejen la lengua en paz!». Claro, ¿cómo vamos a discutir esto con esos? No vamos a ponernos a su altura; no vale la pena; es en la Universidad donde se habla de la lengua seriamente. ¿No? Porque no son dignos, puede que digamos, pero yo creo que en el fondo es porque su talante marrullero y ladino nos asusta, y creemos que vamos a perder la partida porque tendremos que jugar con su baraja trucada. Bueno, creo que seguir por ahí sería un error.

Primero, porque es lícito que cada hablante diga la suya sobre su lengua, que al fin y al cabo también le constituye y le pertenece, aunque se equivoque escandalosamente o se mire en serio los vídeos de Libertad Digital. Segundo, porque el flujo de ponzoña y tontería que esos inoculan en la conversación pública sobre, entre otros asuntos, la lengua en sí, es y será constante, con o sin chiringuito. Me temo que desear otra cosa o querer salvar de la carnicería al metadiscurso sobre el código sería perder el tiempo. Seguramente, lo mejor que podemos hacer es seguir peleando por la versión más científica, libre y humana de la lengua española, igual que podemos seguir peleando por nuestras otras lenguas y por los espacios, dentro de estas y aquella, que reconozcan (¡que reconocen!) nuestra diversidad. Quizá incluso espacios, un día, virtualmente seguros, porque la lengua avanza por su cuenta, y la hacen los pueblos. A mi juicio es difícil, sí, pero también terriblemente simple demostrar que todos estos se equivocan. Ponernos a la tarea –ya veríamos como– no es tanto un deber profesional o ético como, más bien, la consecuencia lógica de que nos moleste tanto lo que hacen y cómo lo hacen.

Una última cosa. Cuando aparecieron las primeras noticias sobre la movida, leí un tuit de Marisol Salanova, que decía:

Bueno, solo estoy de acuerdo a medias. Enfadarnos, enfadarnos todavía más, discutir, investigar, batallar el tema; sí a todo. Pero de gente como Toni Cantó, pienso, no debemos dejar de reírnos nunca. Gonzalo Torné se refería hace poco a los lamentos de los autoproclamados «cancelados» como «nuestra dosis semanal de risas». Y bien, es cierto, como decía Fisher, que isabeles y antonios no conocen la vergüenza, pero sí se conocen a sí mismos, que no dejará de ser una experiencia pavorosa. Si nos seguimos riendo, pienso, a nadie se le olvida quiénes son y, sobre todo, no se les olvida a ellos.

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