Clilckbait, mentiras y contratos de prácticas

Clickbait

De pequeño siempre soñé con ser futbolista y poder celebrar un gol en el Calderón delante de miles de personas, pero la ilusión me duró hasta que le di tres toques al balón y me caí de boca, en un claro tributo al Pato Sosa. Dado que mi psicomotricidad y mi talento eran inversamente proporcionales a mi peso, terminé jugando de portero como cualquier hijo de vecino. Al final, le cogí manía al fútbol y me decanté por mi segunda opción: el periodismo.

Mis padres, consternados como pocas veces los he visto, intentaron disuadirme de esta elección alegando que el periodismo no podría pagar mi pan y que el ayuno voluntario solo se justificaba por creencias religiosas, pero que tampoco era el caso. Yo no sólo seguí empeñado en hacer periodismo, sino que además me decanté por el periodismo cultural. Un drama.

Sobra decir que desde que tomé esa decisión he visto mucha pechuga y poco entrecot. He tenido más trabajos de periodista – en negro – que parejas, en la mayoría de los cuales no tenía un salario porque “estaba aprendiendo o me estaba dando a conocer”. Normalmente este comentario viene acompañado de una palmadita en la espalda, una sonrisa paternal y la promesa de que, si dependiera de ellos, cobraría un buen sueldo pero que Internet (como ente propio) y la crisis económica han arruinado al periodismo. Vaya suerte la mía, siempre me topo con jefes majos pero pobres.

Como nací en 1992, todo el mundo me considera todavía una persona joven (menos el Metro de Madrid), así que tengo la increíble suerte de poder optar a prácticas para seguir aprendiendo este arduo oficio en medios de comunicación. Y así llegué a una agencia importante de tirada nacional, donde tendría que “esforzarme mucho para ser un buen periodista”. No voy a mentir, imaginaba que no me pedirían escribir como Hemingway pero lo que ocurrió al final te sorprenderá.

Mi primer día en la ‘actividad moderadamente remunerada’ fue increíble.“Estoy en la cuna del periodismo” – pensé – “tengo que ser objetivo, estoico”… El pensamiento me duró tres minutos, el tiempo que tardaron en ponerme a escribir sobre un rumor de Infinity War. Y luego otro. Y otro. Y otro. Si quedaba en mi alguna visión romántica del periodismo, se esfumaba al irregular ritmo de mis dedos golpeando las teclas del ordenador para escribir otra noticia que nadie había pedido. O sí.

En una industria donde la prosa está presa bajo el yugo de la estadística, es muy complicado refutar lo irrefutable: la gente visita más este tipo de noticias. Quizá los tiempos líquidos en los que vivimos, donde apremia la inmediatez, sean la causa de esta pérdida de calidad del periodismo. O quizá siempre haya sido así y los medios han sabido captar clientes pero no usuarios. Así que ahora vivimos todos en un eterno verano donde los rumores de fichajes – el proto-clickbait – llenan las páginas de los periódicos y Alonso pierde carreras por culpa de sus mecánicos.

Me gusta pensar que los grandes medios españoles son como el Barcelona: han hecho cosas realmente increíbles pero llevan años arrastrándose y viviendo de unas rentas que ya no se justifican. Al final, resulta que lo único prescindible eran los periodistas. Y de paso, toda una generación a la que se le han cerrado las puertas del mundo laboral, y por tanto, del mundo lúdico. Porque sin trabajo no se puede tener ocio ni vida social. Y lo peor de todo es que parece que es mi culpa.

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